Ahora que atravesamos los ardores del verano y tenemos a la España rural y bulliciosa en fiestas podríamos divertirnos un momento con el juego intrascendente de la mentira o la exageración: con la esperpéntica deformación de la realidad. “Ahora que vamos despacio, vamos a contar mentiras” decía una vieja canción infantil. Pero el esperpento, es sabido, es nuestra naturaleza; y la mentira o la deformación se han convertido en nuestro habitual modo de hablar y de ser. Así pues nadie distinguiría en nuestro entretenimiento la ficción de la realidad, el juego del negocio. Y lo que ya no sería divertido es el ensayo de un esperpento del esperpento, porque este rizar el rizo es un ejercicio acrobático no apto para tomárselo a broma.
La mendacidad es inseparable del escenario político y una herramienta inexcusable en la pugna ideológica. Esto sólo podría sorprender a espíritus ingenuos y candorosos y, sin embargo, son muchos los ciudadanos que arrugan el gesto ante semejante evidencia. Si la mendacidad es un hábito en la política, el descaro con el que Sánchez ejecuta sus pases sin descomponer la figura supone una naturaleza especialmente adaptada a la falacia y la impostura. Su nombre ha estado asociado a consignas contradictorias y su emblema podría rezar: “donde dije digo, digo Diego”. Esta misma semana el barco “Aquarius” resultó estar lejos de España, donde días atrás estuvo cerca. Si antes había que deshacerse de la gratitud en especie consistente en buscar colocación estratégica a amigos y colaboradores, hoy puede Sánchez poner a Begoña Gómez, con la que resulta estar casado, en el Instituto de Empresa. Ha tenido la desfachatez de anunciar impertérrito que, por fin, el gobierno representa a la sociedad. Sin haber pasado por las elecciones y con poco más de ochenta escaños. La aptitud de Sánchez para la mentira apenas tienen parangón, pese a tener antecedentes de la talla del Sr. Rajoy o el Sr. Zapatero. No sería de extrañar que, apoyado hoy por separatistas de toda laya y marxistas académicos, acabara envuelto en nuestra bandera y clamando por la unidad de España ante un electorado lacrimoso y en arrobo. Más difícil lo tendrá el secretario general de la UGT que pide libertad para los políticos secesionistas encarcelados y exige a la vez que el presidente de la Generalidad cumpla nuestra constitución de papel… mojado. La demanda de Pepe Álvarez, también conocido como Josep María Álvarez, se dirige al mismo presidente Torra que quiere acoger en la nueva Cataluña a los inmigrantes del último viaje del Aquarius, entre los que, por supuesto, no van españoles. Lo habrá leído con alivio la ancianita Jackson que podrá veranear en la nueva Cataluña purgada de escoria, puesto que ha protestado a su agencia de viajes porque ha encontrado Benidorm lleno de españoles. Ahora que todos los pueblos “ibéricos” están en fiestas habría que sacarle coplas a Torra, coplas que cantaran, más o menos, que la virgen de Montserrat no quiere ser española, que quiere ser capitana de la tropa “almogavaresca”. Los españoles, decía de modo directo el viejo Gustavo Bueno, “tenemos el cerebro hecho polvo”. Me atrevería a añadir que si nuestro cerebro – simbólica sede de la inteligencia – está hecho polvo, nuestro corazón está arruinado – sede simbólica de la voluntad –. Somos tontos y malos, si no es que ambos atributos convergen siempre.
Se quitan pronto nuestras ganas de jugar a las mentiras o a la exageración porque, convertida la mentira en naturaleza, hacer la mentira de la mentira es – como decía – un ejercicio trágico. La mentira de la mentira no produce la verdad, sino la pérdida de cualquier contacto con la realidad. Si puede impugnarse la simple mentira en nombre de la verdad, no hay apelación posible ante la mentira multiplicativa y delirante. Su efecto es una pesadilla de irrealidad, el orden de la post-verdad, el horizonte idealista o constructivista en el que una subjetividad empantanada da por válidas sus propias secreciones. Por eso no hay que esperar de un debate histórico o filosófico la victoria sobre las mentiras ideológicas del secesionismo o de otros conglomerados doctrinales análogos. En esta España festiva no tenemos el recurso inocente a la mentira y estamos obligados a ser veraces. Los españoles han mostrado históricamente dos rostros, uno festivo y alegre, popular y colorido. Otro austero y riguroso, bañado en negro. Me pregunto si nuestra situación actual encierra alguna novedad o reproduce, en forma de farsa, viejas figuras históricas. Sea como sea, alguien ha de representar el papel agrio y desabrido del que clama en este desierto de irrealidad. En nombre de la verdad.