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ORIENT EXPRESS

Celebración de Polonia

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 12 de noviembre de 2017, 20:13h

Yo descubrí Polonia de pequeño gracias a Chopin (1810-1849) y a los judíos del gueto de Varsovia como Mordechai Anielewicz (1919-1943) y Emanuel Ringelblum (1900-1944), con cuyas historias crecí. De aquél me fascinaba su música, la grandeza y la fuerza de su Polonesa Op. 53 “Heroica”; de éstos, me admiraba su coraje, su decisión y la dignidad de no dejarse matar sin combatir, preservar la memoria y conservar la historia. Cierta afición a la astronomía me llevó a Copérnico, cuyo astrolabio pude ver mucho tiempo después en la Universidad Jaguelónica, que tuve el honor de visitar. Supongo que alguien que descubre otro país a través de su música, sus científicos y sus héroes debe caer necesariamente enamorado. Así me sucedió a mí. Polonia es una pasión que mantengo inquebrantable.

Cada 11 de noviembre Polonia celebra su independencia. Es un país que ha vencido a las adversidades y a la historia. Polonia como Estado fue dividido entre Prusia, el Imperio Ruso y el Austriaco (1792-1795). Polonia como nación y como idea sobrevivió para renacer al terminar la I Guerra Mundial y salvar a Europa del avance bolchevique en una guerra terrible y quizás desconocida para muchos en España: la Guerra Polaco-soviética (1919-1921). Si no hubiese sido por la asombrosa victoria polaca a las puertas de Varsovia -el llamado Milagro del Vístula- la Revolución Rusa u otra “dictadura del proletariado” se hubiese extendido por Europa Occidental como ocurrió, por ejemplo, en Hungría con el régimen de Bela Kun o como intentaron en Alemania los espartaquistas. Recién renacida, Polonia salvaba de nuevo al continente.

En efecto, Europa ya les debía mucho a estos polacos. Ya en 1683, las tropas del rey Jan III Sobieski (1629-1696), uno de los grandes reyes de la Mancomunidad Polaco Lituana, salvaron al Imperio de una derrota casi segura ante los otomanos que asediaban Viena con el Gran Visir Kara Mustafa al frente. El emperador había pedido ayuda a los monarcas cristianos de Europa y allá acudió el rey Jan con unos treinta y cinco mil polacos y 28 cañones. Junto a ellos, un ejército imperial de algo más de cuarenta y cinco mil hombres se enfrentaría a unos ciento cincuenta mil otomanos que cercaban la ciudad. Los Húsares Alados, cuyas armaduras pueden admirarse en el Castillo de Wawel, en Cracovia, cargaron al galope contra los desprevenidos turcos. A la media hora, los invasores se batían en retirada y, al cabo de unas horas, las bajas otomanas ascendían a varios miles. Algunos dicen que llegaron a veinte mil hombres. Viena se había salvado. Jan III Sobieski escribió al Papa: “Vinimos, vimos y Dios venció”.

Uno no debe sorprenderse de esta referencia a Dios. No en vano, los caballeros polacos entonaban un himno a la Virgen María antes de entrar en combate: “Bogurodzica”. Eso fue lo que sonó el 15 de julio de 1410 en el campo de batalla antes de que los soldados de Vladislao II Jagellón (1350-1434), rey de Polonia, y de Vitautas, Gran Duque de Lituania, derrotasen a los caballeros teutónicos, que por cierto cantaban el “Kyrie Eleison”, con su Gran Maestre Ulrich von Jungingen a la cabeza. Los teutónicos no volvieron a levantar cabeza después de este descalabro.

Sin embargo, Polonia no sólo ha dado guerreros. Podríamos citar a músicos como Paderewski (1860-1941), que fue el tercer primer ministro de Polonia además de un compositor genial y un pianista fabuloso. Habría que recordar a Górecki (1933-2010), cuya “Sinfonía de las lágrimas” es una de las piezas más sobrecogedoras del siglo XX. Polonia ha dado grandes hombres de letras como Adam Mickiewicz (1798-1855), el autor de Pan Tadeusz y poeta nacional de Polonia; Czesław Miłosz (1911-2004), cuyo libro “Mi Europa” ya reseñé aquí; y la gran poetisa Wisława Szymborska (1923-2012). Estos dos últimos fueron ganadores de sendos Premios Nobel de Literatura (1980 y 1996 respectivamente).

Ahora bien, lo que más me gusta de Polonia son sus héroes contemporáneos. Hombres como Jan Karski (1914-2000), el hombre que se infiltró en la Polonia ocupada para actuar como enlace entre la resistencia y el gobierno polaco en el exilio, e Irena Sendler (1910-2008), a la que apodaron “El ángel del gueto de Varsovia”. Los dos eran católicos. Los dos conocieron el horror de la ocupación y el espanto del Holocausto. Los dos se atrevieron a hacer lo correcto, lo ético, lo justo cuando el mundo parecía desmoronarse. Karski dejó testimonio del exterminio de los judíos polacos a manos de los nazis y alertó a los gobiernos aliados. Sendler salvó a más de dos mil quinientos judíos a los que sacó del gueto. Los nazis la detuvieron en 1943. La torturaron. No delató a nadie. Ambos son Justos entre las Naciones y no están solos. Como ellos, hay 6532 polacos que salvaron a judíos a riesgo de su propia vida sin lucrarse a cambio y que se han hecho merecedores de tal reconocimiento. Entre ellos está Tadeusz Pankiewicz (1908-1993), el farmacéutico del gueto de Cracovia, cuya botica Pod Orłem (“Bajo el águila”) puede visitarse todavía.

En Polonia floreció una cultura judía maravillosa que se expresó en yiddish. Polacos fueron sus cantores, sus dramaturgos, sus novelistas. Mencionaré a Mordejai Gebirtig (1877-1942), el gran poeta cuya casa en Kazimierz conserva una placa en su memoria. Él vio con aterradora clarividencia el horror que se cernía sobre Europa en los albores de la Segunda Guerra Mundial.

Los polacos fueron los primeros en luchar contra esa oscuridad que terminó asolando casi todo el continente. Primero, se enfrentaron a la invasión nazi; después, a la soviética. Nunca se rindieron. Nunca claudicaron. Los nazis nunca pudieron colocar en Polonia un gobierno títere de colaboracionistas como sí hicieron en otros países. Los polacos pelearon desde el interior y desde el exilio. A la sublevación del gueto de Varsovia de 1943 le sucedió el alzamiento de la capital en 1944. Los alemanes tuvieron que empeñar a sus mejores hombres para sofocarlos. Ni los partisanos, ni la resistencia en las ciudades les dieron tregua. Los pilotos polacos lucharon desde el aire a bordo de aviones británicos. Centenares de soldados polacos yacen en Montecassino. Sus matemáticos dieron los primeros pasos para descifrar Enigma y, sin ellos, Alan Turing no hubiese logrado vencerla. Polonia sufrió en sus propias carnes el martirio de las ocupaciones nazi y soviética -los campos de exterminio, las fosas, los guetos, las represalias, los arrestos, las torturas, Katyn- y sobrevivió para alzarse de nuevo. San Juan Pablo II El Grande, Papa (1920-2005) Lech Wałęsa (1943) y Jerzy Popiełuszko (1947-1984) fueron testigos de un espíritu de resistencia que ninguna tiranía pudo doblegar.

Así que cuando se acerca el 11 de noviembre, día de la independencia de Polonia, uno siente que todos los europeos tenemos algo que celebrar porque Polonia, de una u otra forma, es parte de la historia de todos.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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