El rutilante ministro de cultura ha sido visto y no visto. Una aparición fugaz en un ministerio fantasma. Es que vivimos en un país en ruinas: espléndidas y bien aderezadas para visita de turistas, modeladas según una historia de cartón piedra que se ilumina con el barniz jubiloso de la cultura. España es un parque temático por el que pasan millones de almas ambulantes que aquí comen, duermen y gastan reservas que sostienen nuestro producto interior bruto. Llamamos cultura a la técnica del arreglo, una suerte de escenografía con abundancia de atrezzo, que sugiere la visita, mostrándonos apetecible objeto de turismo. La cultura no tiene ningún valor sustantivo y se inclina completamente del lado del entertainment. Las librerías más importantes del país son grandes centros comerciales, los autores de éxito figuras de la televisión: presentadores, tertulianos o colaboradores de uno u otro reallity. Vivimos entre ruinas espectaculares, convenientemente restauradas al gusto de nuestro tiempo, enteramente falto de gusto. De hecho la educación del gusto – que tanto valor tuviera todavía hace un par de siglos – significaría un escándalo en nuestro arruinado sistema educativo.
En España puede impedirse un homenaje a Cervantes mientras se eleva al venerable Parnaso la indecencia de un rapero o la estridencia procaz de una reina de carnaval. Cultura es cualquier contenido socialmente presente, siquiera sea por un instante. El mismo ministro – acorde con la moda cultural – da ejemplo de fugacidad. El relativismo – bajo capa de tolerancia – se juzga inexpugnable y todo ensayo de crítica se identifica inmediatamente con un autoritarismo dogmático que merece ser silenciado. España es la gran saturnal ribeteada por el aura honorable de la cultura.
¡Qué contraste con la serena dignidad de La Ciencia! Idea de Ciencia que – en singular y con mayúscula – es tan metafísica y oscura como la idea de Cultura. Pero la Ciencia posee la seriedad de la actividad productiva, del ejercicio de una racionalidad demostrativa capaz de arrojar poderosas ingenierías que multiplican la eficacia industrial, y de ensayar en la gestión del campo antropológico un mismo dominio técnico y eficaz. Y todo el resto es cultura. Dejado al albur de cada leve subjetividad el sentido de la vida o el valor de la existencia, el fundamento de la legalidad, el significado de la acción o la estimación de la belleza… la cultura se dispersa en una muchedumbre de subjetividades desordenadas capaces de desear cualquier cosa, la cultura es el momento fino del mercado. O no tan fino, porque es cultura la tediosa provocación de un artista contemporáneo, de un radical de voz áspera y lenguaje impúdico, la película trepidante de una acción vertiginosa y sin propósito, que entretiene mientras el tiempo se nos pasa o pasamos con el tiempo.
Pero el adjetivo podría cargar el sustantivo sin sustancia de un modo asombroso. Prueben a decir: ministerio de cultura española. Y verán cómo cambia la cosa. Se conmueven los principios de una humanidad universal y abstracta detentadora de esa Cultura sublime y nos entra el pavor y el asco democrático ante identidades medulares o primarias.
¡Qué contraste con la severidad político-económica de la Educación! Una técnica de los medios de transmisión de una a otra generación de los saberes históricamente heredados que, sin embargo, lejos de definir expertos en tradición configura nuevos profesores dedicados a la formación de ciudadanos-consumidores. Hombres sin atributos de un Estado perfectamente integrado en la sociedad universal. Las materias fuertes del sistema educativo en Primaria y Secundaria son matemáticas, inglés y lengua. Saberes que se pretenden universales. Parece que la matemática es verdaderamente independiente de las circunstancias históricas de su génesis. Pero: ¿inglés y lengua? Pues también: el inglés que aprendemos quiere ser una suerte de esperanto o volapük que, hablado en todo el mundo, no te identifica: es la lengua ingrávida del comercio. Y, por supuesto, la Lengua nunca se adjetiva, tampoco se dice Lengua española y se trata como si el idioma materno no fuera otra cosa que una herramienta o instrumento de comunicación que puede ser sustituido por otro sin afectar en modo alguno nuestra identidad. La vieja distinción de Ibn Hazm entre ciencias propias de un pueblo y ciencias comunes a todos los pueblos se pierde con el ocaso mismo de la pluralidad de las culturas. Ni Ciencia, ni Educación, el campo de la cultura coincide con la extensión de la industria del ocio y podría reducirse a un departamento destacado de un eventual Ministerio de Turismo.