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TRIBUNA

Navidad: de la contradicción lo que se quiera

jueves 28 de diciembre de 2017, 20:17h

En el mundo – hoy como siempre – caminamos atravesados por extrañas contradicciones no simplemente lógicas, que están lejos de concluir en un absurdo desechable, que no permiten un tratamiento analítico, sino que nos tensan al extremo de un gozo insufrible. Desde el ámbito de la política, donde sólo una grave simplificación reduce el enfrentamiento a la oposición plana amigo – enemigo, hasta el ámbito antropológico de las relaciones personales y la vida cotidiana, donde el amor nunca es un estado de beatitud sin matices, porque incluye siempre riesgo y sacrificio. Asimismo, en el terreno de nuestras expectativas únicamente el pánfilo progresista da por buena la idea de que anterior es sinónimo de peor, como el reaccionario sin asperezas pretende que todo tiempo pasado fue netamente mejor. La verdad estrictamente racional a nuestro alcance no es nunca la verdad íntegra y, en este terreno, resulta prudente regirse por un principio de cautela que bien podría rezar: no hay ganancia sin pérdida. Así pues, la actitud adecuada en la vida sería la de un puntilloso y constante revisionismo. Hay quien llama a esto una actitud crítica, pero también aquí habita la contradicción y es preciso ejercitar puntillosa y constantemente la crítica de la crítica crítica, de suerte que pudiera resultar enteramente comprensible la más crítica defensa del dogma.

Entiéndase bien que con semejante defensa crítica del dogma no se trata de alcanzar, en modo alguno, una suerte de equilibrio entre la crítica racional y el dogma de fe, como tampoco de entibiar el amor con una distancia letárgica que lo prive de su potencia conmovedora, o de cargar la amistad con el rencor, en un amasijo acaso adecuado a nuestro revuelto presente.

La Navidad es el signo más preciso de un singular anhelo de absoluto, sin duda traicionado pronto por nuestro miserable gesto, que nos devuelve a la contradicción. Ese anhelo de una bondad completa, negado por el espejo, es un elemento ineludible de nuestra condición. Su negación supondría una renuncia desoladora, como su constructiva afirmación histórica conduciría a la desesperación y la derrota. Podría parecer de lo más racional concluir, por tanto, que sólo podemos tratar de conservar esa aspiración hacia un bien absoluto sabiendo, al tiempo, que esa aspiración nos desborda. Y así proceden los racionales promotores de una ética de la tibia mesura, que echan agua al vino del amor, endulzan el amargo sabor del odio y, en suma, cargan las alas ligeras de la verdad con el plomo del subjetivismo.

Pero esta mesura es una simplificación de la extremada vida humana, de la ardiente oscuridad y la cegadora luminosidad de nuestros días en la tierra. Una simplificación ajena a una religión cuyo Dios no vino a traer la paz, sino la espada. Es una simplificación que ha hecho nuestra vida cómoda y planificada, técnicamente gestionada, y así una vida sin drama en la que las más aventuradas circunstancias resultan alisadas por el cálculo y la previsión: desde el nacimiento o el matrimonio, a la enfermedad o la muerte. Las graves tensiones han sido aliviadas por una convivencia fría y mortecina, que ignora tanto las convulsiones del odio, como las revelaciones del amor y ha sustituido el terror a la muerte y la alegría de la vida por lúdicos temblores de feria. Véanse las celebraciones de Halloween o visítese un centro comercial el día de Navidad.

Pero la contradicción cuyo centro celebramos en Navidad, y de cuya institución y compleja articulación resultó la doctrina de la fe cristiana, no se resuelve en mixturas o matices. Es la misteriosa contradicción del Dios absolutamente divino y el hombre absolutamente humano. Tan tajante y ajena a toda resignación como el credo que se eleva a partir de esa luminosa contradicción. Nadie como Gilbert K. Chesterton glosó en el siglo XX esa contradicción que la mera razón no alcanza, pero precisa para no perderse en la tibieza o la medianía de una vida calculada. Algunos pretenden salvaguardar la doctrina social de la Iglesia en una suerte de social-catolicismo marxista, sin duda muy dialéctico pero ajeno a esa contradicción nuclear cristiana. ¡Ante la contradicción – parecen gritar – revolución¡.

Pero pierden el tiempo en este mundo ya descargado de contradicciones. En este mundo lógico que frente a la tajante realidad de la espada, que funda la distancia entre bien y mal, luz y sombra, prefiere el claro oscuro del equilibrio y la moderación. En este orden, la contradicción es rechazada. Ahora bien, si de la contradicción – dirá el lógico – se sigue cualquier cosa, (ex contradictione quodlibet) nosotros queremos derivar de la contradicción, la contradicción verdadera. Y así celebramos la Natividad de Nuestro Señor.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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