La década de 1960 está llegando a su fin biológico desde hace algunos años, y hemos visto marcharse a algunas de sus figuras fundamentales. Para el caso de América Latina, el ícono político fue Fidel Castro, cuya revolución generó una ola de entusiasmo en todo el continente, y Cuba pasó a ser punto de referencia para movimientos políticos y personalidades en toda la región: Castro murió el 2016 y con él se fue un símbolo y tal vez una época.
Lo mismo ocurre en la literatura. Dos grandes figuras han fallecido en los últimos años: el escritor mexicano Carlos Fuentes murió el 2012, mientras Gabriel García Márquez se marchó el 2014. De aquellos años sobrevive, y muy productivo, Mario Vargas Llosa, en cuanto novelista, pero también como ensayista, columnista y habitual conferencista en temas literarios y políticos. En realidad, ambos temas estaba unidos, y los grandes escritores del boom latinoamericano -Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, el propio Vargas Llosa, Alejo Carpentier, Juan Carlos Onetti y otros- se caracterizaban no solo por sacar su literatura de las estrechas fronteras de sus propios países y darles una dimensión continental e incluso universal, sino también por su devoción a la Revolución Cubana de 1959, que parecía anunciar una nueva era en la historia del olvidado continente latinoamericano.
Como recuerda José Donoso en su Historia personal del Boom, cuya primera edición es de 1972, en un Congreso de Intelectuales en Concepción (Chile, 1962), la reflexión sobre la imagen de América Latina y el hombre actual parecía girar sobre las transformaciones políticas y sociales que habían comenzado en la isla: “lo más importante que Carlos Fuentes me dijo durante el viaje en tren a Concepción fue que, después de la Revolución Cubana, él ya no consentía hablar en público más que de política, jamás de literatura; que en Latinoamérica ambas eran inseparables y que ahora Latinoamérica sólo podía mirar hacia Cuba”.
Con el paso del tiempo, la historia se haría más compleja, en términos personales y políticos. De alguna manera lo había advertido Luis Harss en un libro precursor, Los nuestros (1966, reeditado por Alfaguara, 2012), al señalar que estos autores “se admiran y compiten entre ellos. Sienten, a pesar de las envidias inevitables, que el éxito de uno es el de todos”. Juntos valían más que aislados, pero perdían en parte su libertad, lo que tenía especial importancia en materia política, como se vería a medida que surgieran las críticas a la dictadura de Fidel Castro, especialmente la falta de libertades en Cuba y la persecución que sufrían los escritores que manifestaban alguna discrepancia con el oficialismo, o se distanciaran literariamente. El caso Padilla, en 1971, sería paradigmático y marcaría el quiebre del boom, especialmente por la obligación a la confesión pública, que a muchos recordó los métodos de Stalin en la década de 1930.
Este 2018 han aparecido dos interesantes libros que, desde distintas perspectivas, regresan al tema que marcó la década de 1960 y que, en buena medida, se convirtió quizá en el momento cumbre de la literatura latinoamericana: el boom. El primero es del chileno Jorge Edwards, Esclavos de la consigna. Memorias II (Editorial Lumen), en el cual el novelista continúa su labor de recordar el siglo XX, a través de una serie de personajes que conoció, sucesos en los que estuvo presente o le correspondió actuar y también anécdotas que ilustran relaciones literarias marcadas por el afecto, pero también por los celos y disputas. Edwards recuerda y valora la irrupción del boom de la literatura del continente, que “iba en serio, y a niveles mundiales”, para luego agregar una idea clave: “La Revolución cubana, y la revolución estética de la que empezábamos a formar parte, eran fenómenos concordantes, convergentes”. Con el tiempo Edwards se distanciaría de las ideas de los años sesenta, y tendría una triste experiencia en la Cuba de Castro, que narra en Persona non grata (reedición en Cátedra, 2015). Quizá por eso en sus Memorias II reconoce que en esa época “nos emborrachamos de consigna con facilidad y nos convertimos en esclavos de ella”, en una autocrítica que también asumieron otros con el paso de los años.
El segundo libro es el interesante y bien documentado trabajo de Rafael Rojas, La polis literaria. El boom, la Revolución y otras polémicas de la Guerra Fría (Barcelona, Taurus). Esta obra, ambiciosa y con una amplia consulta a epistolarios de escritores y revistas culturales que marcaron una época en la difusión literaria y también en las disputas literario políticas del boom. Tiene la idea de analizar el concepto de revolución en autores como Octavio Paz y Carlos Fuentes, que tienen esa doble tarea de pensar y sentir la Revolución Mexicana que les era tan propia en correspondencia (o disonancia) con la Revolución Cubana que pasó a ser casi omnipresente en los años 60. Paralelamente, Rojas va trazando la adhesión y luego el distanciamiento de los intelectuales hacia Castro y su régimen, en buena medida por la crisis de libertad, su subordinación al modelo soviético y el distanciamiento de una fórmula propiamente latinoamericana de construir el socialismo. La experiencia chilena de Salvador Allende (1970-1973) podría haberse convertido en esa especie de alternativa socialista y democrática que se distinguía del régimen cubano.
Paradójicamente, en 1971 -el año del caso Padilla- el gobierno de la Unidad Popular y Allende recibían con honores a Fidel Castro como gran líder de la revolución en el continente. Al año siguiente, el boom latinoamericano entraba en su ocaso. ¿Era por la contradicción entre el régimen cubano y el chileno, como plantea Rafael Rojas? Algo de eso podría haber en la mente y acción de algunos de los escritores, pero su vida posterior también desmentiría parcialmente ese argumento. En todo caso, no cabe duda de que el boom, a medida que se va muriendo, sigue dando mucho material para repensarlo y revivirlo en la historia y la literatura.