www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

ORIENT EXPRESS

Lo que cuenta una espada

Ricardo Ruiz de la Serna
x
ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
lunes 06 de agosto de 2018, 20:02h

Tengo ante mi una espada. Es un sable húngaro del siglo XVIII. La hoja mide unos 90 centímetros y tiene labrada una imagen de la Virgen María con las manos juntas en oración. Bajo la imagen hay una leyenda que reza: “María Mater Dei patronia Hungaria [sic]/sub tuum presidium confugio”, es decir, “María, Madre de Dios, patrona de Hungría, bajo tu protección me acojo”. Es un arma magnífica que atesora el Museo Deri en la ciudad húngara de Debrecen, cuya colección es magnífica. Hay algunas parecidas en otros museos de Hungría -por ejemplo, en el Nádasdy Ferenc de Sárvár- pero esta tiene, junto a sí, una fotografía muy grande que permite apreciar los detalles de la inscripción y la imagen. Es una Madonna bellísima. No figura en la cartela de la pieza a quién pertenecía, pero esta hoja nos habla de alguien que estaba dispuesto a defender algo con su vida: nada menos que Hungría.

Durante siglos, los húngaros fueron el valladar de Europa frente a Imperio Otomano. Junto a los serbios, los croatas, los polacos y los caballeros hospitalarios, combatieron codo a codo contra los turcos en la batalla de Kosovo Polje (1389) y juntos compartieron una derrota dolorosísima. Les hicieron frente en las murallas de Belgrado el año 1456 a las órdenes de Jan Hunyadi y allí gozaron de una victoria que se celebró por toda Europa con un repique de campanas ordenado por el Papa.

Estos húngaros contuvieron el ejército más poderoso de su tiempo durante casi dos siglos. Los otomanos los aplastaron en Mohcs (1526), pero ni aun así se sometieron. En 1552, un puñado de húngaros al mando de Istvan Dobo -poco más de dos mil incluyendo mujeres y niños- y seis artilleros alemanes con otros tantos cañones pesados, una docena de piezas pequeñas y aproximadamente 300 arcabuces derrotaron a un ejército formidable: unos 40.000 soldados de Anatolia y Rumelia junto a tropas de la guarnición turca de Buda, que los otomanos habían conquistado en 1541. Los atacantes tenían 16 cañones de asedio, 150 piezas de menor alcance y dos mil camellos que sirvieron como bestias de carga y acarrearon la madera necesaria para construir rampas de asalto y escaleras. Todo fue en vano. Los defensores los diezmaron a cañonazos, les arrojaron piedras, vertieron sobre ellos aceite hirviendo y les lanzaron bombas incendiarias. Lucharon todos los que pudieron empuñar un arma. El noble Gergely Bornemissza se hizo famoso por inventar unas granadas de mano chispeantes que prendían fuego a todo. Después de 39 días de asedio, un bombardeo constante -sobre el castillo cayeron más de 12.000 balas de cañón sin contar las que se incrustaron contra los muros- y cinco asaltos fracasados, los otomanos tuvieron que retirarse humillados. Cuatro décadas más tarde, en 1596, la fortaleza de Eger cayó tras una nueva ofensiva otomana. Esta vez la defendían mercenarios. La ciudad estuvo 91 años bajo el dominio de la Sublime Puerta.

Podrían contarse muchas historias como estas a lo largo y ancho de Hungría y el resto de Europa Central. Entre el primer sitio de Viena (1529) y el último (1689), esta parte del continente fue el escenario de batallas épicas frente a los invasores otomanos. Desde Polonia hasta Rumanía y desde Ucrania hasta Chipre, el centro y el oriente de Europa pagaron un altísimo precio por la defensa frente a una superpotencia militar, cultural y económica. También la Monarquía Hispánica participó de los esfuerzos que condujeron a victorias como Lepanto (1571). Ahí está el célebre libro de Bogdan Chudova “España y el Imperio: 1519-1643” para recordar que ella fue uno de los grandes actores de la política europea de su tiempo y que, sin ella, la historia de este rincón de la gran masa euroasiática hubiese sido bien diferente. También lo hubiese sido sin estos húngaros cuyas espadas imploraban una protección que no es de este mundo.

Durante siglos, esta frontera del Danubio, que ya fue el “limes” del Imperio Romano, conoció el sacrificio por la defensa de una forma de vida inspirada en la tradición bíblica y el pensamiento de Grecia y Roma. La archiabadía de Pannonhalma -la mayor del mundo después de Montecasino, fundada en el año 996 por el príncipe Géza y consagrada a San Martín de Tours- conserva la memoria de esas luchas, pero también de la vocación inquebrantable por el humanismo, la razón y la cultura que alentaba tras los muros de los monasterios, los conventos y las universidades. Gracias a San Benito, a San Bonifacio, a los santos Cirilo y Metodio y tantos otros como ellos, la Cristiandad se consolidó como un espacio cultural propio e inconfundible. Cuando el rey de Hungría Matías Corvino (1443-1490) -uno de los grandes hombres del Renacimiento- comenzó en torno a 1464 a coleccionar libros, estaba siguiendo el camino trazado por los monjes irlandeses y el emperador Carlomagno: la preservación y el renacimiento de una civilización.

Sin la memoria de ese tiempo, es imposible comprender qué es Europa con sus muchas sombras y sus muchísimas luces. Desde el Camino de Santiago a las grandes catedrales de Alemania, Polonia y Hungría, muchos pasan por estos sitios sin aprehender por completo lo que tienen ante sí: nada menos que la civilización occidental en su mayor esplendor.

Por eso, a veces me gusta detenerme en esos detalles que aún podemos alcanzar si prestamos atención por un instante: el capitel, la página de un manuscrito iluminado o la hoja de este sable repujado con una imagen de Santa María que nos recuerdan de dónde venimos.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (9)    No(0)

+
0 comentarios