Contradictio in adjecto es una alocución latina que podemos traducir como “contradicción en el adjetivo”. Se refiere, de manera específica, a aquellos casos en los que una expresión se presenta como una paradoja entre el sustantivo y el adjetivo que lo complementa. Es lo que también se llama oxímoron; todo un tema que fuera tan afín a la lúcida imaginación del brillante Chesterton y yo aprovecho para titular mi artículo.
Volviendo la vista al pasado, lejanos de la Revolución Francesa, y entrados en el convulsivo siglo XX, con fascismo mediante y los desgastes del capitalismo y del comunismo, encontramos que se empezó a utilizar el término “populista” como sinónimo de aquellos que eran partidarios de un poder inclinado hacia el pueblo, que se veía cercano a la democracia, mientras que en otros casos se utilizaba como una estrategia política malversada por los caudillos o dictadores de cualquier ideología o, simplemente, como un sustantivo o sinónimo de los movimientos sociales. Esta situación hizo que redunden en el anacronismo y el reduccionismo político e historiográfico.
De tal modo la modernidad es entendida hoy, entre otras cosas, como proceso de industrialización que fomenta el salto de las masas obreras hacia las clases medias, y prevalece como perspectiva de un sistema de alianzas en el espectro político, que lo fomenta y hace posible. Tanto es así que se ha convertido en la propuesta utilizada para las campañas proselitistas contemporáneas. Sin embargo, los abordajes de esta categoría establecida en el pasado siglo, son ahora estáticos, lineales, progresistas, desarrollistas e incluso maniqueos. En ese cambio de categoría los líderes carismáticos y las masas, concebidas en términos de dominación, modernización, dependencia y crecimiento, han empezado a ocupar un sitio esencial y los términos inflación, política cambiaria, exportación-importación, migración campo-ciudad, trabajadores estatales, oligarquías, industrialismo o estructura socioeconómica, se convirtieron en postulados políticos para explicar (digamos macroestructuralmente) la existencia de lo que hoy conocemos como “populismo”, o como su pseudo antítesis, “liberalismo” y ahora “neoliberalismo”.
Un somero recorrido por el pasado de nuestra América Hispánica en el siglo XX, nos lleva a gobiernos como el de Marmaduke Grove, en Chile; Haya de la Torre, en el Perú, y Perón, en la Argentina, que fueron los antecedentes de Chávez en Venezuela y de Néstor y Cristina Kirchner en la Argentina. Grove exigía decididamente un vuelco hacia un socialismo ambiguo, menos revolucionario que romántico. Más complejo, Raúl Haya de la Torre, en su concepción conciliadora, postulaba al imperialismo como la máxima expresión del capitalismo, que, a su vez, era el modo de producción económica superior a todo lo que el mundo conocía. En virtud de lo cual, concluía que el capitalismo era una fase inevitable en el proceso de civilización contemporáneo. El capitalismo, según Haya de la Torre, “no será eterno y tiene contradicciones dentro de sí que terminarán finalmente con él pero, para que eso suceda, debe evolucionar completamente”; esto es, existir, madurar y luego sufrir el proceso de descomposición inevitable. “El proletariado de los atrasados países latinoamericanos es demasiado joven como para hacer la gran revolución que supere al capitalismo. Los gobiernos populares, en tanto, pueden abrir el camino”, era su conclusión abiertamente populista.
El caso de Juan Domingo Perón difería en lo esencial. Sin dejar de condenar a los abusivos sistemas existentes, proponía una “tercera posición”, definitivamente “populista”, tan equidistante del capitalismo como del comunismo. Desde sus consideraciones y de diversas maneras, todos esos caudillos impulsaban ese fenómeno, involucrando a sus pueblos en términos de sujetos dotados de múltiples aspiraciones y capacidades reflexivas frente al determinismo socioeconómico. Más complejo resulta aproximarnos a la utilización anárquica del término populismo que en los últimos años ha poblado la bibliografía especializada para referirse a disímiles casos de liderazgo político. En general, los autores que ponen a fenómenos tan dispares como los movimientos encabezados por Tatcher, Reagan, Fujimori, Le Pen, Haider, Menem o Chávez bajo una denominación común, conciben al populismo como una suerte de “estilo” de liderazgo en el que no queda afuera el histriónico actual presidente de los Estados Unidos.
