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TRIBUNA

La manzana de Newton

sábado 28 de octubre de 2017, 19:33h

Siendo muchacho, cuando estudiaba en el colegio San Vicente de Paul, a través del pintoresco profesor de matemáticas Domingo Carranza (un sacerdote calvo y pequeño, siempre en movimiento, que leía mientras caminaba con paso ligero, cubierto con un delantal blanco y pantalones que flameaban por encima de los tobillos, pareciendo pedir agua), descubrí al genial Isaac Newton. Y diría que a partir de ese momento se modificó en buena medida la idea que yo tenía de este asombroso planeta que habitamos. Me interesé por la vida y por las investigaciones de este sabio inglés, y leí todo lo que pude sobre él. A este estudioso observador, que fue casi venerado por sus contemporáneos, le debemos el descubrimiento de las leyes de la gravedad y del movimiento, el invento del cálculo infinitesimal y, sin duda, la primera visión racional del universo.

Como no podía ser de otra manera, en un viaje que hice al Reino Unido, planifiqué dos visitas. Una a Straford-upon-Avon, el pueblo de Shakespeare y, la otra, a Woolsthorpe Manor, en el distrito de Lincolnshire, el sitio en el que nació Newton y donde aún está en pie la casa familiar con sus relojes de sol, que siguen perseverantes marcando la hora.

Según sus biógrafos, Newton llegó a este mundo prematuramente un día después de la Navidad de 1643. Era un bebé pequeñísimo y le dieron pocas posibilidades de supervivencia. Por esa época, Inglaterra era un país caótico y turbulento, destrozado por una guerra civil y sensibilizado por la amenaza constante de la peste. Muchos creían que el fin del mundo estaba muy próximo. Pero la aldea de Woolsthorpe era una comunidad tranquila, a la que no habían llegado ni la guerra ni la peste, donde se respetaban los valores puritanos de la sobriedad, el trabajo riguroso y la adoración sencilla. Sin haber sido un alumno brillante, a los dieciocho años Isaac ingresó en la Universidad de Cambridge para continuar sus estudios, aunque nunca asistió regularmente a sus clases, ya que su principal interés era la biblioteca, donde pasaba horas leyendo y tomando apuntes. Una epidemia que arrasó con la región lo obligó a volver a su pueblo. Bastante desencantado, buscó refugio en los libros y confesaría después que ese fue el período más feliz y productivo de su vida.

Lo fascinaban las matemáticas y la mecánica, que lo llevaron a inventar un elaborado sistema de relojes de sol. En la iglesia de su pueblo, aún se conserva uno que construyó durante esa época. Allí está su pasión por el devenir del tiempo que acaso lo impulsó a llenar de relojes su habitación y otras habitaciones de la casa, el vestíbulo y cualquier otro sitio donde entrara el sol. En las paredes clavó puntas para señalar las horas, las medias horas, e incluso los cuartos de horas.

Su madre tenía la esperanza de que se dedicara a manejar la granja de la familia, pero su tío se dio cuenta de que el joven Isaac estaba destinado a vivir en la esfera intelectual y científica. No obstante, sin dejar de ser un apasionado lector (aunque él siempre había creído que para llegar al conocimiento verdadero había que observar más que leer libros), en vez de confiar en los textos sobre óptica, realizó arriesgados experimentos metiéndose una aguja sin punta en su ojo para ver qué efecto producía en la mirada. Durante esa época sentó las bases de sus teorías del cálculo y las leyes del movimiento que más tarde lo harían famoso.

Pero, como era por naturaleza reservado, mantuvo en secreto muchas de sus ideas y siguió experimentando en su laboratorio con esa mezcla de teoría y práctica que le dio buenos resultados en diversos tipos de investigaciones. Su teoría de la óptica lo hizo reconsiderar el diseño del telescopio, que hasta entonces era un aparato grande y engorroso. Usando espejos en lugar de lentes, Newton creó un instrumento más poderoso y diez o quince veces más pequeño que los telescopios tradicionales. Cuando la Real Sociedad de Londres para el Avance de la Ciencia Natural supo del telescopio de Newton, sus miembros quedaron impresionados. Eso lo animó a contarles –con las reservas correspondientes, por supuesto- sobre lo que él describía como un “experimento crucial” sobre luz y color, inherentes al movimiento.

Hombre de difícil trato y para nada confidencial, aunque no desdeñaba gastar bromas, es sabido que Newton no toleraba la crítica. Agreguemos que La Real Sociedad era un grupo de élite que se reunía para compartir y comentar el trabajo de cada uno de sus miembros, y alguna vez alentó a nuestro investigador a hacer lo mismo. Fue así como sus teorías sobre la luz, explicadas con reticencia, no cayeron demasiado en gracia. Otros miembros de la Real Sociedad se negaron a reproducir sus resultados; en parte porque Newton describía sus experimentos de una manera intencionalmente complicada. A su vez, porque no le caían bien las críticas de sus colegas; así, cuando el científico Robert Hooke cuestionó sus teorías sobre la luz y el color, se ganó un enemigo de por vida. Newton tenía un temperamento fuerte y la convicción inquebrantable de que siempre estaba en lo correcto. Con su orgullo herido, debido a ciertos encontronazos, empezó a retirarse de la vida intelectual y a autoimponerse el exilio. Afligido por “cierta crítica menor”, como él la calificaba, decidió aislarse de otros científicos y filósofos y se dedicó a trabajar sobre asuntos religiosos y alquímicos, y alguna vez, con prudencia a manifestar sus conclusiones.

Cuando su madre agonizaba, volvió a la querida casa y se embarcó en un período de investigaciones solitarias, quizá los años más arduos de su existencia. Lo absorbió un hermético estudio de la naturaleza de la vida y hay quienes piensan que esas ideas, aunque no fueran científicas en el sentido moderno, lo ayudaron a pensar de una manera radical que le permitió lograr su trabajo más importante, como fue la teoría de “la fuerza de gravedad”. Newton fue el primero en demostrar que las leyes naturales que gobiernan el movimiento en la Tierra y las que gobiernan el movimiento de los cuerpos celestes son las mismas.

Aunque se lo consideraba un hombre adusto, nunca careció de ese sentido del humor británico que linda con el sarcasmo, muy afín después al doctor Samuel Johnson y a Chesterton. Hacia el final de su vida, Newton contó una anécdota que se ha convertido en una de las leyendas más perdurables en la historia de la ciencia.

Mientras cenaba con otros miembros de la Real Sociedad, entre los que se encontraba el severo William Stukeley, recordó que estando sentado en el jardín de la casa familiar de Woolsthorpe, una manzana que vio caer lo llevó a pensar en la gravedad que rige la naturaleza. Posteriormente el hecho también fue relatado por otra gente que conocía a Newton, incluida su sobrina Catherine, quien lo cuido durante sus últimos años. La leyenda agregó el mito de que la manzana le había caído en la cabeza, aunque se suponen que fue una versión posterior y que no hubo tal golpe en la cabeza.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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