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LETRAS DESDE MÉXICO

La demagogia y el perdón

domingo 12 de agosto de 2018, 19:50h

Como todos sabemos el, problema más grave de México es la violencia. A ella se asocian y a través de ella se expresan los delitos patrimoniales –robos, exacción es, estafas, chantajes, secuestros, desapariciones forzadas y demás— y la pérdida de control del Estado sobre amplios territorios y actividades, como por ejemplo, el robo de combustibles por los kilométricos ductos de Petróleos Mexicanos.

Con una oferta redentora, el futuro presidente de México (ya lo es electo), Andrés Manuel López Obrador, ha presentado en campaña una propuesta en cuyo contenido millones creyeron: lograr la pacificación del país, eliminando las causas de la violencia (falta de estudios, falta de trabajo, falta de unión familiar, falta de oportunidades), mediante un plan de sonoro retintín: becarios, no sicarios, entre otras ideas luminosas.

Y para iniciar tan arduo afán se han promovido, al amparo del próximo régimen, foros de pacificación, los cuales han sido algo peor a una catástrofe, al menos en el campo mediático.

El primero de esos foros, en la ciudad fronteriza de Chihuahua, donde la violencia homicida había bajado notoriamente, fue un encontronazo con la realidad de las familias víctimas de muchos delitos. Feminicidios, desapariciones, secuestros.

Ellos, a gritos, interpelaron a los pomposos oradores, entre los cuales estaba el gobernador del Estado, Javier Corral, cuyos hermanos siguen proceso por narcotráfico en Estados Unidos, y les dijeron, cualquier cosa menos el perdón.

Ellos pedían la justicia, pero el futuro presidente, con un lenguaje parabólico y casi bíblico-gandhiano, les dijo, no podemos creer en aquello del ojo por ojo y el diente por el diente, porque la ley del Talión nos dejará tuertos a todos y chimuelos a todos.

Y en el nombre de la óptica y la dentadura; decidieron irse a organizar un segundo foro, este en Coahuila, otro estado fronterizo, en el cual las cosas fueron casi iguales. Pero ahí, el secretario de Seguridad Pública del futuro, Alfonso Durazo, cuyo anterior jefe, Luis Donaldo Colosio fue asesinado a tiros en Tijuana hace casi un cuarto de siglo, sacó un carrete de hilo negro para buscar su patente:

“…“El perdón es un proceso personalísimo que tiene que ver con la paz interior de las personas, de las víctimas, para poder sacar y seguir adelante con sus vidas, pero sin olvidar lo ocurrido. Nos saldrá más provechoso como sociedad su indulto o su amnistía que su castigo”, expresó”.

Y aquí es donde naufraga toda lógica. Si el perdón es un proceso personalísimo (quien habrá inventado ese superlativo inútil), cómo se le pretende convertir entonces en una política pública.

Si perdonar nos lleva a la paz interior, cómo relacionar tan placida condición, casi de Nirvana tibetano, con un asunto de policías y ladrones, en el cual van ganando los ladrones, pues éstos trabajan en ambos lados.

Y todavía no empiezan.

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