Dado que muy pocos se humillarán hoy ante Dios, acaso no quede mejor ejercicio de humildad que tratar de contemplar la desproporción entre uno mismo y el universo mundo. Tiene algo de soberbia el giro pascaliano que tras constatar la nimiedad de uno mismo “como cuerpo” al que el universo envuelve, se atreve a señalar que “como consciencia yo envuelvo al universo”. Más allá de la separación sustancial de la conciencia y el cuerpo, hay que indicar la fragilidad de la envoltura que supone una consciencia de tan delicada existencia. No somos nada, como recoge la etimología de esta hermosa palabra: cosa nacida (res nata), es decir, criatura. Paradójicamente lo nacido o lo creado, que se juzgara nada ante el Creador, quedará convertido tras la llamada muerte de Dios, en la única y menesterosa realidad. Así llamaremos algo a todo lo que es, finalmente, nada. Parece tener razón el ministro Montoro cuando dice que no entiende “esa obsesión de Cifuentes con los títulos”. El Eclesiastés confirma: “Vanidad de vanidades y todo vanidad”.
Y, sin embargo, es un fenómeno muy extendido, como ha puesto de manifiesto el repentino adelgazamiento de los curricula de tantos de nuestros políticos. Si el interés despertado por el caso se ampliara a otros sectores de la población veríamos que la artificial inflación de méritos está extendida por toda la actual sociedad española. Ya hay un elemento de mendacidad en los campanudos nuevos nombres de viejos oficios, pero esa falsedad se extiende como una epidemia a través de la interminable relación de estudios que ofrecen las instituciones educativas, medias o superiores, públicas o privadas. Cerca de tres mil grados distribuidos en un amplio número de áreas de conocimiento. Pareciera que la barbarie de la especialización estuviera alcanzando hoy su paroxismo y cumpliendo el principio de que un saber es más vacío cuanto más sonoro es el título que recibe. Hay que sumar el abundante catálogo de institutos, fundaciones, universidades o departamentos de investigación y desarrollo que suman méritos incontables. La acumulación de acreditaciones, certificaciones y todo tipo de documentos y credenciales se ha convertido en un requisito necesario para el acceso a cualquier puesto de trabajo. No basta presentarse como profesor, jardinero, ingeniero, camarero o músico sin aducir de inmediato títulos y acreditaciones en tales o cuales artes o maneras, técnicas u oficios, habilidades o competencias. He recibido gestos condescendientes cuando me he presentado como profesor; gestos de auténtica conmiseración si me he permitido añadir en tono de justificación o de disculpa: buen profesor.
Súmese a todo esto la constante atención a la autoestima, exigida por las nuevas técnicas pedagógicas, y entenderán que el más ignorante engole la voz para declarar su humilde oficio: técnico paisajista y diseñador de exteriores, técnico superior en dirección en cocina, en estética capilar o en gestión de la imagen… La sonoridad del título impedirá que alguien se atreva a preguntar si es Ud. bueno en lo suyo. Con semejante nombre… ¡cómo podría no serlo!
Y es que estos tan abundantes signos del propio mérito se agotan muy a menudo en su valor de representación, como uno más de los bienes de consumo ostensivo que abruman hasta el hastío nuestra vida cotidiana. Entre la hojarasca de acreditaciones, méritos y validaciones finalmente no queda otra garantía del propio valor que el desempeño mismo de la función, y todo el resto es burocrática literatura.
Un mercado pletórico – cuya imagen es la Feria Anual AULA – muestra el grado de completa mercantilización que ha tomado la vieja idea de educación, destruyendo el núcleo de relación personal sostenida y paciente – una forma de filiación espiritual – que envolvía el magisterio tradicional. En su lugar queda una relación instrumental de transmisión de habilidades técnicas, estrictamente mediada por el contrato. Y en éste como en todo mercado, el valor se reduce al precio de modo que los másteres más apreciados son, sin duda, los más caros. Ese precio, índice exclusivo del valor, queda justificado por la venta que Ud. puede hacer de su acreditación en el mercado laboral, un mercado que pagará su tiempo de trabajo a un precio adecuado a los méritos que adquirió. Como, finalmente, los trabajos más estimados se resuelven en una fantasmagórica función comercial o de representación podría decirse que la mercancía no engaña. No ha de saber Ud. nada, nada ha de hacer, sino simplemente ostentar sus títulos.