Inés Arrimadas ha logrado lo que parecía impensable: ganar las elecciones catalanas, doblando el pulso a Junqueras y Puigdemont. Ciudadanos ha conseguido el mayor número de votos y de escaños en el Parlament lo que supone todo un hito histórico al ser la primera vez que lo consigue un partido no nacionalista. La candidata de Albert Rivera ha logrado imponerse con un valiente discurso a favor de la unidad de España y la Constitución. Sin complejos ni equidistancias. Toda una lección para el PP, que ha sufrido el batacazo esperado, y el PSC, que apenas ha subido.
Pero la victoria de Arrimadas se ha visto empañada por la mayoría absoluta lograda por los partidos secesionistas, que con toda seguridad aparcarán sus diferencias para reeditar su anterior pacto de Gobierno. La diferencia ahora, respecto a 2015, es el artículo 155 que planeará sobre sus cabezas durante la legislatura.
Resulta una incógnita el rumbo que tomará el nuevo Gobierno de la Generalidad. A buen seguro, que sus dirigentes querrán resucitar el “procés” y que la CUP presionará para que se proclame cuanto antes la República, como han venido anunciando durante la campaña. Pero si vuelven a las andadas, al Gobierno no le temblará el pulso y, como ya ha advertido, volvería a aplicar el artículo 155 destituyendo de nuevo al Gobierno y disolviendo el Parlament.
El resultado de estas elecciones mantiene la fractura en la sociedad catalana y la confrontación entre los dos bloques, el constitucionalista y el secesionista. Y mantiene también la crisis institucional y la tensión con el Gobierno de Rajoy. Es como volver al pasado, cuando parecía que la estabilidad y la normalidad se establecían en Cataluña.
La gran victoria de Inés Arrimadas y del partido que lidera Albert Rivera, en cualquier caso, supone un golpe al separatismo. Enarbolando la bandera de España y con la Constitución en la mano se han erigido con la victoria. Una victoria ejemplar que, por desgracia, no cambiará el mapa político catalán. Hay que esperar a saber el camino que tome el nuevo Gobierno y a la reacción de Rajoy. En ambos casos, el panorama se antoja pesimista.