Dixit fue el verbo latino que nos hizo recordar la entrañable amiga del nuevo director del Instituto Cervantes, Luis García Montero. La vicepresidenta Carmen Calvo nos recordó con su discurso que “el mundo de la cultura es el mejor mundo al que se puede pertenecer”, aunque su noción de la cultura no es precisamente la misma que tiene la gran mayoría de la gente culta. Quizá la vicepresidenta sea la campeona de “la mejor cultura” que, según ella, es la cultura de “la igualdad”, no lo dudo, porque con su ejemplo nos demuestra que la cultura que predican consiste en ser un pardillo, que a los libros los mantiene al tiro de la ballesta y su única lectura diaria consiste en la carta del restaurante de “masterchef”. ¿Cómo explicar de otra manera el hecho de que la señora Calvo no sabe que la Dulcinea de Toboso y Aldonza Lorenzo es la misma persona para Alonso Quijano? No me atrevo a llamar esta confusión de la vicepresidenta un lapsus linguæ, por no causarle el disgusto con los latinajos.
Si la cultura vive sus horas bajas, la lengua del Quijote, el español, no anda mejor. Podemos felicitarnos porque ahora tenemos nuestro Papa Francisco al frente del Instituto Cervantes. El señor Luis García Montero, que se considera un poeta, prometió solemnemente “la defensa de los derechos humanos en cualquier parte del mundo”. Está bien. Felicitémonos. Mas, ¿es este el planteamiento adecuado para el presidente de una institución cuyo objetivo es divulgar el idioma español por el mundo entero? He aquí el quid. El presidente García Montero se comprometió a promover las “culturas” de “las nacionalidades y regiones que integran la nación española”. ¿Qué son estas nacionalidades y “regionalidades” que integran España? ¿Y por qué deja aparte y no incluye también las comarcas y las “vecindades”, sin olvidar las numerosas pedanías que forman la nación española? Siempre quedará la esperanza de que el poeta García Montero cumple con el viejo objetivo de los conquistadores y frailes misioneros que él mismo dijo en su discurso: el de divulgar la cultura española por Hispanoamérica.
Mientras tanto él se queda haciendo cola para pedir “al Estado un poco de oxígeno no sólo para cumplir con la tarea encomendada, sino para tratar con dignidad […] el patrimonio humano”. Se sabe que los intelectuales muchas veces son “unos muertos de hambre”, pero que sean unos miserables esto es algo nuevo. ¡Cuán lejos está este poeta de lo que decía Rafael Altamira! El gran discípulo de Menéndez Pelayo, hace un siglo lo tenía muy claro: “para la obra intelectual los medios son casi nada y el hombre casi todo”. Si Altamira supiera la cantidad de “oxigeno” que disfruta el Instituto Cervantes, ya hubiera brindado un curso de la lengua de Cervantes para todos los ciudadanos de los Estados unidos. Incluido al presidente Trump. Además, gratis.