Atrevido y contradictorio en su escritura, tímido y sufriente en su vida personal, Raúl Damonte Botana (Buenos Aires 1939 – París 1987), conocido bajo el pseudónimo de “Copi”, se mostró siempre fiel a una creencia revulsiva, que entrecruzaba su mundo de ficción con en el real. Buen humorista, su personaje más conocido fue La mujer sentada (que adquirió cierta notoriedad en París, muy imitada por otros dibujantes argentinos, ya que es una muestra de cómo se pude decir mucho en pocos trazos); también se destacó como dramaturgo y novelista. En esta última faceta supo crear una expectación abierta hacia las más diversas posibilidades, según lo demuestra su última novela, La internacional argentina, publicada en francés póstumamente en 1988, que parece una lúcida y premonitoria parodia de lo que es hoy la política argentina, establecida sobre corporaciones mafiosas cada vez con mayores complicidades para mantenerse en el poder.
El propósito de todo texto literario es imponer a lo ficticio una realidad, siquiera momentánea, que no necesariamente debe ser verdadera, aunque sí verosímil. Afín a esa idea, la trama de la novela de “Copi” se desarrolla entre compatriotas expatriados en París. Imagina una organización secreta que está montando un plan para tomar el poder en la Argentina. El líder del grupo es un tal Nicanor Sigampa, descendiente del primer negro liberto de la guerra de independencia, campeón mundial de polo, que tuvo que abandonar ese deporte por un accidente. “Aquel negro colosal había sido nuestra estrella nacional hasta que, en 1968, una caída le impidió seguir practicando ese deporte”. En la ficción Sigampa es, además, uno de los empresarios más ricos de la Argentina, dueño de las tres cuartas partes del ganado que abunda en la llanura y se multiplica como los panes y los peces bíblicos. Con él milita una multitud de figuras exóticas, como Miguelito Pérez Perkins, Mafalda Malvinas y la Raula. Sigampa, que reparte cheques por millones a todos ellos, intenta convencer a Darío Copi, un poeta menor también exiliado, para postularse como candidato a presidente. En un país donde “todas las mujeres quieren ser Evita y todos los hombres Perón” la empresa requiere de ciertas dotes actorales; en especial para la invención de un discurso de promesas grandilocuentes y vacías.
Certero y perspicaz en sus apreciaciones, a la vez que admirable observador, el narrador de La Internacional argentina nos ofrece una biopsia de nuestra sociedad, exagerada hasta la abominable condición de miserables acomodaticios en la que, aún a regañadientes, no queda otro remedio que coincidir. La crítica de “Copi” hacia la Argentina y hacia los argentinos alcanza niveles de condena. “Asqueado, en un momento –dice el protagonista- salí a la calle para correr a Orly y tomarme el primer avión hacia mi país. Sólo en la Argentina se puede estar a salvo de los argentinos, y nadie pensaría en ir a buscarme allí”… En algún momento irrumpe la Raula, que el narrador presenta como la hija natural de Jorge Luis Borges, “Muchacha que tuvo una infancia muy difícil, tironeada entre su padre y su abuela, que querían educarla a la inglesa y su madre, que quería hacerlo a la portuguesa”. Por momentos divertida, amena, atrapante en cada tramo, la novela de “Copi” está poblada de sorprendentes encuentros y desencuentros que van, a la manera de Kafka, de ningún lado hacia ninguna parte. Nos hallamos ante un escéptico que busca la confianza en una constante decepción hacia su tierra.
A nuestro polémico y talentoso “Copi” tuve la oportunidad de conocerlo en París hacia 1980; Alejandro Jodorowsky me acercó a él en la brasserie La Coupole y asistí a la representación de La Tour de la Défense, en el pintoresco Teatro Fontaine, donde fue aclamado por los asistentes. “Copi” era hijo del periodista Raúl Damonte Taborda (que fuera diputado y director del diario Tribuna Popular) y de Georgina, la hija menor del famoso empresario periodístico Natalio Félix Botana, fundador del diario Crítica. Se declaraba heredero intelectual de su abuela, Salvadora Medina Onrubia, la extravagante mujer de Botana. Poseía un talento precoz en el dibujo y colaboró desde adolescente haciendo caricaturas en Tribuna Popular y en la revista satírica Tía Vicenta, del ingenioso Juan Carlos Colombres, “Landrú”. Vivió en Buenos Aires durante su adolescencia y primera juventud y en 1962 se instaló en París, asumiendo un asilo complejo, donde desarrolló buena parte de su obra.
