www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

DESDE ULTRAMAR

Marte, luna roja y abejas

Marcos Marín Amezcua
jueves 02 de agosto de 2018, 20:04h

La semana pasada nos maravillamos con noticias extraordinarias provenientes del firmamento. Este verano da algo de tregua y su ola de calor nos acompaña con notas de sobrado interés, que nos invitan a dirigir la mirada hacia las alturas, fijándola en la bóveda celeste.

Pasamos de confirmar que en Marte ¡si hay agua! alimentando nuestro imaginario acerca del Planeta Rojo que es de por sí amplísimo, hasta contemplar un eclipse con plenilunio –el más largo del siglo– que aun no pudiéndolo ver en su mejor momento a simple vista aquí en América del norte, nos fue posible seguir tan inusual ocasión en directo y con gran emoción, a través de las redes sociales y los ecos de la prensa, un día después, embelesándonos como amantes de estos menesteres siderales. Apreciar el Giraldillo sevillano escoltado por nuestro satélite ha sido una foto preciosa.

He visto antes ese fenómeno sideral de la luna roja, formidable, enigmático después de todo. Algo inevitablemente sobrecogedor. A mí la expresión “luna roja” no acaba de convencerme. Confío en que nuestro idioma pueda asignarle una denominación más adecuada, más castiza, más resonante y empingorotada, derrochando gala de prestancia y gallardía como bien lo merece esa bermeja Selene. Lo de luna ensangrentada o sangrienta no acaba de llenarme el ojo. Por una vez que vemos rojiza su estampa...

Verificar la cercanía de Marte gracias a la posición alcanzada de la Tierra, ese vecino cada vez menos enigmático y siempre más pequeño que ella, era como si confirmáramos una a una las enseñanzas de nuestros profesores, constatando que tenían razón al referirnos existencia. Fue sensacional.

La infrecuente –desconozco si irrepetible– oportunidad, me hizo recordar el impresionante eclipse de julio de 1991, en el que atestiguamos dos amaneceres en una sola jornada en el centro de México. Fue grandioso, como todo lo que nos depara el cosmos a nuestro alcance, máxime cuando las condiciones geográficas y meteorológicas lo facilitan. Me queda la sensación de que, acaso, lo que pudo verse la semana pasada por primera vez superó lo contemplado aquel lejano año 91.

La Luna siempre nos ofrece seguirla admirando. Su blancura, ya sea que excepcionalmente se tiña y aún sin hacerlo, sigue atrayéndonos. Si los chinos alunizaron con sus naves en 2013, insisten en viajar a ella, mientras la empresa Space X anunciaba el año anterior un viaje tripulado sin descensos, para turistas, ha efectuarse en 2018, aunque la verdad es que ya llegó agosto del 18 y no se ve nada claro acerca de tan peculiar proyecto. Por su parte, Trump impulsó a finales de 2017 un proyecto para enviar de nuevo astronautas a la Luna y eventualmente, a Marte, de manera tal que la cosquillita de posicionar al Hombre en nuestro satélite no se abandona ni demerita, en tanto nos sigue pareciendo una mezcla sutil de los recóndito e inescrutable, aun jactándonos de ser lo más conocido fuera de nuestra casa común, pues luce siempre misteriosa y encantadora. No nos defrauda cada noche cuando dirigimos la vista a su brillante superficie artificialmente iluminada por el astro rey, pese a que sabiéndolo, insistimos en expresar la luz de luna o los claros de luna, como si aquella dependieran. Ya lo de no ser de queso nos lo hemos asumido con más madurez, me parece.

Ahora que después de varias declaratorias la abejas han sido proclamadas como el ser vivo más valioso del planeta, desencadenando una campaña de concientización en pro de conservarlas, protegiéndolas ante el peligro de su extinción, podría tratarse de un magnifico momento para valorar que nuestro mundo merece acercarse a otros por estar allí, simplemente. Sí, pero hacerlo integro, sin más faltantes de los que de por sí, ya registra.

Si entendemos el valor de la totalidad de nuestra heredad, conseguiremos comprender la trascendencia de nuestro propio ser. Y si un día no lejano colonizáramos la Luna o Marte, ojalá que al menos no seamos depredadores de sus recursos. Ya lo hicimos con este mundo como para lanzarnos a mancillar otros. No se trata de explotarlos solo porque están allí. La grandeza humana no lo merece a un concepto tan utilitarista y tan bajo y decadente. De eso ya tuvimos suficiente. Y estos episodios como los eclipses, nos recuerdan lo pequeños que somos en el universo, como para pretender que sigamos siendo pequeñajos.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (6)    No(0)

+
0 comentarios