Los Sanfermines, una fiesta universal
lunes 07 de julio de 2008, 22:23h
Con el tradicional chupinazo, lanzado desde el balcón del ayuntamiento de Pamplona, daban comienzo las fiestas de San Fermín, cuya fama traspasa fronteras. Desde que Ernest Hemingway se convirtiese en uno de sus embajadores más universales, los Sanfermines han ido adquiriendo año tras año una importancia que va más allá de los simples encierros. Encierros que, por otra parte, alcanzan cuotas de audiencia realmente considerables. El espectáculo de los mozos corriendo por delante de los toros mezcla emoción con una cierta dosis de locura; la necesaria para ponerse frente a una manada de astados, cada uno de ellos con un peso superior a los quinientos kilos.
Es la fiesta del toro. Tradición y modernidad se dan la mano en Pamplona, donde gentes de todo el mundo -predominan australianos y norteamericanos- vivirán unos días inolvidables. Sólo se han suspendido en tres ocasiones; la última de ellas, en 1997, con motivo del asesinato del concejal del PP Miguel Ángel Blanco, a manos de Eta. Precisamente los acólitos de la banda han intentado desde siempre politizar una celebración, sin que por fortuna hayan tenido éxito en su sinrazón. Los Sanfermines no entienden de política, y sí de diversión. Se da incluso el curioso contrasentido que las corridas de toros suelen ser una excusa perfecta para charangas y cantos en los tendidos de la plaza. La faena del torero, sin pasar desapercibida, sí suele desarrollarse en un ambiente más propio de verbena que de la sobriedad que el momento requiere. Precisamente porque los Sanfermines son bullicio y alegría. Alegría que debe durar hasta que dentro de una semana, el tradicional “pobre de mí” cantado por los mozos frente a la imagen del santo ponga fin a una semana cargada de emociones. Hasta entonces, ¡Viva San Fermín!