Hay ciertas cosas que no se entienden. Defender una cosa y la contraria es, por lo general, síntoma de que algo no funciona bien. Pero, como casi todo en la vida, hay excepciones y las contradicciones vienen siendo habituales últimamente en Cataluña. Solo en política se entiende que un partido rechace modificar una ley para que el expresidente catalán pueda ser investido a distancia y acto seguido anuncie que va a recurrir al Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo para proteger el derecho a que sea investida la misma persona a la que acabas de negar la posibilidad del trámite.
El problema no es solo lo que parece un contrasentido, sino que el hecho de que el actual presidente del Parlament haya echado para atrás la ley con la que sus socios pretendían investir telemáticamente a su líder ha elevado la tensión entre las formaciones independentistas de manera más que notable este martes. Esta diligencia era parte importante del acuerdo entre JxCat y ERC por lo que la decisión de no tramitarla ha sorprendido a propios y extraños.
La situación es fácil de entender y complicada de solucionar. El que está huido de la Justicia pide a los que están aguantando el chaparrón por estos lares que incumplan la ley y éstos le dicen que “verdes las han segado”. Es fácil exigir cuando ya no te van a sumar más delitos, pero hay dirigentes de los que dan la cara aquí todos los días que en cualquier momento pueden dar con sus huesos en prisión, aunque sea preventiva. Hay varios investigados que en breve deberán dar explicaciones al juez y, claro, tanto lo que se hizo como lo que se hace, cuenta.
Y digo yo: si como parece, Torrent está mareando la perdiz porque quiere investir presidente de la Generalitat a una persona que no puede serlo, sabe que no puede serlo, pero busca la forma de que sí se pueda y quiere que sea legal porque si no pueden meterle en la cárcel, pero no encuentra la forma, ¿por qué acepta ser el presidente del Parlamento catalán?
Es un constante quiero y no puedo, un sí pero no, un vale pero mañana… ¿hasta cuándo vamos a seguir con este culebrón que ni el mejor de los guionistas venezolanos habría imaginado para estirar el chicle ad infinitum? El hartazgo es más que notorio por todas las partes, pero sobre todo por los espectadores de Cataluña –y de fuera de Cataluña– que quieren que se avance de alguna forma en esta suerte de historia interminable.
La respuesta del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo para que se pronuncie sobre si Puigdemont puede ser investido a distancia puede tardar mucho tiempo en llegar. Torrente lo sabe y no le importa porque, quizá, es lo que busca: ganar tiempo. ¿Pero para qué? Tarde o temprano tendrá que retratarse y dejar al expresident fuera de juego porque no será legal ninguna vía que proponga.
Mientras Torrent se devana los sesos pensando cuál va a ser su siguiente paso para no enfadar a unos y otros, o enfadar lo menos posible a todos, cuidándose mucho de no hacer nada que le lleve a la cárcel y Puigdemont comprueba feliz y libre cómo se ríen de él en los carnavales de algún pueblo cercano Bruselas, el objetivo de todo, Cataluña, sigue en la inestabilidad, en el desasosiego de su población, en el desgobierno a pesar del 155, en el desbarajuste y en la crisis política un día sí y otro también.
Más bien pareciera que los enfados entre socios de Gobierno –o de futuro Gobierno– fuera una engañifa más a todos los que esperan que se hagan las cosas bien. La paciencia tiene un límite. Veremos qué sucede cuando los catalanes se cansen de verdad de tanta impostura y falta de lealtad a la ciudadanía. La patraña no puede durar para siempre.