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El dorado Japón de Amaia Arrazola
Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
lunes 07 de mayo de 2018, 20:06h
Amaia Arrazola disfrutó de la beca “Paradise air” con el proyecto “Amaia Was Here”: un dibujo al día durante el mes de febrero del año 2017, diario visual de su estancia en la ciudad, pequeño puente entre Oriente y Occidente. Fruto de todo ello es el libro presente Wabi Sabi. Un mes en Japón (Lunwerg Editorial). Mucho más que un texto: un estado de ánimo, una sonrisa con la que bailar o dar curso a otra primavera, horizonte rojo con el alma muy azul.
Conocemos a la perfección la filosofía “Wabi Sabi”: la belleza de las cosas imperfectas, modestas, humildes, no convencionales; disfrutar del presente y encontrar la paz y la armonía en la naturaleza y lo más humilde. Amaia Arrazola ha recorrido con ojos como platos y el corazón en un puño el Japón de todos los misterios: el país megamoderno, tecnológico, la ciudad de neón, la estética flúor, los videojuegos sin calma… unido a ese otro país zen, tradicional, el de la cerámica, los jardines, el contacto con la naturaleza, la paciencia y el silencio como virtudes húmedas de amplio bosque interior.
La ciudad de las jaulas (Tokio) donde miles de personas viven, ocupando el mínimo espacio posible, en edificios gigantes de hormigón y cristal. El movimiento “Kawaii”, de absoluta modernidad, con menos de treinta años de implantación: “Kawwaii es lo adorable, lo mono. Es abrazable, redondito, de tonos pastel. Pero también puede ser una actitud: una voz aguda de mujer o un comportamiento torpe e infantilizado. (…) Surge como una forma de rebelión contra lo asentado: ejercicio de rebeldía contra las responsabilidades, el hacerse mayor, la norma. Es la inmadurez hecha moda. Nació como algo subversivo. Una revolución Cuqui”.
Los “Izakaya”: tabernas japonesas con tatamis y mesas bajas donde se pide para comer platos pequeños que datan del periodo Edo, cuando el sake se vendía por litros y empezaron a ofrecer comidas a los que bebían enfrente de las tiendas (figones de una barra y sólo cinco bebedores). Los restaurantes “Ramen”: sitios rápidos donde sentarse, comer e irse, presididos por las colas. Sándwiches de espaguetis con maíz y tomate o rellenos de queso con kiwi naranja, el llamado “Bento” (“tupper japo” con arroz, carne o pescado y verduras de acompañamiento), el cerdo empanado (“Tonkatsu”), el caldo de pescado o miso (“Ramen”), el plato de ciruelos de trigo (“Yakisoba”), la fritura de verduras y mariscos (“Tempura”), el fideo gordo de trigo (“Udon”), buñuelos de harina de trigo relleno (“Takoyaki”)…
El Japón eternamente infantilizado en dibujitos y logos como cielo cáustico o mordiente bajo el que se bebe/fuma en silencio, rodeados de gente. Todo en Japón –conviene saberlo- tiene ojos y boca. Las casas tradicionales de bambú y madera con paredes correderas por el moho en las que la unidad mínima de superficie es la estera (“Tatami”). Las máscaras de teatro “Noh” o “Kabuki”: héroes para la gente común en torno a sus obligaciones con la sociedad. La “Geisha”, brillante y espectral con sus kimonos y peinados, cuyo erotismo es el “Iki” (el descaro, la sutilidad interior, el oro bruñido muy dentro e incomparable) que jamás puede confundirse con las “Oiran” (prostitutas). Virtudes como la paciencia, la lucha, el silencio, el trabajo. La filosofía “Ikigai” (razón de vivir) que une pasión, misión, profesión y vocación. Personajes excrementicios como el detective-culo o un profesor-caca que a los japoneses aleccionan y divierten (por no hablar de los logos interminables de zurullos y cagarrutas). Cada página es un oasis donde anidar y no irse; mar rendido de la admiración presidida por el más convulso e inquieto de los aprendizajes.
El pueblo de los horarios interminables y las jornadas eternas (el llamado “Karoshi” o morir trabajando). Las “minisiestas” en parques y metros (“Inemuri”) que ennoblecen a quien se bate en el esfuerzo. Sintoísmo y budismo, como religiones, donde la luz llega por medio de trabajo, esfuerzo y meditación. Lo mínimo como culto (la belleza de las pequeñas cosas: ceremonia del té, escritura de “haikús”, el arte de la caligrafía) y construcción interior. Es imposible escapar impune del mundo descrito por Amaia Arrazola con todo el cuerpo, como decía Unamuno que debía escribirse: no pasan las horas en sus ilustraciones de armonía y letra vivida a la que sólo la belleza ha dado esa expresión final de absoluto triunfo.
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Escritor
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