He leído un artículo, firmado por un enfático profesor de literatura, en el que sostiene que el protagonista de una novela seria no puede ser un loco. Con pocos nombres contundentes como ejemplo nos atrevemos a contradecir su descolgada idea; muy fácil de rebatir, por otro lado. Si nos atenemos a Macbeth, al Rey Lear y a Hamlet, o al homicida analítico y serial Rodion Romanovi Raskolnikov, o a Lord Jim, o al capitán Ahab, o a Gregor Samsa, y al fascinante don Quijote, afirmamos que el protagonista de una trama literaria tiene que ser necesariamente un loco. Como sin duda no es menos loco el que escribe estas líneas y acaso el que las lee. Porque de locos y poetas -como dice el refrán- todos tenemos un poco.
Empiezo sobrevolando en el párrafo anterior un espacio para aterrizar en la compleja Argentina y su indeseada, incómoda y melancólica situación decadente, cercana menos a la normalidad que a la locura; pero locura patológica, casi esquizofrénica, no literaria. Aunque si algunos de los artífices de los personajes nombrados viviera en nuestra tierra no pasaría de ser un simple costumbrista.
Como el drama principal acontece en el bolsillo, extensivo al estómago –y eso no es ficción ni cuestión de poesía-, empecemos por el tan enojoso asunto de la economía. No conseguir bajar la inflación es un fracaso. Quizá el mayor de este Gobierno de Cambiemos que ahora nos gobierna en la Argentina; sobre todo cuando se hizo alarde en las trincheras políticas de campaña electoral, afirmando que no era un problema difícil de dominar. “Eso no será nada complicado para nosotros, en mi mandato lo resolveremos inmediatamente”, se hartó de repetir nuestro ingeniero presidente. Pero, el tiempo avanza y el Gobierno sigue funcionando menos sobre la base de la realidad que de las expectativas. A casi tres dilatados años la ecuación no cambia ni se atisban perspectivas de que lo haga. Si bien es cierto que la decadencia argentina tiene demasiados años como para resolverse de un plumazo o de una modesta expresión de deseos.
Sin embargo, aparece ahora un nuevo escenario político-judicial -con las inconsistencias del caso, por supuesto-, que se está difundiendo con nombres y apellidos, y una saga de corrupción que involucra por igual a ex presidentes y funcionarios, a guardaespaldas y empresarios (algunos ya presos y otros a punto de). La causa que los involucra -a todos en este caso- es por “sobornos al Estado y asociación ilícita”. El, no se salva nadie, parece haber llegado a la maltratada Argentina. ¿Será en serio?
Duele poner un acento en la duda; pero, en nuestra dolida y saqueada patria hasta esto parece sospechoso, pues la confianza en la justicia es decididamente negativa, sobre todo como gran proveedora de impunidad. Y ahora hasta los The Aspern Papers (Papeles de Ansper), por citar a Henry James, al parecer las pruebas contundentes de la corrupción kirchnerista no son originales, sino empalidecidas fotocopias. Así y todo, lo que ha sucedido es un terremoto en la política argentina, similar al Watergate, o al más reciente Lava Jato. Ojalá todo siga adelante y los culpables sean castigados como corresponde. Sería saludables, sin duda.
Esto ha hecho que en el Gobierno haya quienes descorchen champagna y quienes desconfían y lo esconden bajo la mesa. Con el affaire de estos ya famosos cuadernos, las reacciones en el oficialismo se entrechocan y cada vez son más variadas. Entre quienes festejan, aunque seguramente preocupados porque la cosa puede salpicar a tirios y troyanos, se encuentra el sector más furiosamente antikirchnerista del Gobierno. En esa línea dura están los que piensan que además de alejar de la agenda pública temas molestos como el de los aportantes falsos en la campaña de Cambiemos, este escandaloso asunto los beneficiará con el consecuente desgaste que puede producir en la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Incluso, hay quien imagina que esto les ayudará a justificar el ajuste y la situación económica a partir de la supuesta corrupción pasada. Sin embargo… (y siempre sin embargo…), al oficialismo, desde una perspectiva política no le conviene que la ex presidenta vaya presa, como ya lo está su vicepresidente Amado Boudou. La señora Kirchner es la rival ideal para enfrentar en las elecciones de 1919.
Aunque, como todo es relativo en esta viña del Señor, quizá no es tan así. Pero mucho dudamos que no lo sea. Lo cierto es que a puro ajuste, caída del consumo, más pobreza y descontento general, sumado el escepticismo, el derrumbe avanzan a pie de gigante no sólo sobre la ciudadanía, sino también sobre la imagen del Gobierno. Se suma a esto la discusión sobre un muy enojoso tema que, tenga el resultado que tenga en el Senado, siempre perjudica a Macri; sobre todo ante la Iglesia y ante los ojos del Vaticano.
