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TRIBUNA

El coleccionista

lunes 04 de diciembre de 2017, 20:42h

En lengua catalana no hay libro político e “histórico” más importante en el siglo XX que las Memòries (1876-1936), de Francesc Cambò. Esta obra contiene los principios clave y, seguramente, las técnicas precisas para comprender la cuestión catalana, o mejor dicho, la gran tragedia hispánica. Al final de su vida, el propio Cambò resumió el problema en los Dietari: “Tenia raó Ortega y Gasset que en la gran tragèdia hispànica no hi ha solució completa i a plena satisfacció de tots: no hi por haver mes que conllevancia!” He ahí una prueba de entendimiento entre españoles del centro y la periferia, del interior y la costa… Es un ejemplo de cómo un tipo del Ampurdán y sangre de La Garrocha, Cambò, puede entenderse fácilmente con uno de Madrid, Ortega y Gasset, en cosas esenciales para todos los españoles. Por ejemplo, los dos sentían repugnancia por la demagogia y el populismo: “Quien se irrita al ver tratados desigualmente a los iguales, pero no se inmuta al ver tratados igualmente a los desiguales, no es demócrata”, según Ortega, “es plebeyo.” El odio al plebeyismo y la demagogia fue también el santo y seña de Cambò: “La nueva repugnància per la demagògia i els demagogs i el meu menyspreu pels qui fan totes les baixeses y claudicacions morals per a esdevenir popularss van produir en mi una exagerada respulsió per la popularitat.”

Creo que las Memorias, de Cambò, aún son un buen espejo en que pueden reflejarse los mejores políticos de Cataluña. Después del fracaso del proceso independentista, haría bien la actual tropa de los nacionalistas de intentar reeducarse, aunque solo fuera durante la campaña electoral, con este libro. Aprenderían un poco de historia y también a respetar la democracia del 78. Y, sobre todo, entenderían eso que Prat de la Riva y Cambò llamaron: “españolizar el catalanismo”. Es, sin duda alguna, una salida. Pero traigo aquí a Cambò no solo para que los catalanistas políticos imiten sus políticas, nada me gustaría más, sino también para que los ciudadanos sepan cuáles son las características de un genuino político, a saber, alguien que tenga inteligencia, o mejor, “intuición histórica” para resolver los problemas. No se trata de un intelectual ni de un filósofo-rey sino de alguien que haya dado alguna muestra intelectual de su quehacer, porque es muy poco verosímil, como decía Ortega, que eso pueda darse en una mente sin haber sido previamente aguzada por otras formas de inteligencia ajenas por completo a la política.

Desconfíen, pues, del político que no haya dado alguna muestra apasionada por algún disfrute intelectual. No es el caso de Cambó. Escribió bastantes libros con verdadera fruición intelectual. Las Memorias tienen capítulos inolvidables desde la perspectiva del mero goce intelectual, por ejemplo, las páginas que dedica a narrar su pasión por el arte del coleccionismo son para estudiar en las Facultades de Historia del Arte. Y de la política. Su pasión por el mundo del arte venía desde su infancia, cuando se extasiaba contemplando las exquisitas muestras del arte románico en Besalú. El arte, más que la naturaleza, lograba transformar el estado de su espíritu: “mientras que la contemplación de una belleza natural, hasta las más extraordinarias, no podía hacer otra cosa en mí que acentuarlo. Así, nunca la contemplación de una belleza natural me había liberado de una tristeza, sino que la había agravado; en cambio, las obras de arte, las obras de los hombres, llegaban a aclarar mi espíritu y a crear en el fondo de mi al alma un intenso jubilo.”

Fue la pintura el arte que más le atrajo y apasionó. Recorrió todos los museos de Europa y, especialmente, en su época de diputado, pasó días enteros en el Museo del Prado. De sus visitas al Museo del Prado surgió su “deseo de dotar a la ciudad de Barcelona de un Museo de Obras del Renacimiento. Yo sabía bien que sería siempre una cosa modesta y escasa al lado del Prado, una de las mejores, sino la mejor, pinacoteca del mundo, pero yo, que conocía y amaba el Prado por la infinidad de horas de gozo y por la cantidad de consuelo que allí había encontrado, sabía que también que el Museo del Prado era incompleto y que de él estaban ausentes grandes escuelas y grandes maestros. Por ello tuve la idea de hacer un museo que viniera a ser un modesto complemento del Museo del Prado, y, en la lista de autores que me señalé para las adquisiciones a hacer, figuraban principalmente los que no estaban representados, o lo estaban muy imperfectamente, en el Museo madrileño.”

En fin, solo Cambò, alguien con una extraordinaria sensibilidad estética y una no menor capacidad de fruición intelectual, pudo tener la intuición política de resolver la cuestión catalana a través de la “españolización del movimiento catalanista, ligándolo a un empresa general española que nosotros iniciaríamos y dirigiríamos”.

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