Así de fácil y rápido se puede hacer el recuento del 2017 y de lo que viene en el 2018 y 2019: agendas conflictivas y expectativas pesimistas. Los sistemas políticos, las formas de gobierno y los Estados nacionales se han estancado y buscan sobrevivir por sí mismos, en un acto de autopoiesis ajeno a la dinámica de las relaciones sociales y de las relaciones productivas.
Los EE.UU. están en crisis de liderazgo y de legitimidad interna, Iberoamérica busca salir del hoyo de la crisis económica y de la crisis política corriéndose a la derecha donde ya estuvo sin resultados, Europa carece de opciones de bienestar social y el Brexit en versiones diferentes se quiere vender como la opción…, sin serlo
El año 2018 que viene no será sino la consecuencia del 2017 que ya se va y no tiene ningún indicio de que vaya a tener buenas noticias, salvo que será mejor que el 2019 que aún está lejano. Con un Donald Trump volcado sobre sí mismo y su mundo interior inclusive ajeno a las protestas dentro de su país, los EE.UU. dejaron de ser el referente. Peor aún, hay quienes extrañan a los EE.UU. como policías del mundo, porque cuando menos había quien daba ciertos parámetros de orden.
El 2017 debería cerrar el conflictivo ciclo del fin histórico del modelo económico neoliberal, de mercado, globalizador, iniciado como crisis en el 2008. Los economistas que no previeron la crisis
--regaño de por medio de Paul Krugman-- ahora no han intentado el esfuerzo de pensar en nuevos paradigmas. Si el Estado no pudo y generó la crisis del populismo y el neoliberalismo tampoco pudo y generó la peor crisis de bienestar de la posguerra, ¿dónde están los economistas y politólogos tratando de desentrañar las nuevas relaciones sociales y productivas posteriores a la crisis del 2008? La globalización de los mercados aumentó el intercambio comercial entre naciones, pero también internacionalizó las crisis.
El saldo más negativo del 2017 está a la vista: la peor crisis de expectativas sociales que se conoce desde la gran depresión de finales de los años veinte. El Estado de bienestar no sólo entró en crisis, sino que en realidad desapareció hasta como referente coyuntural. Técnicamente está claro que ningún país puede vivir con tranquilidad con déficit presupuestales arriba de 4% como efecto de desorden en sus finanzas públicas, pero ese límite condena a millones de ciudadanos a pagar cuotas ajenas con deteriores propios. El camino fácil es el de bajar gasto para equilibrar finanzas, aunque se dejen a millones de ciudadanos sin la esperanza de algún día vivir mejor.
La crisis de déficit presupuestal de México de 1973-1983 --una media de 8% del PIB, con un pico de 15% en 1982-- llevó al ciclo neoliberal de bajar el desequilibrio de finanzas públicas a un promedio de 1% desde entonces. Pero el costo social fue alto: disminución del gasto público social, control a la baja de los salarios y PIB desacelerado De 1983 a 2018 el PIB promedio anual mexicano ha sido de 2.2%, contra 6% en el largo periodo de 1934-1982. Aquí lo he escrito; México necesita un PIB promedio anual de 6% para ofrecer empleo en el sector formal al casi millón de mexicanos que se incorpora cada año a la población económicamente activa. Si el PIB ha crecido 2.2%, entonces dos terceras parte de los mexicanos han quedado fuera del desarrollo en los últimos treinta y cinco años. ¿A dónde se han ido los m
exicanos sin empleo formal? A la informalidad, a la delincuencia y a los EE.UU.
El paradigma de la globalización y la estabilidad macroeconómica sigue siendo la única garantía de control de las crisis financieras, pero al mismo tiempo es la explicación del aumento de la pobreza, de la baja en la calidad de vida y del empleo que ya no responde a las expectativas de bienestar. Lo peor: las crisis económicas han colapsado los sistemas políticos, los regímenes de gobierno y los Estados.
Pero nadie está reflexionando lo principal: el modelo del Consenso de Washington --apertura de mercados, noviembre de 1989, el año y el mes del desmoronamiento del imperio soviético-- ya no es una salida, aunque sigue siendo una fórmula estabilizadora. Pero su costo es alto: crisis del bienestar social, deslegitimación de gobiernos --monarquías y repúblicas-- y protestas sociales. El paradigma ideológico de la izquierda --el socialismo en sus versiones autoritaria y democrática-- quedó atrapado en la estabilidad macroeconómica y liquidó ahí su justificación moral.
Por eso la pregunta: ¿qué están pensando los economistas los politólogos, los sociólogos, los líderes sociales? El populismo quiere regresar, pero sin nada que vender: en México los tecnócratas en 1982 dijeron; “no queremos promesas, queremos realidades”. luego de una generación de bajo crecimiento, la sociedad clama: “no queremos realidades, queremos promesas”. Y bastan merolicos de callejuelas para vender de nueva cuenta ilusiones perdidas balzacianas. En Iberoamérica la izquierda llegó con sus promesas y no dio resultados y ahora la derecha regresa con lo mismo.
El 2017 fue un año triste, y no por sus resultados sino por sus expectativas: no hay ideas nuevas, los viejos lenguajes populistas de plazuelas llenan las expectativas sociales. Y lo peor es que, como en México, votar populismo no es votar expectativa,
sino votar castigo; si no hay propuestas entonces ejercer el voto a favor del que más les duela a los institucionales. El 2018 será igual. Y hay que prepararse para ello.