Acechados por la robótica, que cada día desplaza más al hombre, y apoyados en la cibernética, esa ciencia interdisciplinaria que estudia los sistemas de comunicación aplicados a elementos electrónicos, científicos y mecánicos, nuestro mundo es hoy, por un lado, una serie casi infinita de prodigiosas mutaciones globales y, por el otro, una vasta llanura de sonambulismo aterrador. Todo eso, como se ve, no ha erradicado los males que nos aquejan. Cada día hay más concentración de riquezas y la pobreza y la desigualdad social avanzan de manera alarmante. Vemos así que el desarrollo de estas ciencias modernas tienen a su costado toda una inquietante parafernalia donde se exhibe, conjuntamente, un fabuloso poder destructivo.
Recuerdo que hace cerca de treinta años una entidad dedicada a la distribución de diarios y revistas informatizo en Buenos Aires su planta operativa para lograr una mejor eficiencia en sus labores. Las computadoras u ordenadores ocupaban varios metros y el manejo debía estar en manos de técnicos especialistas. Hoy esos aparatos se han reducido de tal manera que se sostienen entre dos dedos.
También recuerdo el cuento de aquel personaje que escuchó en una estación del ferrocarril la comunicación telefónica que un señor japonés tenía con su familia de Tokio. El deslumbrado europeo, que no daba crédito a lo que estaba viviendo, le ofreció una fortuna por el mágico aparato. El japonés aceptó vendérselo y, cuando se marchaba, el comprador le hizo notar que olvidaba dos enormes maletas. “No, son suyas -le respondió el vendedor-. Eso forma parte del teléfono”. Tampoco hace demasiado tiempo Maxwell Smart, el pintoresco Agente 86, nos asombraba comunicándose con el mundo desde su zapato; sin duda, un precursor de los teléfonos celulares.
Hoy todo ha cambiado y en un pendrive se pueden almacenar millones de datos y, por medio del whatsApp, podemos comunicarnos y vernos las caras de una punta a la otra del planeta. Creo que no quedan dudas de que el hombre avanza por un lado de manera fabulosa aunque, por el otro, siga estancado o casi en retroceso hasta poner en peligro la supervivencia de todo el Planeta. La naturaleza, en tanto, sigue haciendo lo suyo y parece advertirnos, con evidentes señales que no la maltratemos. Más prudencia y respeto hacia ella. No la sigamos agrediendo porque su reacción puede ser cada vez más violenta.
Si bien es cierto que el Señor, como nos ilustran las Escrituras, se especializó desde siempre en aniquilaciones y catástrofes, es evidente que la presencia del hombre le ha puesto en estos tiempos un acento y su marca indeleble (podas indiscriminadas, contaminaciones, envenenamiento del aire, etc.). Hasta el papa Francisco, preocupado por este enojoso asunto, bajo un precepto que parece concebido por Baruch Spinoza, tituló a su encíclica “Laudato si” (Laudato si, mi Signore, per sora nostra matre Terra, la quale ne sustenta et goberna, Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre Tierra, la cual nos sustenta y gobierna), que versa sobre el cuidado de la casa común, que es el Planeta Tierra, este sitio maravilloso y a veces aterrador que habitamos. Digo aterrador, también, porque como ya señalamos, parece que se nos está enojando y su forma de ataque son las catástrofes naturales, que se materializan en huracanes, ciclones, inundaciones o terremotos.
En lo político, podemos afirmar que jamás ha estado la humanidad tan amenazada de extinción como en esta era de prodigiosos descubrimientos tecnológicos. Dos personajes grotescos tienen en sus manos la llave de una catástrofe nuclear de dimensiones apocalípticas, que podría hacer retroceder al hombre a esa edad de las cavernas, que predijo Chesterton o, pura y simplemente, a borrar de él toda forma de vida. Sin dejar de estremecernos es, por supuesto, algo que agota cualquier capacidad de asombro y estimula cualquier macabra imaginación.
Hace casi diez años, cuando Corea del Norte llevó a cabo su primera prueba nuclear, pocos la tuvieron en cuenta. Tan es así que los científicos occidentales subestimaron aquel experimento y hasta lo ridiculizaron. La preocupación era Irán en aquel momento. Tener bombas atómicas estaba fuera del alcance de esa dictadura estalinista. En todo caso, si las cosas se ponían serias, China y Rusia, más realistas que su perrito faldero norcoreano, lo pondrían en vereda. Lamentable error de cálculo. En aquella época todavía hubiera sido posible detener al intemperante Kim Jong-un mediante una acción militar limitada que pusiera fin a sus sueños de convertir a su país en una potencia nuclear y sirviera de escarmiento preventivo al “Luminoso Camarada”, como llaman sus compatriotas al histrión y risueño joven dictador.
