Apuraban el tiempo restante de una vida larga. Con ochenta y siete años, casi nonagenarios, se sostenían en su pequeño piso bilbaíno. En el entorno de la gran ciudad tentacular en constante crecimiento cuantitativo. No estaban solos y resistían a la desolación que se extiende por este mundo primero, avanzado, postindustrial. Han caído asesinados a golpes y cuchilladas, a los pies de individuos de catorce a dieciséis años. Una edad que las víctimas multiplicaban por seis. Aquellos catorce años de 1945 habrán visto – en los términos vitales y fabulosos de la infancia – una guerra civil. En 1945 España se cerraba sobre sí misma, aislada tras la guerra mundial. En cierto modo todo hombre es un superviviente, pero sólo en circunstancias arriesgadas se saborea el valor de cada día. Sobrevivir parece querer significar vivir una vida intensificada, supervivir, vivir sobremanera una realidad acentuada. Durante décadas los españoles de dentro hubieron de echarse el país a la espalda y bregar con la dura tarea de levantar lo que quedaba. Consolidar la vida desbaratada requería un afán elemental y comunitario, que es condición de toda alegría de vivir. Vendría después el crecimiento económico y la apertura internacional, con efectos lentos pero tenaces sobre las vidas cotidianas.
Los hijos del siglo XXI han vivido en una sociedad extrema, ignorante del valor de cada día, entregados a una existencia ilusoriamente asegurada. En esta sociedad incursa en la vía muerta de la ultramodernidad, tan bien aparejada, tan neo-europea, tan cosmética y retocada que parece incapaz de encontrar la sazón a sus días. Se extiende entre los más jóvenes un aterrador aburrimiento, un pavoroso hastío que evoca el signo inequívoco del hundimiento: el viejo tedium vitae. Es una juventud doliente porque el aburrimiento – dice E. Jünger – es “la disolución del dolor en el tiempo”. El aludido hundimiento no es político: la política es una dimensión somera de la realidad antropológica. El ocaso es más profundo. Esto, naturalmente, no te convierte en un asesino. Pero da a la vida un tono vital, colorea una moralidad, al fin y al cabo, teñida siempre por el tiempo y las maneras que lo acompañan.
A comienzos del siglo XX Ortega, en su breve Democracia morbosa, indicaba el plebeyismo que, extendiéndose por toda Europa, alcanzaba en España una intensidad sin parangón y delataba una confusión de la democracia con la plebeya “degeneración de los corazones”, manifiesta como “descenso de la cortesía”. Cortesía procede, en efecto, del latín cor/cordis: corazón. Hoy ya no reconocemos la descortesía atroz que padecemos, porque hace ya mucho tiempo que desapareció de nuestras costumbres. Hemos olvidado el gesto deferente, la delicada mímica de un corazón franco, la suavidad en las maneras del trato mutuo. Se extiende entre nosotros un aburrimiento hasta el hastío que no es ajeno a la violenta aspereza que gobierna nuestra presentación ante los demás. Se extiende una pérdida del sentido comunitario de la vida, un aislamiento creciente, un trato bronco… signos diversos de la misma descomposición. Y descomposición significa desintegración, ruptura, separación o independencia… En relación a la vida humana descomposición significa soledad.
Los dos ancianos no vivían solos, se tenían uno a otro y eran conocidos en el vecindario, acaso eran una de las últimas figuras de la vida comunitaria que conocieron los barrios antes de convertirse en arrabales multitudinarios. Supervivientes hasta la derrota y la muerte, su vida ha tenido la realidad que sólo otorga el esfuerzo común y la alegría compartida. Peligrosos y violentos, sus asesinos ignoran esta fuente que dota la vida de realidad y da sentido a los trabajos y los días.
Cuando se habla constantemente de educación se olvida que la constitución personal no es obra de la escuela, que es preciso defender la matriz elemental de la vida humana, se olvida que es preciso salvaguardar las condiciones de la vida en común, oponer comunión a competencia. Ese aprendizaje cordial no lo satisface la escuela. Pero quizás sea ya tarde y no hallemos otra solución que importar la vana idea inglesa de un ministerio de la soledad. Ante la nueva barbarie vertical acaso sólo sea posible aproximarse y estar juntos. Se acercan nuevos tiempos, sólo aptos para supervivientes.