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Y DIGO YO

Enganchados al móvil

Javier Cámara
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javiercamaraelimparciales/12/12/24
lunes 28 de agosto de 2017, 21:14h
Actualizado el: 29/08/2017 17:43h

La vida es complicada y a veces nos la complicamos más todavía. No hablo de política ni de economía ni de relaciones sociales o de ocio, aunque quizá de todo un poco, sí. Me refiero al teléfono móvil. O mejor, al uso que de él hacemos. Es verdad que ese aparatito con unas pilas, que son también quebradero de cabeza por su duración, nos ayuda a que en ocasiones las cosas sean más fáciles y más rápidas. Pero, ¿cuánto condiciona nuestras vidas? ¿Realmente estamos “perdidos” sin él? ¿Compensa?

Antes veíamos gente corriendo en las estaciones de tren porque llegaban tarde a coger su medio de transporte para llegar a casa o al trabajo o a una cita romántica. Ahora, además, ves a personas aceleradas en esa misma estación en busca de un enchufe en el que cargar una batería que avisa, insensible, de que le queda un 7% de energía, es decir, de vida. Muy poco tiempo de funcionamiento, o lo que es lo mismo, la casi “muerte”.

Corren, ¿quién sabe?, para avisar de que van a llegar tarde o, a lo mejor, simplemente porque no pueden vivir sin leer el último comentario de su ‘influencer’ de referencia en Instagram o Youtube o Twitter o Facebook. ¡Ay! Si dedicáramos el mismo ímpetu para todo…

Dejando claro que no estoy en contra del invento en cuestión, sí pongo sobre la mesa la reflexión al respecto de la en ocasiones tan absoluta y –estarán de acuerdo conmigo– triste dependencia que ejerce sobre casi todo el mundo. ¿Quién no ha visto alguna vez un vagón de metro o un autobús con todas las cabezas gachas escudriñando los entresijos de una ‘pantallita iluminada’? Igualmente, si usted no utiliza transporte público, se habrá percatado alguna vez de lo turbador, por no decir patético, que resulta ver a una familia en silencio sentada a la mesa en un restaurante sin hablar por la misma razón.

Manda el mutismo. Tan solo el ‘clic clic’ de las teclas–el que lo tenga activado– y, de vez en cuando, el exabrupto o lamento porque se va el wifi o no hay cobertura. Como dice una buena amiga: “El móvil nos saca del presente físico y nos convence de la fantasía de la presencia en otro lado”.

Y digo yo: ¿Todo lo que se pueda leer/ver en nuestro móvil es tan importante como para paralizar cualquier acción comunicadora con la persona que tenemos enfrente? ¿Puede alguien decir que no se ha sorprendido alguna vez despertando del ‘sueño del móvil’, de ese momento de desconexión total del mundo real en el que no hemos sido conscientes del tiempo y del espacio?

Este verano, pasando unos días en la playa, me descubrí en algún momento esclavo del dichoso teléfono. En mi defensa diré que eran medias vacaciones, que mis obligaciones laborales no me permitían “desconectar” del todo, pero al echar un vistazo a mi alrededor descubrí que no era el único. Mi pregunta inmediata fue si todos estaban trabajando o es que, simplemente, no podemos desconectar del celular. Mi pena, evidente: ¡Todo el año esperando las benditas vacaciones y ahora, en lugar de disfrutarlas, seguimos enganchados al móvil!

Qué duda cabe de que habrá de todo. Pero lo que está claro es que, mientras los expertos de la salud y la sociología debaten sobre si la adicción al móvil es una patología o simplemente un mal hábito, mi pregunta es si no podemos o no queremos desengancharnos. ¡Y no sé qué es peor!

Javier Cámara

Periodista

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