Tiene razón Joaquín Vila: “El 2 de octubre empieza otra guerra. Por desgracia, si algo cambia será a peor”. No puedo estar más de acuerdo con ese diagnóstico. El golpe de Estado secesionista ha triunfado. España está rota. Los partidos están repartiéndose sus despojos, mientras siguen engañando al personal con el referéndum del 1 O. La cosa es tan grotesca que hasta Banderas y Serrat dan lecciones de democracia. Pobres. Ellos intuyen lo que todos ocultan. Un cantante y un actor dicen cosas elementales y nos parece que han resucitado Pericles y Aristóteles. Pero lo cierto es que España como nación no existe. Todo está perdido. Sí, amigos, cederán unos y otros, rebajarán un poquito el grado de sus demandas los nacionalistas y el Gobierno les dará todo y más a partir del día 2 de octubre. Discutir en términos políticos, como tratan de hacer algunos periodistas, los escenarios de un país que ha desaparecido es ridículo. Quizá eso hubiera tenido cierto sentido en un seminario de carácter académico, pero este tipo de discusión no sólo es patética, sino que produce vergüenza ajena; por favor, señores, lo que pasa en Cataluña es la prueba evidente de la desaparición de España.
Por lo tanto, déjense de repetir sandeces sobre los malos y perversos que son los nacionalistas y aténganse a los hechos. El régimen nacionalista de Cataluña, llámese autoritario, totalitario, esquizofrénico o cómo les apetezca, que se ha impuesto en Cataluña significa, lo diré suavemente, la ruptura casi absoluta de España. Esa es la ineluctable realidad. No me pregunten cómo están haciendo ese reparto los mercachifles que están en el poder “nacional”, “autonómico” y “local”, e incluso en la jefatura del Estado, ni tampoco me interroguen sobre cómo quedará la cosa, porque ni ellos mismos lo saben; y, por supuesto, tampoco me interesa perder el tiempo especulando acerca de lo que ellos hacen o harán a partir del día 2 de octubre, pues que yo hablo de la España desaparecida, esa nación, que nos hacia libres e iguales. Rota España, sí, poco o nada me importa cómo se repartan sus despojos la chusma política.
Pero es obvio que cualquier zoquete, por bestia que sea, puede prever lo más elemental. Habrá un arreglo electoral. El Gobierno negociará con los independentistas. Lo ha dicho mil veces. Deponga su actitud ante el referéndum y todos les será concedido. Terrible. Después de haberle dado todo mi apoyo a Rajoy hace dos semanas, mi ánimo se ha encogido una y otra vez al estudiar el comportamiento del Gobierno y la Oposición con los golpistas. Se diría que casi he entrado en un triste trance del que he querido liberarme con estas líneas. O sea, grito a los cuatros vientos: me auto-engañé y me engañaron; di mi apoyo a Rajoy contra el secesionismo y me equivoqué. Este político se ha entregado, como ya ensayó cuando estuvo en la Cartera de Educación, al independentismo. Está tratando de aprovechar electoralmente los últimos resortes del Estado, de lo poco que queda de España, pero será el primero en probar los resultados de su propia medicina. ¡Para qué hablar de derrotas y fracasos! Pronto se enterará cómo se las gastan los de Podemos y los golpistas de Cataluña.