Volviendo al tema judicial, hay otro sector del Gobierno (más ligado a los Tribunales) desconfía de los alcances que puede llegar a tener la investigación, en especial por el primo presidencial, comprometido en la causa, que se presentó de motus propio ante la justicia, como arrepentido. Son tantas las desprolijidades y los descuidos que el Presidente habló por teléfono con su primo hermano y le grabaron el diálogo, que compromete a ambos. Cosas de los servicios de inteligencia, que juegan para un lado y para el otro. También impunemente, claro.
En otra verea se observan las complicaciones que les puede traer a los empresarios de la construcción, principales beneficiarios del llamado “club de la obra pública”. Algunos ya entre rejas, como deslizamos. Dichos señores han ganado millones y millones con los favores del Estado; entre ellos el padre presidencial, don Franco Macri.
En la Argentina existieron otros casos de corrupción debidamente divulgados por los medios de información, pero eso terminó en un aprendizaje institucional y fue solo una práctica que no pasó a mayores. En cambio, si ahora se mira, o si se compara Odebrecht versus los ya célebres Cuadernos de las coimas, el caso brasileño tenía un modus operandi distinto, pues de alguna manera utilizaban los márgenes del sistema financiero formal para estas actividades. En este caso se ve algo bastante brutal, bastante de entrecasa, característico de los -en su momento- impunes Kirchner, viciados de practicarlo en la provincia de Santa Cruz, donde antes gobernaban. ¡Ah, con esta impunidad nuestra de cada día, que nos lleva a recordar a don Francisco de Quevedo, que de eso sí sabía!
Es tanta su majestad,
Aunque son sus duelos hartos,
Que aun con estar hecho cuartos
No pierde su calidad.
Pero pues da autoridad
Al gañán y al jornalero
poderoso caballero
es don dinero…
Ahora bien, Macri llegó a la presidencia con un mandato de transparencia; tenemos así la ley de libre acceso a la información pública, pero no hubo ningún intento por mejorar la calidad de las instituciones, cada día más decadentes u obsoletas, transformadas en vulgares corporaciones. En lo personal, creo que para que haya un cambio en el comportamiento tiene que haber un cambio de reglas; ya que las personas pasan y las reglas quedan.
En lo económico, que es lo que más duele, la situación no está estancada, sino que avanza, pero a paso de cangrejo; es decir, hacia atrás (se pronostica una inflación de más del 3 por ciento para el presente mes, y este fin de semana volvieron a aumentar los combustibles y durante próximos meses seguirán los del transporte y los servicios).
En fin, no hay un modelo de país y eso es, sin duda, lo más grave. Se pensó en un primer momento que nuestro paradigma podría ser los Estados Unidos de Obama. Eso no existe más. El Gobierno sigue repitiendo que quiere “un país normal”, la misma frase que usaba Néstor Kirchner. Pero claro, son diferentes “países normales”. El país del primer Kirchner, el ya remoto del ex ministro de economía Lavagna, era el del superávit fiscal con legitimidad electoral. Dio un buen resultado en el primer momento por las entradas de dólares de la soja, pero el largo plazo no funcionó y se llevó puesto a Lavagna. Todo se fue desgastando y el último año de Kirchner tocó fondo; después su esposa y sucesora, la doctora Fernández de Kirchner, mantuvo la legitimidad electoral, pero se fueron agotando los superávit y llegó rengueando a las elecciones que, por supuesto, perdió. Sin duda con suerte para todos y acaso también para ellos.
Creo que si a Macri le plantean hoy esta fórmula de “superávit fiscal con legitimidad electoral”, la compra con los ojos cerrados. Que el pueblo vote y que el gobierno ahorre. Más redondo imposible. Néstor Kirchner, a lo mejor, lo plantearía en términos de derechos, en tanto que Macri, de libertades, de innovación o de iniciativa privada, pero los dos modelos coincidían en que el Estado tenía que normalizarse. Pero el mundo normal que oposición y Gobierno tiene en la cabeza, no solo que no es posible, sino que no existe. Por desgracia.
En cuanto al peronismo, tiene un dilema que se llama Cristina Kirchner; si se mira lo que pasa en Brasil o en Perú, los casos de corrupción probados no impactaron demasiado, y con Lula da Silva bajo rejas pasa lo mismo. Esta investigación, lejos de derrumbar al kirchnerismo lo puede consolidar como una fuerza minoritaria, pero con un piso significativo de votos.
La gran pregunta ahora es que sucede con un peronismo confuso y dividido que se distancie o no de la doctora Kirchner (incluso por cuestiones reputacionales y para fortalecer la idea de que es algo distinto y superador), cómo resuelve la cuestión de votos para llegar a una segunda vuelta. Todo un gran galimatías como la misma Argentina. De la otra vereda, de la oficialista, el mismo lamento. La mediocre dirigencia argentina no tiene respuesta. Viene demostrando su incapacidad a través de décadas.
“¡Qué le vamos a hacer! Dentro de todo, si nos comparamos con otros países de nuestro Continente no nos va tan mal. A nuestra manera somos primer mundo”, me lamenté esperanzado ante un querido amigo, propenso a la ironía.
“Sí, pero de a uno”, me respondió con una sonrisa.