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Riesgo y ventura de Emilio Arnao

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
viernes 29 de junio de 2018, 18:51h

Emilio Arnao lleva publicados una treintena de libros, entrar en la hojarasca puede ser arduo, puede no salirse vivo, pero yo recomiendo un picoteo en cuatro libros cruciales, que son a su vez preciosos dípticos: la explosión de la literatura periodística donde el lenguaje siempre es protagonista (Umbral o el contradiós; Raúl del Pozo: la prosa canalla) y la vivencia, seguimiento o flash de los poetas malditos siempre al margen de ley y sociedad (Cesar Vallejo y el pan; Jean Genet: el poeta ladrón). Aquí están las cuatro esquinitas de ese turbión llamado Arnao, vendaval de adjetivos, joyería verbal, lenguaje lujoso, vida literaria por encima de los mayores asedios, orgullo y herida frente a los mordiscos de los perros de la jauría del hambre o la envidia. Arnao, sustancialmente, es vicio, vicio por la escritura y la lectura, no sólo “ser escritor” sino “estar en escritor” sin paradas ni caídas, de modo obsesivo, ajeno a treguas o sinsabores, peto y espaldar de ese mundo soñado que, al modo surrealista, es siempre el real, el único que merece la pena.

Lo dice de Umbral y es poética sobre sí mismo: “La literatura no es un pasatiempo, un relleno de horas, un tentempié, un paréntesis como el té a las cinco o el bocata del albañil, la literatura es una actitud ante la vida, una cosa sagrada y feroz a la que hay que dedicarle incluso hasta el tiempo del retrete. No solo se es escritor cuando se escribe sino sobre todo cuando se vive, y ambas cosas deben estar beatíficamente imbricadas, de modo que se pueda anchear la vida en la literatura o, a la viceversa, se pueda literaturizar la vida en ese ejercicio de cristalización del que ya nos hablara Stendhal”. En Arnao, como en todos los grandes, no hay tiempos muertos, la sintaxis es una facultad del alma (Valery) y el folio sale del martirologio diario, en una hormigonera interminable a la que no deja de dar vueltas, todo lo opuesto, sí, claro, ya está dicho, al bocata del albañil, al paréntesis que no es sino dejadez de la voluntad, estado de lasitud, holganza y golfemia minúscula. Arnao, en sus libros, va contra eso: siempre la esencia es anterior a la circunstancia, siempre darlo todo sin tiempos muertos ni anécdotas.

El camino de Rimbaud es el de Arnao y el de Genet o Vallejo, el de Raúl del Pozo o Umbral: “Un estilo donde la individualidad se reafirme. No se escribe para contar cosas sino para mostrar una sintaxis. Aprender a leer el mundo a través del terremoto de las palabras, desleír un lenguaje como una catástrofe. El estilo como necesidad, la escritura como necesidad. Parir un estilo para poder darle tralla a la calle, a la vida, a la política, a lo que se ponga por delante. Umbral se da cuenta que el estilo no es una cosa previa, sino que se hace estilo escribiendo, solo escribiendo se enormiza la individualidad constante de quien escribe”. Los madriles tranviarios y ramonianos de Umbral son los de Arnao, su reporterismo es literatura grande y de la buena, su resistencia es el escudo de Valle-Inclán al proferir su mayor tesoro: “Lo mismo da triunfar que hacer gloria de la derrota”. En Umbral y Arnao la vida se ordena al explicitar el sueño, así desparrama e intensifica el lenguaje, lo descoyunta y descoloca, lo desbroza y posee.

El verbo encendido en Arnao es trinchera y vomitona de piedras preciosas, el truco solo está en no apartarse de la calle: “Antes la literatura estaba en la calle. Los novelistas, el teatro, los pintores, la bohemia estaba en la calle, en una marea ácrata de versos, libros y rapsodias. La calle era un Max Strella muriéndose de frío. La calle era Pedro Luis de Gálvez paseando a su hijo muerto en una caja de zapatos por una limosna. La calle era una lanza, un corso, una piratería de melenas y sonetos, una juglaría de anises y de madrugadas. Hoy la literatura solo encalla en las radios y en la FNAC de Callao. Hoy los escritores ya solo mueven su culo del sillonbol para ir a algún plató (por cuatro duros y a veces engañados) y para la conferencia, a la que acuden el presentador, sus parientes (los del presentador) y el que enciende las luces de la sala”.

Arnao es un mártir, goloso y glorioso, potro de carreras con la furia en la mirada desbridada, cejijunta y loca: “La profesión más profunda es la salvación por la literatura, como refugio y salud del alma que inventa al autor y lo compone como prosista en el acto mismo de una escritura lírica, nunca realista, sino construida en la arquitectura del lenguaje, gracias al aluvión de las palabras relumbrantes y las imágenes fulminantes, en la sinestesia y la metáfora, la sinécdoque y la metonimia como lengua universal y no retórica ni superficial, sino siempre en busca de la estética, causa primera del umbralismo”.

Amén. Leer a Arnao es tocar las estrellas. Su espacio no deja lugar al silencio ni a la vejez. Pura juventud, travesura, y magia del despertar a las cosas de su letargo. Tiene la fuerza de Cela y, como al nobel, lo que más le gusta es pasarse un canario vivo y amarillo, pizpireto y juguetón, por el culo después de haber cagado. Aguanta, Arnao. No decaigas, bribón. Eres el último granuja, filológico y abrumador, siempre en el calabozo y la taberna.

Diego Medrano

Escritor

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