www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Ultras

viernes 14 de septiembre de 2018, 20:11h

Con los años he ido descubriendo que siempre he sido un ultra, siempre quise ir más allá: de los términos a los fundamentos del debate. Desbordar las posiciones de los antagonistas para alcanzar a tocar con mis propias manos sus supuestos acríticos, ese pre-conocimiento que finalmente no es un conocimiento previo, sino algo anterior al conocimiento. Modernísimo español, nacido en el tiempo de nuestro abrazo a la Europa espectral, he acabado aprendiendo que la luz de la razón se asienta mal en un oscuro y silencioso trasfondo – llámenlo matriz o fuente nutricia – que no puede analizarse en los términos de una razón instrumental. Ese fondo sin fondo que se hunde bajo nuestro peso real, abismándonos mientras nos sostiene, constituye la fuente de la realidad y la condición de nuestra racionalidad pero resulta inasequible a la razón instrumental – llámenla científico-técnica – a la que hemos querido reducir toda validez cognoscitiva.

La reducción de la verdad a los términos de un pensamiento técnico o positivo ha arrojado este mundo que habitamos: un mundo saturado de adminículos de menesteroso, es decir, de cachivaches y chirimbolos electrónicos, de apariencia (tele)comunicadora pero de realidad aislante y fantasmal. Todos los que no han alcanzado un grado de anestesia terminal notan, más o menos oscuramente, que este orden de cosas no da más de sí, no lleva a ninguna parte, que se pierde en su propia inanidad y no permite trascender ese triste horizonte instrumental de armatostes luminiscentes en que nos movemos: conducidos a ninguna parte por los principios maquinales de una productividad errática y destructiva.

Hemos vivido durante muchas décadas afirmados sobre un suelo que se quería inamovible: el soporte intocable de una democracia liberal y una economía de mercado orientado a la construcción de una sociedad universal. Esa sociedad universal en que se realizaría el género humano, como unidad inconsútil de individuos substantes: sin patria, sin raza, sin religión, sin cultura, sin sexo… Una sociedad universal que habría suprimido las costuras fatales de las distintas unidades de supervivencia: estados, reinos, ciudades, etnias, civilizaciones... El mundo como una gran megalópolis integrada bajo la unidad – superficialmente abigarrada y profundamente homogénea – de una opinión pública planetaria.

Pero han vuelto a aparecer los ultras, a derecha o a izquierda; los que se empeñan en ir más allá de ese horizonte que habría alcanzado la absoluta levedad o más bien el vaciado completo de todo contenido determinante de una identidad grávida y profunda. Aparecen – bajo el rótulo de identitarios – y su presencia no puede ocultarse ya ni en elecciones, ni en medios de comunicación, ni en la opinión pública específica y determinada de una unidad cultural: un país, una religión, una historia, una tradición, incluso una clase…

Alguien podría pensar que estoy aludiendo a los resultados de las elecciones en Suecia, adelantado del paraíso socioliberal y vanguardia del mundo futuro, en las que un partido de la llamada ultraderecha ha logrado un notable éxito electoral. De hecho me estoy refiriendo a las demandas de algunos profesores, que nuevamente se dejan oír en este principio de curso, relativas a una enseñanza radical de la historia y especialmente de las que llamamos lenguas clásicas: griego y latín. Para los que viven un presente sin espesor el griego o el latín resultan un simple lujo cultural, frente al imprescindible inglés que demanda el mercado laboral: auténtico señor de nuestra existencia. Y así es, si adoptamos la perspectiva de un hombre sin dimensión, plano y enteramente abstracto. Sin embargo, para los europeos actuales el estudio de estas lenguas clásicas supone el reconocimiento de su realidad: de su entidad e identidad.

En el afán por ir un paso más allá, que define la condición del ultra, se acaba por romper la distinción derecha – izquierda. Desde la perspectiva horizontal o plana en que se oponen derecha e izquierda, avanzar más allá de la derecha hacia su extremo significa finalmente confluir con la izquierda y la recíproca (contraria sunt circa eadem). Sólo el ultra auténtico sostiene una tensión vertical que rompe el juego horizontal de la distinción meramente política derecha-izquierda. Es posible que los jóvenes comiencen con el griego y el latín, que constituyen un elemento esencial de la historia de Europa, del inconsciente que palpita en sus lenguas actuales, pero a partir de ahí acaso comprendan que el griego y el latín son las lenguas elementales en que se ha articulado no sólo el pensamiento occidental sino también la fe que lo soporta, en suma: la identidad actual e histórica de Europa.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (17)    No(0)

+
0 comentarios