Los repartidores, las mafias de los “ruteros”, los distribuidores de prensa de papel –la digital también es escrita, por eso no empleo tal término- andan en sus mafias por el territorio nacional, parando a furgonetas del sesgo contrario, propiciando huelgas del propio sector, intimidando a conductores ajenos o destruyendo la mercancía. Ayer saltaban todas las alarmas: 1.342 puntos de venta de la Comunidad de Madrid tienen problemas para recibir el género a diario. Los piquetes de repartidores, violentos o no, tienen éxito: echan agua en los buzones del sector, hostigan a vendedores, la coacción es su moneda de cambio. Sale el ángel custodio, la Comisión Nacional de Vendedores de Prensa de España, y habla ya de ruina insalvable para muchos. Javier Moll –presidente de la Asociación de Medios de Información (AMI)- habla de “boicoteo inaceptable” y pide “sensatez y diálogo”. Independientemente de la guerra sucia de los canales de distribución, nadie habla de lo sucinto y dramático del asunto: el hundimiento del sector.
En provincias, de Valladolid a Santander, de Málaga a León, de Oviedo a Salamanca, me he encontrado con quioscos que en festivo –sábado o domingo- apenas tenían una veintena contada de los principales diarios generalistas (Abc, El País, El Mundo, etc). En los tiempos de bonanza, de trescientos a quinientos por cabecera. Da lo mismo que regalen una lavadora, un lavavajillas, una tele o la vajilla completa, el personal no se gasta euro y medio en el periódico. Mucho he hablado con quiosqueros y nadie les coge el traspaso. La inmensa mayoría de la población lee periódicos y artículos por el teléfono, por tableta, en el ordenador. Los propios medios quieren cargarse el papel –tampoco se habla de ello-: es la forma de echar a la mitad de la redacción a la calle, quedarse con un mínimo aceptable, y ahorrarse quiosco y distribución. El desmoronamiento del sector publicitario es absoluto. El edificio aguanta, con el andamio de las subvenciones, de las que tampoco nadie habla, pero la venta está por los suelos. Libros se ven por todas partes, más razón que un santo tenía Jorge Herralde (editor y propietario de Anagrama) cuando dijo que el libro electrónico no pasaría del tres por ciento de facturación en España: los que tienen el aparatito lo quieren para bajarse contenidos gratuitos, libros clásicos o piratas, pero no para comprar nuevos títulos. El periódico de papel es para los jóvenes una antigualla; te lo dicen quiosqueros veteranos con treinta años en el oficio: “No, los jóvenes no compran el periódico. Es siempre gente mayor”.
Considero el periódico barato: por euro y medio o dos la información que recibes es enorme, si tuvieses que imprimir lo que te gusta te saldría mucho más caro, es una maravilla pasar páginas y llegar a contenidos de calidad. Los tiempos no van por esta senda. Thomas Hobbes lo escribió al dictado y en estado de rapto: “ (…) Cuando los hombres construyen sobre falsos cimientos, cuanto más construyen, mayor será la ruina”. Antes, todavía se ve, algunos periódicos vertían todo en internet menos las firmas, creyendo que el lector iba a ir en su busca. Lo digital se impone y no hay marcha atrás. Me decía un señor muy gracioso, en el Ave, con una tableta enfundada en piel roja de lo más rococó: “Mire mis manos, mire mis manos… ¿Cómo las ve? Limpias. Sin el engorro de la tinta y solo manejando el dedito. Esto es una maravilla. Hoy llevo leídos trece periódicos, alguno internacional, y sin gastar un puto duro”. La realidad es esta. Las empresas buscan publicidad digital, la prensa de papel o escrita agoniza, verdean las ruinas que anteriormente fueron profecías. El pan tiene hoy problemas para llegar a la mesa, por culpa de los distribuidores, pero la realidad es que la mayoría ya no lo quiere. Todos los directores de periódico lo saben y muchos, muchísimos, están vertiendo en la red el cien por cien de lo que publican en papel. La casita de papel se acaba y, aunque no lo digan, el fuego se prende desde dentro sin el menor disimulo. La tinta ensucia, sí. El dedito lo cura todo con la suavidad de un gato siamés o marta cibelina.