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TRIBUNA

Vigencia de Marshall McLuhan

martes 13 de febrero de 2018, 20:31h

¿Qué somos y dónde estamos? ¿Hacia dónde vamos? El prodigioso Rubén Darío, con cierta rotunda delicadeza, como si describiera el vuelo de un ave, señaló su duda existencial en dos versos categóricos e imborrables de su poema “Lo fatal”: Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto, / y el temor de haber sido y un futuro terror... / ¡y no saber adónde vamos, / ni de dónde venimos!...

Conviene aclarar que estas anticipatorias interrogaciones tienen su origen en la perplejidad y el asombro ante un mundo de cambios apabullantes y vertiginosos, establecidos en medios y mensajes, y en una realidad virtual cada día más fantástica, que ya supera la imaginación de H.G. Wells o de Ray Bradbury. Sostenía Borges que “en los espejos que nos duplican podemos advertir nuestra condición ilusoria”. Nos movemos en un abismo conceptual casi inmanejable, donde las apariencias hacen que las palabras se desgasten y se aplebeyen a medida que se usan, y que los idiomas se adapten a esta contingencia y, por ende, se vulgaricen y limiten. El celular hace que se utilicen en sus textos no más de 300 palabras. Ante esta convulsión tecnológica, demasiadamente confusa, me pregunto qué actitud habría asumido el erudito canadiense Herbert Marshall McLuhan (1911-1980), filósofo, profesor de literatura y principal teórico de los medios de comunicación modernos, si viviera en estos días. Como estudioso e intérprete de este universo fascinante y complejo fue el creador de numerosos conceptos acerca de los medios de difusión masiva, la sociedad de la información y la diferencia entre medios fríos y calientes como extensiones del ser humano.

“Estamos hoy tan adentrados en la era eléctrica como los isabelinos ingleses lo estaban en la era tipográfica y mecánica. Y estamos experimentando las mismas confusiones e indecisiones que ellos padecieron al vivir simultáneamente en dos formas contrapuestas de sociedad y experiencia”, conjeturaba McLuhan en el prólogo de su libro Galaxia Gutemberg (Génesis del homus typográphicus), publicado en 1962. Época en que apenas asomaba la cibernética, pero ya se entreveía la revolución tecnológica que luego conmocionaría y modificaría los hábitos del mundo de nuestro tiempo.

McLuhan saltó a la fama en 1964, cuando publicó Understanding Media (“Entendiendo los medios”), un volumen que sin recursos publicitarios se trasformó en un bestseller en Harvard y otras universidades. ¿Cuál era su particular enfoque? Esencialmente, podría decirse que no tenía ninguno. Su aproximación a un determinado problema partía de negar un punto fijo, puesto que la comprensión habrá de requerir siempre, para él, un enfoque multidimensional. Con total libertad, su análisis en ese texto prescindía de argumentaciones complejas o de tesis alguna que se desarrollara linealmente a lo largo de sus páginas.

La perspectiva de McLuhan respecto de los medios de comunicación social que irrumpieron avasallantes en esa década, se había dado en llamar “determinismo tecnológico”. En sus análisis ya se puede percibir al visionario que establecía otro enfoque a la revolución que empezaba. No obstante, cuando McLuhan murió en 1980, ni la televisión por cable era aún una realidad mundial; los habitantes de su “aldea global” poco sabían sobre el internet, la interactividad, los e-books, la multimedia y las videoconferencias. Sin embargo, sin demasiados elementos este filósofo contemporáneo abrió un marco teórico que permitió estudiar y comprender la naturaleza de estos nuevos medios que no demasiado tiempo después modificarían la historia de la comunicación en todo el Planeta.

McLuhan llamó por primera vez la atención del público al redefinir medios y mensajes, y no faltó el que interpretó que lo que hacía era promover el fin de la cultura del libro para propiciar la era de la televisión y el internet. Tremendo error. En realidad, lo que hacía era advertir sobre el poderoso potencial de los nuevos medios que empezaban a tomar impulso. Se sabe que en su vida privada McLuhan rechazaba la televisión hasta tal punto que pedía a su hijo que impidiera que sus nietos la vieran. En efecto, llamó a la TV “el gigante tímido” y pretendía generar conciencia acerca de su enorme poder, nefasto en algunos casos.

El pensamiento de McLuhan acerca de los medios de comunicación se inicia a partir de estas ideas: Somos lo que vemos y formamos nuestras herramientas, luego éstas nos forman a nosotros. En esta línea, podría afirmarse que veía en los medios más agentes de posibilidad que de conciencia. Los medios podrían compararse con caminos y canales, antes que con obras de valor artístico o modelos de conducta a seguir.

Es habitual que pensemos que los medios no son sino fuentes a través de las cuales recibimos información, pero la concepción de McLuhan era que cualquier tecnología (todo medio) es una extensión de nuestro cuerpo, mente o ser. Por consiguiente, los medios tecnológicos son entendidos como herramientas que extienden las habilidades humanas, del mismo modo que una bicicleta o un automóvil son una extensión de nuestros pies. La computadora, según conjeturó muy anticipadamente, sería una extensión de nuestro sistema nervioso central; sobre todo si pensamos en lo que ahora es WhatsApp, YouTube y toda la abrumadora parafernalia cibernética que nos maravilla y estremece.

