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EDITORIAL

Frenar la violencia con el 155

martes 27 de marzo de 2018, 10:31h
Actualizado el: 27/03/2018 17:41h
El domingo a mediodía, cuando se supo que Puigdemont había sido detenido por la policía alemana, Cataluña se transformó de nuevo en un campo de batalla. Los grupos violentos, azuzados desde las redes sociales por los partidos separatistas en especial la CUP, además de los radicales de la ANC tomaron las calles de las grandes ciudades arrasando con todo lo que encontraban. Quemaron contenedores de basura, lanzaron piedras, pintaron de amarillo las fachadas de algunos edificios...
En el centro de Barcelona, miles de manifestantes que intentaban rodear la Delegación del Gobierno se enfrentaron a los mossos con el resultado de cien heridos, entre ellos cerca de treinta policías autonómicos. Otra marcha se dirigió al Consulado alemán, donde los violentos intentaron apedrear el edificio. Los activistas cortaron varias carreteras, entre ellas la autopista AP7 que conduce a Barcelona, donde decenas de miles de personas quedaron atrapadas en sus coches durante 6 horas y a 2 grados de temperatura. Esta misma mañana, los llamados Comités de Defensa de la República han vuelto a montar barricadas en esta carretera, mientras otros agitadores cortaban durante varias horas la avenida Diagonal de Barcelona.
También se han redoblado las amenazas a personas e instituciones no separatistas. Los antisistema han pintado con rótulos insultantes la casa del juez Pablo Llarena, las sedes de Ciudadanos, el PSC y el PP en distintas ciudades. La mujer del magistrado del Supremo ha sido también amenazada en las redes sociales. Los violentos campan a sus anchas sin que nadie se lo impida. Los mossos, ahora a las órdenes del Ministerio del Interior, se limitan a contener a los violentos cuando se dirigen hacia algún edificio si alguien les da las instrucciones. Pero, en general el caos se está apoderando de las ciudades catalanas con total impunidad.
La imagen de Cataluña, que en parte se había recuperado, vuelve a deteriorarse con letales consecuencias: se resiente el turismo y los negocios de Hostelería en la mejor época del año, huye la inversión extranjera y se mantiene la fuga de empresas. Y, lo peor, los catalanes, independentistas o no, sufren en sus carnes los cortes de carretera, las algaradas en las calles, la inseguridad y el miedo.
El artículo 155 ha servido para destituir al Gobierno golpista, para convocar elecciones y para mantener en funcionamiento la Administración. Pero también hay que aplicarlo para mantener el orden público. Sin melindres, el Ministerio del Interior tiene que tomar las medidas necesarias para que vuelva la tranquilidad a las calles catalanas, y, si es preciso, está obligado a ordenar a las fuerzas de seguridad detener y llevar a los tribunales a los alborotadores que se saltan la ley.
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