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ORIENT EXPRESS

Borrell, el independentismo y la Edad Media

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 17 de diciembre de 2017, 19:43h

Josep Borrell ha dicho en un mitin en Cataluña que el independentismo es “medieval”. Desde luego, no seré yo quien salga en defensa de los independentistas catalanes. Me parece claro que Borrell pretendía subrayar el atavismo de la ideología independentista. Ahora bien, ni el independentismo ni el nacionalismo surgieron en la Edad Media; desde luego, no tal como se presentan hoy en Cataluña y en otras regiones de España. Al contrario, el nacionalismo moderno – por ejemplo, la idea de la nación como un “plebiscito cotidiano” según Renan o la exaltación del espíritu del pueblo como Volkgeist eterno en el sentido de Fichte y Herder- ese nacionalismo, digo, surge a finales del siglo XVIII y principios del XIX coincidiendo con el Prerromanticismo y el Romanticismo en Alemania y Francia. Una vez más, la Edad Media tiene que soportar el sambenito de un atraso y una oscuridad que jamás tuvo.

Digámoslo claramente: la Edad Media no fue lo que algunos hombres del Renacimiento y la historiografía posterior afirmaron. No fue un tiempo de tiniebla e ignorancia. No fue una época de sufrimiento, dolor y muerte felizmente superada por el Renacimiento y, después, por la Modernidad. No es el responsable del nacionalismo, el independentismo y otros totalitarismos.

De entrada, la Edad Media -entendida en la distinción clásica de Alta y Baja Edad Media- dura aproximadamente diez siglos; desde el V hasta el XV llegando hasta el tiempo que se dio en llamar “El otoño de la Edad Media” según la feliz expresión de Huizinga. Esos mil años de historia de Occidente dieron al mundo el arte románico, el gótico, el canto gregoriano, la épica y la baladística europea, el Camino de Santiago, el Imperio de Carlomagno, los reinos medievales, el Beato de Liébana, el Códice Calixtino, las primeras palabras del español, todas las lenguas romances, la Virgen de las Batallas que el conde Fernán González llevaba en el arnés de su caballo y un sinfín de otras creaciones que aún asombran por su majestad y belleza al mundo entero.

El hombre medieval, que concebía la vida terrenal como un tránsito hacia la vida verdadera, se preocupaba de salvar su alma y sabía que algún día tendría que afrontar un Juicio. Las portadas policromadas de las iglesias le enseñaban las verdades de la fe. Su intervención sobre la naturaleza que lo circundaba no significaba destruirla; al contrario, el paisaje de Europa logró sobrevivir hasta la Revolución Industrial. La cultura jurídica, sobre todo en la Península Ibérica, imponía ciertas limitaciones al poder de los reyes -las cortes, por ejemplo- a cuya sombra seguimos viviendo. Por cierto, también en esto fue pionera España. Cuando el joven emperador Carlos pretendió mandar soslayando a las cortes y las ciudades de Castilla e imponiendo tributos (“servicios”) estalló la Guerra de las Comunidades (1520-1522). Los comuneros cayeron derrotados, sus líderes subieron al cadalso, pero el emperador supo que con los castellanos no había que bromear. No volvió a intentar abusar de Castilla, que defendía las instituciones que habían llegado de esa Edad Media que tal mala fama tiene.

No existen periodos de la historia perfectos. Como todos, la Edad Media tuvo muchas sombras, pero sus muchísimas luces aún hoy nos maravillan. Buena parte de las tradiciones, las fiestas y el folklore de España hunde sus raíces en ese tiempo tan denostado y tan mal conocido. Muchas de las recetas de la gastronomía medieval se han perdido, pero la presencia del vino en todo el Occidente de Europa -una de las más profundas diferencias en nuestro continente es la que separa a las tierras del vino de las tierras de la cerveza- esa presencia, digo, testimonia que nuestro estómago sigue debiendo mucho a aquellos monjes y campesinos medievales cultivadores de viñas y fabricantes de caldos.

La Edad Media nos recuerda que hubo un tiempo en que los seres humanos tenían convicciones, ideales y creencias en lugar de tener solo opiniones. El latín y el griego actuaban como dos lenguas comunes de comunicación internacional desde Irlanda hasta Siria. Un peregrino podía viajar desde Polonia hasta Compostela descansando en la red de albergues que las instituciones eclesiásticas sostenían. En todas partes podía ser un forastero, pero la Cristiandad brindaba una identidad que superaba los regionalismos y abrazaba una universalidad hoy en riesgo de perderse.

No sólo floreció la cultura del Occidente cristiano. Tanto la civilización islámica en Al Andalus como la cultura judía desde el sur de España hasta las fronteras de Rusia conocieron en esos siglos tan maltratados un desarrollo y una altura que, en algunos aspectos, no han sido superados. Ahí están Ibn Hazm, Maimónides y tantísimos otros para asombro del mundo entero.

Los independentistas han secuestrado la Edad Media para sus propios fines y han inventado una Cataluña que nunca existió, pero eso no empaña la realidad histórica de mil años. No, nada tienen que ver los delirios independentistas en Cataluña con la cosmovisión y la cultura de la Edad Media. Aquéllos son hijos directos de la Modernidad. No ensuciemos diez siglos de historia acusándolos de una herencia que no nos legaron.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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