Leo que la Junta de Andalucía ha propuesto un catálogo de actividades laborales para cumplir con las dos horas y media que, sumadas a sus 35 horas de trabajo presencial, permitan alcanzar a los funcionarios de la administración general la cantidad de 37.2 horas semanales. El Tribunal Constitucional exige a los funcionarios satisfacer en Andalucía el mismo tiempo de trabajoque en el resto del país. No parece que se avance por la senda de la reducción del tiempo de trabajo. Keynes soñaba, allá por 1928, en un futuro casi liberado del castigo bíblico del trabajo. Basándose en los ritmos históricos de acumulación de capital y progreso técnico auguraba, para el siglo próximo, una jornada laboral de no más de tres horas diarias. Su futuro, que es ya nuestro pasado, ha desmentido la prospectiva. Por lo demás Keynes asumía que las tres horas seguirían siendo tiempo de un trabajo destructivo, alienado, negativo cuya bondad residía únicamente en su escasa duración. Acaso Keynes quiso oponer a la utopía socialista, entonces poderosa en la Unión Soviética, una utopía capitalista en la que el trabajo – aunque destructivo y alienante – casi habría desaparecido.
Ni la utopía soviética resultó como se esperaba, ni la utopía capitalista ha concluido en el paraíso liberal de un ocio ilustrado y masivo. El trabajo no ha perdido su naturaleza negativa, la jornada laboral apenas se ha reducido y nuestro tiempo de ocio, parte del negocio, nos conduce a un consumo capaz de ahogarnos en las cenizas del hastío.
Pero en Andalucía los otrora valedores de la gran revolución han arrancado dos horas y media a la semana para dedicarla a actividades, cuyo contenido leo sin asombro. Se trata de actividades reparadoras de los estragos del trabajo, daños de un carácter desolador. El trabajador ya no regresa a su hogar agotado y con la espalda molida por una carga intolerable, sino que vuelve a su deshabitado domicilio angustiado y desorientado por un trabajo cuyo sentido le es enteramente ajeno. El recurso no puede ser otro que la autoayuda, el mindfulness o la meditación… que, en efecto, figuran de modo sobresaliente en la oferta de actividades de la Junta para colmar la cantidad de 37.2 horas exigidas por el Constitucional. Me pregunto dónde han quedado las promesas absolutas del sueño revolucionario. El elemento mesiánico de la revolución significaba, entre otras cosas, la transfiguración del trabajo, la eliminación de su carácter destructivo y la emergencia de una forma de trabajo no ya voluntario, sino real y positivo, un trabajo en el que el hombre adquiriría su verdadera dimensión, su constitución propiamente humana. Se trataba de la contrafigura del trabajo alienado de la sociedad liberal, industrial, moderna. Suprimida la alienación por la transformación profunda de la estructura productiva, la actividad humana adquiriría los atributos asombrosos de un acto de libre creación. Por utilizar una analogía impropia el trabajador actuaría por razones semejantes a las que condujeron a la creación del mundo por Dios. ¿Cabe una actividad más absolutamente gratuita, más positivamente libre? El proyecto revolucionario olvidaba en su soberbia la fragilidad de la condición humana, su limitada capacidad de acción y, por tanto, la imposibilidad de realización del reino de Dios en la tierra. El revolucionario desoía la advertencia escondida en el dogma del pecado original y, frente al hombre caído, concebía un hombre en apoteosis. El fondo metapolítico del programa revolucionario poseía el carácter religioso del antropoteísmo.
Conocedor de mi naturaleza caída no espero la salvación de ninguna revolución política, pero no cabe duda de que el programa revolucionario poseía, en su soberbia ilustrada o luciferina, una pavorosa dimensión escatológica, del todo ajena a este pequeño socialismo andaluz. Éste ya no esconde riesgos abismales porque ha sustituido el socialismo por el management. Por lo mismo sólo encuentra reparación en técnicas de meditación descargadas de la gravedad trascendente de la religión tradicional. La asistencia a misa o la práctica de la confesión no figuran entre las actividades que reconoce la Junta, no sea que más allá de la reparación de los efectos del trabajo pudiera brotar un verdadero anhelo de redención.