No se equivocaba McLuhan, hoy, más que nunca, el medio es el mensaje. Es decir, el medio entendido como una inapelable extensión del cuerpo humano, ya que el mensaje no se limita simplemente a contenido o información, porque de esta forma excluiríamos algunas de las características más importantes de los medios: su poder se da en el curso y el funcionamiento de las relaciones y las actividades humanas. Al considerar el medio como una de las características primordiales del mensaje, McLuhan afirmaba que si este cambiaba, el mensaje se distorsionaba, sin importar con cuanta fidelidad pase el mensaje de un medio a otro este invariablemente se distorsiona debido a los sesgos de los diferentes medios.

En este particular, McLuhan definirá el mensaje de un medio como todo cambio de escala, ritmo o letras que ese medio provoque en las sociedades o culturas. El contenido, de esa forma, se convierte en una ilusión o visión, en el sentido de que éste se encuentra enmascarando, modificando al propio medio, o lo que llamamos mediatización. De tal manera, medio y mensaje funcionan en pareja, comprometidos más o menos, puesto que uno puede contener a otro (antes, el telégrafo contenía a la palabra impresa, que contiene a su vez a la escritura, que contiene a su vez al discurso…). Y es así por lo que el contenido se convierte en el mensaje del medio continente. Habitualmente no notamos que existe interacción entre los medios, dado que su efecto sobre nosotros, en tanto audiencia, suele ser poderoso y esto hace que el contenido de cualquier mensaje resulte menos importante que el medio en sí mismo. Todo eso ya prefigura lo actual en las conjeturas de McLuhan.

Entre sus principales conceptos de la “aldea tribal”, sostiene que es posible que la comunicación escrita-alfabética tenga unos cuatro milenios de antigüedad. Durante todo ese tiempo, otros factores (innovaciones tecnológicas desde el fuego y los metales hasta los medios de transporte y las armas) hicieron que el hombre dejase de ser cazador y nómada para aprender los secretos de la agricultura y transformarse en un ser sedentario. Aparecieron entonces las aldeas estables, que desarrollaron recursos defensivos, lo cual abrió el paso para las primeras ciudades y, más tarde, las civilizaciones, con todo lo que ellas implican: la formación de clases, jerarquías, estructuras administrativas, etc. La aldea tribal se caracterizó por ser la palabra oral el único medio de comunicación del que disponía el hombre.

Esa palabra oral como medio de comunicación estimulaba el oído antes que la vista, involucrando sensorial y emocionalmente al oyente e integrándolo así al grupo de pertenencia (el clan, la tribu). En la aldea tribal, la única posibilidad de transmitir experiencias y acumularlas era haciéndolo en un espacio restringido que estaba representado por la memoria del grupo puesto que aún no existían ni la historia ni las escuelas ni la burocracia y los hombres estaban “sensorialmente integrados”.

Su evaluación de “las cuatro edades” fue una manera de intentar sistematizar algunas ideas que caracterizaban el pensamiento de McLuhan. Al realizar un breve recorrido por la historia de la comunicación, de acuerdo con la concepción que éste tenía de cada etapa; vemos así que no se equivocó en su análisis. Su conclusión es que el estado tribal es un periodo que no está asociado con ningún fenómeno que él ya considera tecnológico y se refiere concretamente a la “comunicación verbal”. Para McLuhan es tecnología la creación de un medio que no poseemos cuando nacemos. No se refiere a una lengua como una combinación de fonemas; observa que las lenguas cuentan con series de sonidos asociados a objetos. ¿Por qué hemos desarrollado un lenguaje donde predomina la funcionalidad sobre la descripción de las emociones? En ese concepto hay otra prueba de su teoría anticipatoria. Ilustres personalidades de las llamadas “comunidades sensibles de Internet” también reconocen en Marshall McLuhan uno de los principales visionarios de la Red, y distinguen a La comprensión de los medios como extensiones del hombre, obra clásica y de obligada difusión.

En 1980, el Centro para la Cultura y la Tecnología cerró por orden de la Universidad de Toronto, bien porque McLuhan no podía dirigirlo o porque carecía de financiación. McLuhan falleció mientras dormía el 31 de diciembre de 1980, en la víspera de la década que anunciaba la mayor revolución mediática desde Gutenberg. No pudo presenciar la masiva difusión y comercialización del ordenador, en la cual el microprocesador, el chip de silicona, Bill Gates, Apple, Netscape y el módem inauguraron la era del PC, el Internet, la Red y la realidad virtual. Tampoco pudo implicarse en los correspondientes debates de lo ciberpunk, lo poshumano, la teoría ciborg y la proliferación de cursos académicos sobre medios digitales.

Es innegable que McLuhan fue un hombre libre. Su lápida reza, con tipografía digital: “La verdad nos hará libres”, tomada de la cita bíblica: Veritas liberabit nos. Diarios y revistas lo recordaron a su muerte con calificativos como “Místico de la Aldea Electrónica” o “El más hippie entre los académicos y el más académico entre los hippies”.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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