TRIBUNA
El café, una idea de Europa
sábado 08 de septiembre de 2018, 19:55h
Hay un pasaje de Steiner en donde dice que Europa está compuesta de cafés. El habla de otros compuestos, como los nombres de las calles, y los viajes a pie que hicieron los románticos, tanto los alemanes como los ingleses, de una forma que ya sabemos que produjo Hernanis, Werthers, poemas encendidísimos escritos por Hölderlin camino de Burdeos, después de atravesar la Westfalia como después hará Jonathan Harper camino del Conde de Orlock. Hoy hay pocos cafés, y por eso quedar en El Comercial o en el Gijón es casi un lujo. Los cafés marcan un poco el sentir de la Historia. No sé si compartir la tesis de Steiner sobre la estrecha relación entre cafés y revolución, después de haber leído a Camba. Este aspecto creo que daría para muchos debates...en el café. En algún sitio he leído que David se ahuecó detrás de un gran café -La Regence- en la plaza de la Concorde, para ver pasar la triste figura toda de negro de Maria Antonieta camino del cadalso. No lejos de allí, en el café Procope, también discutieron por última vez Robespierre y Danton.
El liberalismo clandestino siempre se refugió en los cafés, y no sólo pues como recogió el gran Marcel Carné en Les enfants du Paradis una de las más suntuosas y poéticas películas del cine francés, en ellos también se reunía la chusma, antes incluso de la proliferación del proletariado. Larra tiene un artículo sobre los cafés, lugares a los que acudía para ver de qué se hablaba, y sobre de qué necedades se trataba. Lo bueno de los cafés es que no cambian de surtido prácticamente en nada pese al tiempo transcurrido desde que en el Londres del setecientos se pusieran en boga tales establecimientos. Naranja, ponche, y, sin duda, café, y mucho ron eran las apetencias ordinarias. Después, Larra echaba manos de La Gaceta, en donde lo normal residía en las noticias de la guerra greco-turca, una de las guerras más interminables de la Historia.
Es verdad que el café fue un lugar de lujo para la cita y la conspiración, aunque por estos pagos el recinto de las iglesias sustituyó rápidamente a los cafés, y después ya no hubo nada. Las cafeterías hoy están más inclinadas a recoger terroristas provisionales o golpes de estado nada esclarecidos. A veces surge un empresario decente y monta un café que pueda servirle también como negocio, pero como el tabaco estaba muy asociado a estos locales, y sin tabaco el café casi es como un laboratorio de especias y selección, pues nada, que no hay nada que hacer. Larra no soportaba las chimeneas de humo que se concentraban malamente en aquellos cafés, y por eso probablemente nunca estaba sonado sino transparente y hábil como un café claro. Su siglo era petulante, mucho más que el siguiente y que el de ahora, aunque toda petulancia no deja de ser una forma de liberarse de la esclavitud del trabajo, y una forma de inventarse el propio negocio. Pero no la confundamos con la decadencia, que viven las dos de sus propios recursos.
Los universitarios de antaño no íbamos a Viena a encontrarnos con Marx, con Freud, con Kraus, Musil o Carnap, todos los cuales poseían su café, como dice Steiner, y a los que al parecer era fácil hallar allí. En Dublín, ciertamente, no hay cafés, sino bares. Por Steiner me enteré también que los ingleses han podido recuperar recientemente un cierto nivel cafetero, lo cual es como para celebrarlo. Hombre, en una etapa final el jazz vino a defender el recinto de los cafés, como bien revelaron los textos de Cortázar a propósito del gran saxo Parker. El café tiene muchas virtudes; es bueno en el invierno como aquellos viejos cines a los que acudíamos para no pasar frío en casa. Está rico y es barato, mucho más que otras acólitas infusiones, y es estimulante en la parte del cerebro en que éste necesita unas ciertas defensas. Si te pasas te mata como cuenta Maurois en la biografía de Balzac.
A propósito de los cafés, a Steiner ya se le adelantó Julio Camba, y también se salía por la tangente. Cuando estalló la República sus amigos lo dejaron solo en el café. Él sabía muy bien que los extranjeros no habían visto jamás un café, al menos no uno como los nuestros. Al parecer es asunto de iniciados, pues puede usted destruir todos los cafetales y todos los locales que como haya iniciados en la Institución ésta estará asegurada. Camba no estaría de acuerdo con Steiner, pues nadie sabe por qué se va al café. Según él los verdaderos hombres de café no van al café ni para hablar de política ni para jugar al dominó. Van al café y esto es todo. Al levantarse de sus asientos Camba descubrió que sus amigos no querían ser hombres de café, sino ministros de Hacienda, Agricultura, Marina y Comunicaciones. Además, se preguntaba, cómo se puede estar solo en un café? ¿Podría estar solo un diputado en el Parlamento?
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Historiador
JUAN A. HERNÁNDEZ LES es historiador.
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