El lunes y el martes estuve en Barcelona preparando la presentación de un libro. A principios del pasado mes de octubre había estado en la capital de Cataluña asistiendo al funeral de mi amigo Josep Subirats Piñana, fallecido el 6 de ese mes. Las dos ocasiones coincidieron con notables acontecimientos políticos. En octubre, después de la intervención del Rey en televisión, Barcelona se estaba sacudiendo de una pesada resignación ante los excesos de la cultura política separatista, y se notaba en la calle, y en los balcones de la ciudad, que iba a salir mucha gente en defensa de la Constitución, el Estatuto, y la señera a la vez con la bandera constitucional.
Esta semana, Barcelona había visto a su alcaldesa y al presidente del Parlamento de Cataluña haciendo melifluos gestos de mala educación al Rey, que justificaron por su intervención televisiva del pasado 3 de octubre. Acusaron al Jefe del Estado de responsabilidad en la aplicación del artículo 155. Entonces, algunos comentaristas volvieron a invocar palabras -más que ideas concretas- de diálogo con los responsables del desaguisado separatista. En mi opinión, esa actitud de diálogo adolece como análisis, y como propuesta política, de algunos inconvenientes lógicos. Primero, supone que los secesionistas representan a toda la sociedad catalana, y esto, aparte de no ser cierto estadísticamente, es condenar a los catalanes que siguen siendo leales a las instituciones comunes españolas a quedarse sin voz en ese supuesto diálogo, que hasta ahora no les ha tenido en cuenta.
Segundo, los militantes del llamado “procés” (proceso constituyente de Cataluña) no parecen que sean proclives al diálogo, por la naturaleza del mismo, pero también porque no distinguen diferencias entre las varias posibles personas e instituciones “dialogantes” -la pluralidad de puntos de vista existentes en la sociedad española sobre Cataluña y la situación actual-, a las que consideran englobadas en la peyorativa definición de ser parte “del Estado español”.
El pensamiento totalitario, como el que exhibe la única autoridad autonómica, el presidente del Parlament, Roger Torrent, cree que los que piensan distinto son todos ellos piezas de una única totalidad. Lo pienso y lo escribo porque esta sensación la percibí en mis conversaciones en Barcelona. Los catalanes con los que hablé de esta deprimente circunstancia, se quejaban de la pobreza de las ideas de los seguidores del “procés”, y en lugar de buscar interlocutores entre los contrarios, para encontrar una salida a su postura demencial, siguen viendo la realidad con las gafas virtuales del happening final de la República de la ínsula barataria catalana. Los matices, ¡ah, los matices!, forman parte del auténtico diálogo democrático.
Y por último, las peticiones de diálogo que han realizado varios periodistas y dirigentes políticos olvidan los acontecimientos que llevaron al Rey a dirigirse -nunca mejor dicho- a la nación de ciudadanos españoles, el pasado 3 de octubre. ¿Será útil esperar diálogo cuando los partidarios del procés recibieron con silbidos y abucheos al Rey cuando éste acudió a Barcelona, a finales de agosto, precisamente, para simbolizar la solidaridad unánime de la sociedad con las víctimas del atentado de las Ramblas?
Los acontecimientos posteriores, culminados con el referéndum de autodeterminación del 1 de octubre, la historia real del comportamiento de los separatistas, demuestran que nunca hubo la mínima muestra de intención dialogante en ellos. Reitero lo que escuché en Barcelona: hace falta diálogo, pero no como rendición ante los dogmáticos. El diálogo democrático exige respeto ante la firmeza de los principios en que se fundamenta, que se resumen en respeto a las leyes, especialmente cuando se quieren cambiar.
En Barcelona nevó el martes. La ciudad mostraba una imagen distinta a la habitual. Al menos en el barrio gótico, en las Ramblas y en la parte antigua de la ciudad, su condición de urbe mestiza, abierta a las corrientes migratorias y turísticas, se imponía al visitante como yo. Grupos de jóvenes defensores de la “República catalana” se manifestaban con poco entusiasmo; los viandantes no se detenían, y no porque hacía frío. Barcelona es la ciudad cosmopolita, la que cautivó a Miguel de Cervantes, la metrópoli que desde entonces se conoció por su maestría editando libros en la imprenta, por su relación con la cultura universal.