Fue la frase que colocó Francisco Umbral al frente de La bestia rosa, novela luminosa premio Sonrisa Vertical, erotismo de fuego y luz, el lenguaje forzado en los límites precisos del sexo. La frase (“La crueldad nos rejuvenece”) la hace propia de Rimbaud, que es la mujer/niña de pechitos como cerezas o inexistentes a la que va destinado todo el homenaje, para muchos Blanca Andreu en aquel entonces, para otros una ficción más; en cualquier caso, una frase más del Rimbaud cotidiano que del clásico que todos conocemos padre de las letras francesas y de la poesía moderna, junto con Baudelaire. Aquella niña/diablo era encantadora: adolescente esnifadora de “popper”, larga cabellera negra, cuerpo con restos de anorexia, gafas de rockero y un tiranosaurio en el hombro. Aire salvaje, juego vampiro y libidinoso, carne joven con mucho de droga verde y tabaco paranoico.
El último Umbral, el más joven y nada cruel, lo rescata Renacimiento en dos libros con aires de joya perdida, oro en bruto, material secreto, prosa prístina y de urgencia: Mis queridos políticos (edición de Guillermo Laín Corona) y Treinta cuentos y una balada(edición de Bénédicte de Buron-Brun). Se tratan de libros desengrasantes, donde Umbral no adjetiva en exceso, libros más sueltos, puro periodismo americano (Wolfe, Hunter S. Thompson, etc) antes del mismo. Afina el estilo, acuña palabras, va contra el país esclerosado y amordazado, estrena libertad y solo se propone contagiar sed de cambio. Su otra sed, ya se sabe, es la de la producción perpetua: escribir siempre, el pasado es un sueño, el futuro un espejismo y solo existe esta tarde o esta mañana donde el asunto es si vamos a escribir tres páginas o treinta. Olivetti, café o whisky, folio a doble espacio, y al tajo, venga a teclear como un loco, sin prisa por lo que pase fuera (si Bárcenas ingresa en el talego, si Rajoy hace la maleta, si los nuevos consortes del poder serán, como lord Anson ha dado en primicia: Solana, Jáuregui o Nicolás Redondo).
Su poética para el relato corto es clara: “El cuento debe ser la guerrilla urbana de la literatura, una audacia, una avanzadilla, una aventura, un petardo”. Conocía el cuento del boom (Borges, Cortázar, Onetti y por ahí todo seguido) y se sabía de memoria el cuento también costumbrista, castizo o capitalino (Valle, Baroja, Azorín, etc). Apunta Buron-Brun, certeramente, la dirección que Umbral tiene en las distancias cortas gracias a una confesión suya: “El escritor de cuentos es un escritor para escritores”. El cuento siempre como género experimental, creación abierta, prodigio minúsculo, rebeldía de bolsillo, vena callejera, metal nocturno (navaja o pistola). Muchos cuentos le dan dinero (Hucha de Plata, Gabriel Miró, Tomelloso, Antonio Machado…) con los que se paga sus alcoholes privilegiados, sus placeres prohibidos y esas noches de ninfas y vanidad barata imprescindibles para seguir en el tajo. Son páginas que se tuvieron que medir con muchas otras para salir a flote y aquí están recogidas en una edición que es un regalo.
La política, junto al sexo y la literatura, fue su gran pasión. Hace retratos poéticos y antipoéticos de gente a la que mira muy de cerca, a los que cachea sin miedo al otro, lírico e intimidatorio: “Los políticos, mis queridos políticos, andan por aquí y por allá, por el país y por este libro, hierven en comentarios y marean agujas, van y vienen, entran y salen, crecen, nacen, viven, se reproducen y les cesan”. Era un intrigante, a la manera de Quevedo, que a veces levanta la bandera de Luis Apostua (“El rumor es el florón de las sociedades silenciosas”) y otras lo dice todavía más claro: “El periódico es una cara del tapiz de la realidad. El revés del tapiz es el rumor”. Busca esa estructura entre noticia y bulo, entre verdad y mentira, “entre hipótesis y agencia Cifra”, por la que solo puede comenzar la leyenda.