En estos días ya no es posible esa acción militar, por más que el menos tolerante que intempestivo presidente Donald Trump haya amenazado a Corea del Norte de manera teatral con “borrarla del mapa con una furia y un fuego que jamás se verá en el mundo”. No lo es debido a la sencilla razón de que, en primer lugar, aquella acción ya no sería “limitada”, sino de gran despliegue (lo cual podría ocasionar miles o millones de muertos) y, en segundo término, porque la respuesta de Kim Jong-un podría causar otra matanza gigantesca en la misma potencia del Norte, en Corea del Sur y, sobre todo en Japón, donde los cohetes nucleares la sobrevuelan como pájaros tal como se ha visto en las recientes prácticas.
La racionalidad bien intencionada y la sensatez acaban de llevar a los países occidentales a responder a ese desafío nuclear norcoreano con sanciones, que fueron aprobadas por las Naciones Unidas, en la reciente reunión, y han ido aumentado en consonancia con los experimentos nucleares de Pyongyang. En todo caso, convendría reconocer la verdad: esas sanciones, por duras que sean, definitivamente no sirve para nada. En vez de obligar al líder estalinista a dar marcha atrás, le permitirán envalentonarse más. Pues, gran paradoja, las sanciones sólo son eficaces contra sistemas abiertos, donde hay una opinión pública que reacciona y presiona a su gobierno para que negocie y haga concesiones. Pero, contra una dictadura vertical, cerrada con siete cerrojos contra toda actividad cívica independiente, como es Corea del Norte, las sanciones -que, por otra parte, jamás llegan a materializarse por completo, pues abundan los gobiernos que las violan- no afectan a la cúpula ni a la nomenclatura totalitaria, y sólo acarrean más problemas a los pueblos, que tiene que apretarse cada vez más el cinturón.
Quienes creen que las sanciones pueden amansar a Kim Jong-un citan ingenuamente el ejemplo de Irán: ¿acaso allí no funcionaron? Sí, puede ser, ¿por qué no?; esas sanciones hicieron tanto daño económico y social al régimen de los ayatollahs que la jerarquía se vio obligada a negociar y poner fin a sus experimentos nucleares a cambio de que las penalidades fueran levantadas. Aunque se trate en ambos casos de dictaduras, la iraní está muy lejos de ser un régimen unipersonal, dependiente exclusivamente de un delirante. Irán tiene una estructura dictatorial religiosa que le permite una acción cívica, dentro, claro está, de los parámetros rígidos de obediencia a una “legalidad” que emana del propio sistema.
La pregunta es ahora, ¿qué cabe hacer ante una situación que se ha tornado filo dramática? ¿Mirar a otro lado y los creyentes rezar a Dios y todos los Santos para que las amenazas no vayan a concretarse? ¿O lo que es lo mismo, entregarnos a la esperanza de que un error o accidente no ponga en marcha el mecanismo de destrucción que podría generar una guerra atómica? Esto es, en cierto modo, lo que está sucediendo. Si lo que hay en juego es nada más y nada menos que la posibilidad de un cataclismo planetario, el tema debería ser un verdadero motivo de alarma y ocupar las primeras planas y los comentarios centrales en el mundo de las comunicaciones. Esto no ocurre y el experimento de la temida y horrorosa bomba de hidrógeno está ausente de las primeras planas de los diarios y de los medios audiovisuales. Parecen no percibir la amenaza que se cierne sobre nuestras cabezas.
¿Cómo llegamos a una situación de tal magnitud? Bueno, decíamos al principio que el mundo ha avanzado de manera fabulosa en las últimas décadas, dando pasos gigantescos en el terreno de la cibernética, de la ciencia y de la mecánica; también en el de la educación, de los derechos humanos, de la salud, de las oportunidades, de la libertad, dejando atrás las peores formas de la barbarie que a lo largo de tantos siglos causaron sufrimientos atroces a la gente. Para una mayoría de seres humanos, el mundo que habitamos en estos tiempos es menos cruel y más vivible. Aunque jamás hayamos estado tan amenazados de extinción como en esta era de prodigiosos descubrimientos tecnológicos y donde la democracia -el régimen menos inhumano de todos los que se conocen- ha dejado atrás y poco menos que ha hecho desaparecer a los peores enemigos que la amenazaban.
Ahora, ante la indiferencia de muchos, el mundo, la humanidad toda, está en manos de dos personajes caricaturales, despojados de toda forma de humanismo. Solo nos cabe pedir que se imponga la razón o recordar aquella primera cuarteta del famoso soneto de Góngora, que hasta parece anticipar la caída de las Torres Gemelas de Nueva York:
Cosas, Celaba mía, he visto extrañas:
Cascarse nubes, desbocarse vientos,
Altas torres besar sus fundamentos,
Y vomitar la tierra sus entrañas…