Cuando el tema del día es el resultado de las elecciones autonómicas de Cataluña parece extravagante prestar atención a un juego de niños. Pero, bien mirado, acaso se vea que el resultado de las elecciones, sin ser baladí, no posee la enorme importancia que se le atribuye y que el juego de niños hace tiempo que se convirtió en una cuestión de Estado.
En las vísperas del día señalado por Mariano Rajoy para el casi sacramental acto de votación, se sabe que la convocatoria misma significa una nueva prórroga o una prolongación de la agónica situación de sufriente conllevancia en que estamos envueltos todos los españoles. Habrán de establecerse nuevas condiciones de financiación autonómica, muy especialmente para Cataluña. Indudablemente significará un incremento notable del porcentaje presupuestario bajo administración autonómica, con la merma proporcional en otros campos. Se presentará, una vez más, como una milagrosa multiplicación de los panes y los peces, en la que todos asombrosamente mejorarán su condición. Tarde veremos el turbio secreto de tan asombroso progreso que, de ningún modo, supondrá el abandono del irredentismo independentista. Servirá para aplazar indefinidamente la agónica existencia de España, agónica como la vida misma. Porque, quizás, no sea otro el fin de la dialéctica parlamentaria que el de dar tiempo al tiempo e ir viviendo en el entretanto. El milenarismo no tiene nunca un fundamento meramente político. Pero 47 - 0 no es el resultado probable de las elecciones catalanas, sino el del pronto olvidado partido de fútbol que enfrentara a los alevines de la Unión Deportiva Las Palmas con otro equipo de niños, de nombre Las Coloradas.
El fútbol escenifica una incruenta batalla y se ha convertido en uno de los pocos espacios en los que se habla de épica. Aparentemente está rodeado de los gestos de la cortesía, pese a que ya no esté en uso el intercambio de banderines y cada vez resulte más extraño que se lance el balón fuera cuando un contrincante se halla tendido. Himnos, banderas, escudos, defensores y atacantes, finalmente la victoria o la derrota, suplen sucedáneamente el fenómeno terrible de la guerra. El fútbol ha llegado a ocupar un lugar insoslayable en la vida ciudadana: organiza el calendario anual de muchos que, a modo de ciclo litúrgico, fijan su horizonte anual según las fechas del derbi o del clásico. Ciclo al final del cual esperan la salvación o el descenso o, incluso, se atreven a aventurar la gloria.
Pero más allá de esta función de periodización de la vida cotidiana, el fútbol ocupa un lugar fundamental en la realidad política. De manera que si la guerra es la política continuada por otros medios (Clausewitz), cabría afirmar que el fútbol es una escenificación de la guerra por otros medios. Por lo demás, la política misma, diríamos real, posee una constitutiva dimensión teatral, un componente de estratégica farsa. Es, entre otras cosas, una arte de la representación. Sin duda, el fútbol continúa esta teatralización de la política por medios distintos.En nuestra sociedad de la apariencia o de la imagen, en el juego de representaciones y actitudes afectadas en que consiste nuestra vida, el fútbol lleva la farsa al paroxismo.
El fútbol redime falsamente las derrotas políticas con una victoria en el campo de juego y permite entonar el himno de una victoria, cuyo valor simbólico trasciende su sentido deportivo. Mucho más allá de un juego, el fútbol tiene entre nosotros funciones sociales y políticas de primera importancia. No hay contenido alguno con una presencia comparable en los medios de comunicación y sus figuras son modelos para las muchedumbres. El niño que no sabe jugar al fútbol está condenado al ostracismo en el patio del colegio, como la desinformación del adulto dificulta la conversación social.
El fútbol es signo de la sociedad en cuyo seno ocupa su lugar privilegiado. Recuerdo que las memorias de Alfredo Di Stéfano describían un tiempo en que este deporte era todavía un entretenimiento semanal, cuando el lateral entraba en discusión con el espectador que le recriminaba desde la banda. Aquella representación poseía un coeficiente de realidad que ha ido disminuyendo, al ritmo en que nuestra sociedad se convertía en fantasma. No queda épica en el fútbol contemporáneo, los adultos han perdido el mínimo sentido de la cortesía cuando se enfrentan a golpes durante un partido entre jugadores de cinco años, cuando un equipo infantil no se detiene ante una goleada cuya dimensión anula el sentido del juego.
Ante las elecciones debemos recordar que acaso la corrupción de la ciudad se contemple con mayor claridad en la representación futbolística, que en el juego electoral.