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TRIBUNA

Cuerpos docentes; cuerpos decentes

jueves 27 de septiembre de 2018, 20:09h

Es sorprendente que todavía queden adalides del sentido común, cuando hace ya mucho tiempo que la expresión es una bandera blanca, sin emblema ni estandarte, sobre la que cada cual hace su garabato. Leo con estupor la noticia de que en algunos centros educativos de titularidad pública se exige al alumnado una vestimenta decorosa y circunspecta. Al parecer numerosos alumnos y alumnas lucen excesivamente su cuerpo en las aulas mediante prendas que no lo insinúan, sino que más bien lo ostentan. En muchos casos el cuerpo bien contorneado es signo de una voluntad de renuncia y de un esfuerzo deportivo intenso, en otros casos será un cuerpo menos sufrido pero que reclama su derecho equivalente a ser mostrado. Como nadie – dice la noticia – revisará con cinta métrica la longitud de una prenda, la elasticidad de un tejido o la medida de un escote, como nadie medirá el decoro o la decencia, se apela al sentido común. Pero hace ya mucho tiempo que todo fenómeno irreductible a magnitud fue declarado subjetivo, con el sentido de indiscernible y racionalmente intratable. Si no ha de medirse la licitud de un traje quedará al albur de cualquiera la estimación de su decencia.

No digo que resulte insensato el contenido de esa demanda, digo que es la demanda misma la que parece ingenua. No se puede pedir sensatez, dando por efectivo un sentido común ya desaparecido, de manera que el acto mismo de apelar al sentido común, sin advertir su ausencia, resulta de una lamentable ingenuidad. Desaparecida cualquier idea común de decencia u honestidad, resuelta en una multitud de juicios subjetivos o estimaciones individuales equivalentes, la exigencia de honestidad procedente de una autoridad institucional resultará autoritaria y represiva.

Es paradójico que ante los problemas entrañados en este eclipse del sentido común se pretenda que sea el sistema educativo el encargado de suplir su ausencia, cuando es responsable – en gran medida – de su misma destrucción. El sistema educativo – resultado de una profunda metamorfosis de la vieja escuela – sirve a los fines políticos de homogeneización, secularización y racionalización instrumental de la nueva conciencia ciudadana. Ése es el horizonte explícito de la nueva escuela pública en el seno de los modernos estados nacionales. Los ciudadanos de las sociedades modernas resultarán – tras su obligado paso por el sistema educativo – individuos críticos, autónomos y racionales. Su potencia crítica, destructiva de prejuicios y supersticiones, radica en una subjetividad enfática capaz de examinar libremente toda costumbre, actitud o norma tradicional. Desde esa conciencia soberana determinarán, sin injerencia de ninguna autoridad externa, las condiciones de la decencia. Pero resulta que las estimaciones no convergen en formas comunes sino que cada cual entiende la decencia según criterios subjetivos o individuales. Su pretendida racionalidad parece resolverse finalmente en una simple suma de caprichos privados. Pedirle a la escuela una educación del gusto, la transmisión de unos valores tradicionales de honestidad, pudor o decencia, es exigirle a la escuela funciones contrarias a su constitución moderna. La escuela se orienta, por el contrario, a la crítica de los valores heredados, de las costumbres tradicionales, de los hábitos y actitudes socialmente compartidos en nombre de principios racionales y críticos que acaban, finalmente, en una exaltación egolátrica de la individualidad.

Estamos ante un efecto más de la misma destrucción crítica de la tradición antropológica por efecto de la gran transformación. El liberalismo económico y político ha fagocitado la sustancia cultural sobre la que se asentara, dándola por supuesta como un elemento natural que no hubiera que cultivar cuidadosamente. Así las cosas y aunque “a través de la mayor parte de su larga historia, La tradición liberal estaba imbuida de los ideales clásicos y cristianos de dignidad, cortesía y tolerancia” (R. y E. Skidelsky) finalmente un liberalismo desnortado ha confundido tolerancia con neutralidad admitiendo como equivalente toda costumbre, norma o actitud con la consiguiente ruina del sentido común erigido en torno a esos ideales clásicos y cristianos.

Pero reconstruir la comunidad – sujeto real del sentido común – por medios políticos sería como apagar un fuego avivándolo. Queda, acaso, resistir y conservar lo que de semejante comunidad pueda ir quedando, allí donde pueda ir quedando. Desde luego no se hallará en nuestra industria educativa, tan alejada del sentido que tuvo la escuela.

Sin duda, la exigencia de decencia debiera extenderse del vestido al gesto, de la ropa a la actitud, a los modos de relación y de trato, alcanzando finalmente al cuidado de las cosas y a las formas de comunicación. La belleza resultante sería el motor infinito de una revolución antropológica. Pero esta ensoñación sólo puede ser ya tema para la literatura de ficción, mientras aguardamos el desierto sin matices que resulte del último progreso de la pura razón.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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