Vuelven las obras a Madrid
miércoles 09 de julio de 2008, 21:30h
Ha llegado el esperado verano a Madrid y con él los turistas y las obras. Para los primeros, quiere el consistorio seguridad y por eso ha inaugurado la campaña estival reforzando la plantilla de agentes para cuidar de ellos y, sobre todo, de sus pertenencias. Hay agentes a caballo como en el oeste, en patinete como en las playas de Miami y a pie, como Dios manda. Los “guiris” ya pueden pasear y sudar tranquilos.
En cuanto a las obras, ya estaban tardando. No digo que los madrileños las echaran de menos porque el contagiado complejo de topo andaba bastante bien servido con los agujeros de la Puerta del Sol y de la Ribera del Manzanares, pero empezaba a parecer que a la capital le faltaban grúas, vallas y polvo. Tanto pavimento liso y tanta calle sin cortar no acababa de encajar del todo. No hay que preocuparse, el Ayuntamiento ya ha anunciado el inicio de tres grandes obras, la polémica del Eje Prado-Recoletos, la de la calle Serrano y la de la Plaza de Isabel II.
No hay en esta plaza, antaño llamada de los Caños del Peral y por todos conocida como de la Ópera, árboles dignos de portar cadenas junto a una baronesa y, por eso, nadie ha levantado un dedo, ni siquiera una ceja, ante el proyecto para su remodelación. Digamos con honestidad que el lugar no es un dechado de belleza y que, en la actualidad, más bien parece el patio trasero de la elegante Plaza de Oriente, la puerta de atrás del Teatro Real. Con sus restaurantes de comida rápida en cada esquina y los vestigios de un cine abandonado hace años, a la pequeña estatua de la “reina de los tristes destinos” ya casi nadie la visita, a pesar de que el lugar siga siendo uno de los de más paso de la ciudad.
Lo fue siempre, porque a él llegaban grandes corrientes subterráneas desde la Plaza Mayor que vertían buen agua en unas fuentes, las del Arrabal, también conocidas como los Caños del Peral. Un total de 57 pilas que servían de lavaderos reunía a muchos habitantes e incluso alimentaba a algún establecimiento balneario de la zona. Era también un animado punto de encuentro para compañías de teatro ambulante, germen de aquel primer teatro conocido con el mismo nombre que se daba a la fuente y por el que pasaron personajes inolvidables como Giacomo Casanova. El incansable amante llegó a Madrid en 1767 dispuesto a sucumbir una vez más al amor, pero, sobre todo, emocionado por la perspectiva de descubrir el fandango, un baile prohibido por la Inquisición del que se decía que inflamaba el alma, y que sólo se bailaba, previo permiso del Conde de Aranda y en ocasiones especiales, precisamente en el Teatro de los Caños.
La histórica fuente de granito de la Cabrera existe todavía. Fue descubierta durante la remodelación de la estación de Metro de Ópera en 1991 y allí se quedó, emparedada entre andenes. Está claro que aquí nos gusta hacer agujeros, pero en contra de lo que dijo Danny de Vito cuando visitó España no parece que andemos a la busca del tesoro, ya que cuando encontramos uno lo dejamos enterrado.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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