Hoy, expandido en el mundo, algunos autores, periodistas y políticos han englobado una cantidad de nuevos regímenes que buscan ser diferenciados del clásico “populismo latinoamericano” y de las visiones estructuralistas que lo comprendían como un mecanismo discursivo y un tipo de régimen que le permitía a las masas el ascenso y la movilidad política dentro de las instituciones del llamado “sistema liberal”. En el fondo con estas concepciones “populistas” cambiaron las formas en la que los líderes políticos, que siguen siendo de tendencia mesiánica, se relacionan con las masas, ejerciendo el poder en países que poseen gobiernos autoritarios e instituciones, social y políticamente fragmentadas, sin capacidad de representarse.
Como mecanismo de acción política, “el populismo” iberoamericano puede estar alineado en regímenes tanto de derecha (Menem, De la Rúa o Macri), o con tendencias socialistas (Raúl Alfonsín, Evo Morales, Correa, Mujica), o de izquierda totalitaria (Chávez, Maduro, los Kirchner). Eso sí, para evitar las generalizaciones se hace necesario particularizar cada contexto regional con respecto a la definición del populismo latinoamericano.
Desde posiciones distintas, con más amplitud en el análisis, Antonio Gramsci y Raymond Aron nos recuerdan que los gobernantes con tendencias a lo nacional y popular no constituyen un amplio espacio homogéneo, sino que conforman un campo de lucha territorial, pues coexisten en una aglomeración que abarca a todas las concepciones del mundo y de la vida que se han sucedido en la historia.
Para analistas contemporáneos, como Gerardo Aboy Carlés, autor del libro Repensando el Populismo, el llamado “neopopulismo” es más populista que el populismo clásico, ya que la lucha es, aunque solapada en la mayoría de los casos, en contra de la clase política tradicional. Se crean así nuevos partidos y se moviliza a los electores en base a redes sociales que se activan en cada elección. De tal manera se justifica un Estado interventor y asistencialista, con control de los servicios públicos en diversas esferas de la producción y la comercialización; a los que se suma el proteccionismo comercial, la utilización política del gasto público y la redistribución de ingresos.
En cuanto al concepto en sí mismo de “populismo”, digamos que ha entrado en la escena política actual de una manera rápida y casi forzada, en especial por las grandes desigualdades sociales de nuestra época. La palabra, si bien es usada asiduamente por los políticos, medios de comunicación o hasta ciudadanos de a pie, parece no tener una definición con la que todos coincidan y, por lo tanto, su utilización puede confundir. La formulación aparece como integradora y la palabra sigue siendo tan ambigua que ha llegado a ser usada (no siempre correctamente, por supuesto) tanto para designar un movimiento xenófobo cómo el “Front National” de Marine Le Pen o el partido de “Podemos”, conducido por Pablo Iglesias.
Desde estos puntos de vista, “el populismo” no sería un término definitivamente peyorativo; sino, más bien, una noción neutra sin doctrina filosófica, como la tienen el marxismo o el liberalismo, aunque, por eso mismo, puede ser funcional a ambos y encajar en cualquiera. Sería, en todo caso, una manera contemporánea de construir política donde jueguen las bases contra las cumbres de poder estatal, o los pueblos contra las élites; o, si se quiere ir más lejos en lo social: las masas movilizadas contra las instituciones privadas u oficiales ya fijadas. Para los bien intencionados cultores del “populismo”, como mi compatriota Ernesto Laclau, que sugiere un utópico movimiento aglutinador de las dos visiones antes mencionadas, tan cercanas a la democracia como distantes de cualquier zozobra demagógica e inconciliable, con cualquier propuesta totalitaria; todas rebosantes de la mejor intención, no lo dudamos, y de bastante inocencia.
Sin embargo, en la áspera realidad contemporánea no es fácil conciliar tantas buenas voluntades, que irremediablemente se caen por la pendiente (como el caso de Venezuela, país gobernado por un mesiánico personaje apoyado por el poder militar). Sobre todo en una época en la que el poder financiero es un fundamentalismo arrasador, cuyo único fin es la multiplicación (si puede geométricamente) del dinero y donde las complicidades están a la orden del día, más allá de cualquier forma de lealtad.
Esas actitudes obran como un contradictio in adjecto o un oxímoron. Mientras tanto seguimos en la nebulosa sin encontrar el haz de luz que nos ilumine con una salida. Tiene razón mi amigo, el poeta Nicanor Parra, que bromea conjeturando que “la izquierda y la derecha unida jamás serán vencidas”. Una lúcida definición de las formas de poder que nos dominan, llámense ahora “liberalismos”, “neoliberalismos”, “populismos” o “neopopulismos”, funcionales a los unos y a los otros, siempre en perjuicio de los que trabajan y pagan sus impuestos.