Como la mayoría de los que llegamos al uso de razón política en los años sesenta del siglo pasado, me empapé de lecturas de Marx y de autores marxistas. Aquella España de la censura franquista, que secuestraba la edición del periódico “Madrid” en 1968 por un artículo que comparaba a Franco con De Gaulle, permitía, sin embargo, que las obras fundamentales de Marx y de Engels se vendieran en las librerías españolas.
He comprobado las fechas en que compré mis primeras obras de Karl Marx, y como siempre escribía en mis libros el día y el lugar de su adquisición, compruebo la precocidad de mi interés marxiano y la facilidad que teníamos sus lectores en aquellos años de la dictadura franquista. Mi primer libro de Marx es del verano de 1967, y era una selección de sus obras económicas, preparada en su edición en inglés por dos profesores norteamericanos. Lo interesante es que la editorial Península la hizo traducir por Jordi Solé-Tura, el futuro ponente constitucional comunista y, después, ministro socialista de Cultura. Unos meses más tarde, en la misma editorial, y traducida también por Solé-Tura, adquirí otra selección de textos de Marx, que su edición original estuvo a cargo de T.B.Bottomore, un prestigioso sociólogo marxista y miembro del partido laborista británico.
En 1968 me hice con mi primera obra completa de Marx: los “Manuscritos: economía y filosofía”, obra escrita por Marx en 1844, pero que no se publicó en vida de éste, y que no se conoció hasta bien entrado el siglo veinte, y cuya visión libertaria molestó al marxismo canónico, el soviético entre otros, pero que fue asumida por las corrientes políticas del Mayo europeo del 68, y por los movimientos contraculturales norteamericanos, que se inspiraban en marxistas-freudianos como fue Marcuse. ¿Quién tradujo para Alianza Editorial (entonces dirigida por Javier Pradera) los “Manuscritos”? Francisco Rubio Llorente, vicepresidente del Tribunal Constitucional y presidente del Consejo de Estado.
Ese mismo año adquirí otro libro de Marx que contenía sus artículos periodísticos, básicamente escritos para medios norteamericanos, sobre la política española de los años cincuenta del siglo diecinueve. Estaba editado por Ediciones Ariel y su título era “Revolución en España”, y su traductor y autor del prólogo y notas era, nada menos, que Manuel Sacristán, un filósofo y traductor e introductor de Marx, que falleció prematuramente en 1985.
En 1970 se podía adquirir la obra completa de Marx en las librerías españolas. Es más, obras como los “Manuscritos” fueron auténticos “best seller”. Además, autores marxistas como T. W. Adorno, Erich Fromm, H. Marcuse, Auguste Cornú, Georgy Luckacs, Antonio Gramsci, Marta Harnecker, Ralph Milliband, Louis Althusser y otros varios, fueron el alimento cultural de una generación de escritores, artistas, profesores, periodistas y militantes políticos de aquellos años.
A Javier Pradera, el gran editor y periodista, una vez le escuché diciendo que habíamos vivido en unos tiempos que podíamos perder amigos por culpa de discusiones sobre el “modo de producción asiático”, una definición que acuñó Marx cuando se interesó por las sociedades orientales (por supuesto, la editorial Ciencia Nueva publicó en 1967 “Formaciones económicas precapitalistas” de Marx, con un famoso prólogo de E.J.Hobsbawn, en el que se refería al dichoso modo de producción asiático).
Dejando para otro día comentar por qué el franquismo persiguió el pensamiento liberal más que el marxista, el sarcasmo de Pradera tenía que ver con que el pensamiento de Marx podía fácilmente llevar al dogmatismo. El hegelianismo de Marx, en tanto era una lógica sistemática, excluía las dudas, de manera que Lenin, Stalin y los comunistas crearon una confesión, con sus verdades, inquisiciones, mártires y herejes. Esta es una de las tradiciones, y por aquellos años, Louis Althusser, el último gran dogmático del marxismo, fue leído en España como si fuese la revelación definitiva.
Hubo otra tradición que partía del Marx joven de los “Manuscritos”, y del Marx adulto de los “Grundrisse” (los esquemas o borradores que Marx hizo para escribir “El Capital”), así como del Marx de “El 18 de brumario de Luis Napoleón Bonaparte”. Los socialdemócratas como Bernstein, y en España, Fernando de los Ríos o Julián Besteiro, valoraron un marxismo humanista, alejado del dogma de la lucha de clases como el fin de la historia del capitalismo.
Hay una tercera tradición que ha visto en los escritos de Marx un método para analizar la sociedad actual, y más aún, su historia. Isaiah Berlin, y Karl Popper, dos críticos del marxismo, aprecian mucho el valor moral, crítico y metodológico del pensamiento de Marx en ese sentido. En España, Bartolomé Clavero, un historiador del Derecho, en su obra “El mayorazgo, propiedad feudal en Castilla (1369-1836), se inserta dentro de esa tradición, que ve en la política y en el Derecho mucho más que simples “reflejos superestructurales” de la dominación económica capitalista, como plantea la ortodoxia marxista.