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LETRAS DESDE MÉXICO

Termina el Mundial; comienza la realidad

sábado 14 de julio de 2018, 19:24h

La esperanza, todos lo sabemos, es una virtud teologal, junto con la fe y la caridad. También es un ave oculta en la oscura caja de las desgracias sueltas por el mundo, cuyo vuelo final nos hace creer en la posibilidad de conjurar males y tragedias. Una paloma.

La esperanza es creer en el futuro y en ese sentido se vuelve tanto un anhelo, como un consuelo.

La esperanza es el refugio de los desesperados y de quienes piden milagros al cielo. Es creer en lo imposible, como la curación de los enfermos o la repentina inteligencia de los idiotas. Muere al final, pero tiene capacidades de resurrección. Fénix es también la ceniza de la esperanza.

Es un sentimiento, una actitud y un hábito. Los mexicanos la sentimos cíclicamente cada cuatro años, en un asunto deportivo, y cada seis en materia política.

Cada cuatro años soñamos con el Director Técnico (argentino, sueco, mexicano, colombiano, croata o marciano si se pudiera), cuyo talento haga jugar a los “ratones verdes” como si fueran gigantes verdes.

Y ganamos un juego o dos, le ponemos un gol en las redes al campeón mundial (vacío y eliminado) y entonces alzamos el altar antes de tener al dios. Somos teogónicos.

La iglesia vacía se nos llena de milagros no ocurridos y dos fechas más adelante queremos colgar de un árbol al técnico cuyo trabajo nos hundió en otra noche triste, en el lugar de siempre, en la eterna condena de la mediocridad deportiva.

Sucede cada cuatro años en busca del “quinto partido” (la mediocridad nacional nos compele a no pensar en el sexto o más allá; el quinto basta y sobra), y cuando la ansiada, soñada y anhelada meta no se alcanza, entonces el amor se desliza por la delegada línea junto al odio, y abominamos de aquello antes amado, adorado, venerado.

Ya nadie le lleva serenata a Osorio y los héroes efímeros son abucheados en el aeropuerto cuando llegan cargados de vergüenza y caras largas.

Y cada seis años, con los limpios aromas del estreno, la dicha esperanzada sale por las calles en interminables muestras e adhesión y júbilo por el nuevo presidente cuyo verbo (siempre el verbo), nos ofrece la redención nacional tan ansiada, etapa feliz de nuestra acongojada existencia de nación pobre, injusta e ignorante, cuyos dones serán redescubiertos y aprovechados para convertirnos en realidad en esa nación en la cual siempre hemos creído.

La vacía cornucopia por fin se llenará de frutos y manjares y todos, los buenos y los asesinos; los campesinos y los obreros; los curas y las putas; los estudiosos y los zafios; los perfectos y los dañados; los sanos y los enfermos, todos cantaremos en el coro celestial de la dicha mexicana y seremos por fin la tierra imaginada tantos siglos, y el águila se comerá de una vez por todas a la maligna sierpe y el vuelo de su plumaje se alzará por encima del lodazal de los lagos muertos.

Toda la semana hemos visto el idilio del triunfo inalterable de Andrés Manuel con el pueblo consagratorio. Su camioneta viajaba por la ciudad como si se tratara del vehículo vaticano.

No era el Papamóvil blanco; era el ”Pejemóvil”.

Y en este arranque de gobierno, llaman la atención los ritos de la unanimidad.

Un México ha muerto; otro México está por nacer. ¿Cuál será peor?

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