Aprensivo y temeroso, “Copi” abrigaba sus dudas acerca del grado de afecto que pudieran tener por él los que lo rodeaban; confieso que me sorprendió su escepticismo y su marcado desencanto por la vida. Descreía del género humano y, por consiguiente, de la amistad, a la que aceptaba sólo como una forma de complicidad. No sentía demasiada simpatía por ciertos aspectos humanos, aunque presentía, confusamente, que de allí emanaba la verdadera personalidad. La soledad lo abrumaba y la consideraba como la forma más malsana de la existencia, aunque la cultivaba como una forma de autocastigo, o flagelación. Puntilloso en sus explicaciones, se mostraba huidizo e indócil, sin dejar de ser amable y generoso con la gente cercana.
Yo había conocido antes, en Buenos Aires, a don Raúl, su padre y eso le despertó cierta simpatía hacia mí. Sobre todo cuando le conté los pormenores de una cena a la que fuimos invitados con Borges, al que “Copi” admiraba con las reservas de casi toda la gente con tendencia a la izquierda de la época que lo consideraba menos un anarquista que un conservador reaccionario (recuerdo que esa idea que tenía del autor de El Aleph, nos trenzó en una severa discusión). Raúl Damonte Taborda, su padre, era toda una leyenda en Buenos Aires y desbordaba simpatía cuando refería sus anécdotas con mitológicos personajes de la ciudad. Tangero de ley, lo había tratado a Carlos Gardel y era amigo íntimo de Aníbal Troilo y de Enrique Cadícamo. También un tío suyo, el entrañable “Poroto” Botana, a quien él poco consideraba, era mi amigo. Sin duda, esos antecedentes alentaron un trato afectuoso con “Copi”, casi familiar en algunos aspectos.
Prolífico autor de teatro (la mayoría de sus obras fueron dirigidas por Jorge Lavelli), “Copi” estrenó en París, en 1970, su polémica pieza Eva Perón, la que provocó un escándalo y hasta la colocación de una bomba en la sala que, por supuesto, le brindó publicidad. En Buenos Aires también la obra tuvo buena prensa, aunque ignoro si tuvo buena asistencia de público. Se representó en el teatro Cervantes y provocó la reacción de ciertos sectores del peronismo. No era para menos. La Eva de nuestro dramaturgo es transexual e iconoclasta, y de una lucidez tan asombrosa que atenta y subordina al mismísimo Perón.
Esa Eva transexual lo es explícitamente. No solo porque en la versión original la interpretó un varón (a pedido del autor), sino porque queda claro que no tiene el cáncer de útero que la historia le asigna al ser obviamente varón. La Eva Perón de “Copi” transmuta los sexos y los significados de todas las cosas, en especial de las ideas y de los ideales políticos, de los odios y de los amores. Eva Perón vive, sigue viviendo (y por eso no muere en la obra) porque su transexualidad la salva del cáncer, de someterse al poder político y de todas las banalidades de la vida social. Uno de los muchos rasgos geniales de la obra de “Copi” es que, como señalamos, Eva opaca a Perón (entre otras cosas porque en su discurso final le hace decir la verdad sin que se dé cuenta, sin que lo sepa), justo en un momento en el que el protagonismo político del General Perón en América Latina era abrumador. Evita no muere en la obra; pero, para no morir (y que el Pueblo crea que ha muerto) debe matar a una mujer, la enfermera, la auténtica, la representante del pueblo peronista que cree en su líder.
Perón, en la obra de “Copi”, no sabe que Eva ha escapado y que la muerta es la enfermera. A esa muerta falsa (pero realmente muerta), Perón le dedica el discurso final. Y cada palabra que dice tiene otro significado al comprender que no es Eva la que está en el féretro sino otra, anónima, la representante del pueblo. Sin quererlo, Perón dice algo verdadero tratando de engañar, como en todo discurso político. “Copi” logra transmutar todo haciendo de Eva un mito. Y ese mito es el travesti que sigue vivo.
¡Vaya paradoja, pobre “Copi” se fue de este mundo por las complicaciones del sida mientras ensayaba Una visita inoportuna, una obra en la que el protagonista también muere de sida en un hospital!