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TRIBUNA

Putin y el futuro de Rusia (y 3)

José Manuel Cuenca Toribio
sábado 10 de febrero de 2018, 19:54h

Algunos de los extremos explicitados en los artículos precedentes confirman una de las claves esenciales para aproximarse con un poco de exactitud a la compleja personalidad del mandatario moscovita. Su rica figura concita un amplio frente de hostilidad. Desde el enteco progresismo ruso al roborante y mediáticamente decisivo occidental, a los anticomunistas profesionales y nostálgicos de la “Guerra Fría”, sus adversarios constituyen una granítica muralla de rechazo visceral. Muestras numerosas de repudio son igualmente ostensibles en su propio país. Todo ello bien contado y aceptado, resulta asimismo innegable su alta popularidad en los estratos mayoritarios de las clases medias y bajas de su nación, siempre inclinadas y complacidas con la encarnación personal del poder, según refrendan los principales capítulos de su historia. En sus surcos más hondos, en su tradición más genuina se insertan la personalidad y actuación política de un Putin que, dentro de un mes, ratificará su indiscutible carisma gobernante, al encaminarse directamente a un cuarto de siglo de permanencia en el Kremlin.

El hecho es ese; y por encima de reservas y matices ciertamente no pequeños que cabe hacerle, la única realidad es la así configurada. Más allá de las corruptelas y actitudes reprobables en el proceso de su elección, la mayoría del pueblo ruso ratificará su mandato democrático en un Estado de Derecho aún muy imperfecto –50 años de una implacable dictadura como raíz inmediata-, pero con la suficiente legitimidad para sancionar por entero la legalidad de su nuevo e inminente gobierno. Una opinión pública europea inquieta y casi angustiada con la inestabilidad alemana, italiana y española del presente invierno no pondrá de facto demasiados reparos al resultado de las urnas rusas de 18 de marzo del año de gracia (todavía, y pese a todo…) y a la más que probable renovada investidura putiniana. Será el momento de pasar página en la política de la Unión Europea para abrirse al hecho incontestable de una Rusia como nación-eje del viejo continente. Es asaz previsible que, en el plazo de una o dos generaciones, deje de ser la superpotencia que, a trancas y barrancas, continúa siéndolo; pero hasta que tal momento llegue en el siempre incierto e imprevisible calendario de la Historia, la nación que más crucialmente intervino en los destinos del planeta a lo largo del siglo XX proseguirá alzada, por su extensión geográfica, naturaleza de su demografía y recursos naturales, como pieza mayor y determinante de la geoestrategia mundial.

Así, pues, mantengámonos a la espera de su próximo rumbo con un timonel que, a buen seguro, se incluirá en la corta lista de los gobernantes de excepción de una época huérfana de su beneficiosa presencia.

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