Los rankings sobre los centros de enseñanza superior en el ámbito mundial no son, evidentemente, la Biblia, pero sí resultan un barómetro que no debe menospreciarse. Acaba de ver la luz el que periódicamente establece el Shanghai Ranking Consultancy, conocido como el “Ranking de Shanghai”. No el único, pero está considerado como uno de los más fiables y rigurosos. Como viene siendo habitual en esta lista que recoge quinientos centros, los primeros puestos los copan universidades del ámbito anglosajón, sobre todo norteamericano -las dos primeras son las universidades de Harvard y Stanford-, junto a las británicas de Cambridge y Oxford que ocupan, respectivamente, el tercer y el séptimo lugar.
Y también, por desgracia, como igualmente resulta habitual, las universidades españolas muestran un deslucidísimo papel en este ranking. Un papel, ya de por sí nada airoso, que, además, va disminuyendo en los últimos años, pues si en el 2015 había trece universidades españolas, en 2016 bajaron a doce y este año se han reducido a once. Y su lugar empieza pasada la mitad de la tabla, con la Pompeu Fabra de Barcelona, seguida, en posiciones muy retrasadas, por las universidades de Barcelona, de Granada, de Santiago de Compostela o la Complutense y la Autónoma de Madrid, entre otras.
No son necesarios los rankings para darnos cuenta de que la Universidad española no se guía por el criterio de excelencia exigido y continúa arrastrando problemas que se han convertido en endémicos, como la endogamia, entre otros muchos. Producto de una confusión que lastra la universidad española desde tiempos del franquismo: el error de confundir la autonomía (que es propia de las universidades) con la soberanía (que es del ciudadano contribuyente, que la paga, sea el autonómico o el estatal). Así, el machacón mantra de que tenemos la generación más preparada de la Historia tiene mucho de mito, quizá piadoso, pero muy nocivo, pues implica una autocomplacencia que no solo no se corresponde con la realidad sino que impide reaccionar.
Y no únicamente en el terreno de la enseñanza superior, sino en el de la educación en su conjunto. Un ámbito que no parece estar en las prioridades de los políticos, sea cual sea su color, ni tampoco en general en el de la sociedad que no les fuerza con la debida contundencia a que se ocupen de ello como exige. Porque la educación es un elemento fundamental de progreso y desarrollo y es suicida su desatención.
Es preciso contar desde sus primeros niveles con un sólido sistema educativo, competitivo y bien estructurado, en el que se recuperen valores como la responsabilidad, el sentido del deber, el esfuerzo y la excelencia. Y no se vaya por el camino opuesto, como parece que viene sucediendo. Lamentable y significativa muestra es la reciente decisión de la Junta de Andalucía que permite que los alumnos de la ESO obtengan el título en junio, pese a que tengan dos asignaturas pendientes.