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TRIBUNA

Lección de pescado fresco para suplementos culturales

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
jueves 04 de octubre de 2018, 20:27h
Actualizado el: 05 de octubre de 2018, 08:21h

Hace tres añitos, en el coletazo final de la crisis interminable, saltaba como el toro del chiquero la noticia a las hojas volanderas de titulares tamaño aceituna: “Dos librerías se cierran cada día en España” (El País, 4 de marzo del 2015). Más reciente, justo este veranito pasado, galopaba otro miura por los pasquines y resmas de ojos turulatos: “Hasta un 40% de los 225 millones de libros editados en España se devuelve” (El País, 10 de julio del 2018). Esos dos vértices, ese par de datos en exclusiva, con tal dúo de aristas se podría dar cuenta ya de la caída explícita del Imperio Romano, la Era Gutenberg, los Cuentos de Canterbury editoriales y esta pobreza absoluta sin bohemia (“Seis millones de españoles al borde de la exclusión social”: ABC, 26 de septiembre del 2018). Respecto al segundo aserto, el de las devoluciones en frío y caliente, algunas requemadas, muchos escritores escandalizados empezaron a denunciar cómo la culpa, claro, era de los distribuidores y ningún otro sector, ni una pescadería o ultramarinos, soportaría la devolución del cuarenta por ciento del género vivo recibido.

En esta ausencia hoy de política, con ganas de barro en las ruedas, vamos a hacer nuestro paseo por el albañal patrio. La cadena de librerías Tuuulibrería (casi onomatopeya o chiste), con tres sedes en Madrid (Covarrubias, Padilla, Embajadores) y una en Barcelona (Gracia), permite que te lleves todos los libros que quepan en una mano a cambio de la voluntad (céntimos, calderilla). Me decía la empleada de Embajadores (Lavapiés): “Los libros no valen nada. Es una iniciativa solidaria para que no acaben en la basura. Nos alimentamos, como ONG, de las cuotas de nuestros afiliados y de las donaciones. Todo lo destinamos a proyectos sociales”. Seguimos: la cadena de librerías lowcost Re-Read (amplio abanico por toda España) vende los libros según tres parámetros: uno (tres euros), dos (cinco euros), cinco (diez euros). Los compran a 0,20/unidad (Sí, señores, cien libros, veinte euros). Da lo mismo títulos, faldones, novedades o lo que toque (Ojito, no los quieren anteriores a los años 90, ni enciclopedias). Mejor no tocar el tema de la venta de libros al peso (La Casquería, también en Embajadores) ni fenómenos similares al Rastro, antiguos y muy conocidos, donde un euro suele ser la moneda de cambio.

En mitad de esta situación de miseria, de bajos fondos, de cuatro reales, de hambruna generalizada, los suplementos culturales siguen con su pompa, en el coto cerrado de ganapanes famosos, viejas glorias y fantasmas jubilados. Lanzo mis bengalas de socorro: cierto es, lo sabemos por lo menudo, cómo los jóvenes no están interesados, incluso indignados o asqueados, de la clase política a nivel genérico. ¿No es –pregunto- un rechazo o animadversión muy similar la que sienten por lo literario? ¿Por qué no conectan con el presente? La solución es sospecha: salvo las editoriales independientes, sí, el resto no les da pescado fresco. No les hablan de lo que les pasa. No hay conexión. Les resultan completamente indiferentes cuando no ajenos. Todos los libros de una casa, antes o después, desaparecidos los abuelos o de vacaciones, idos o distraídos los padres, acaban siempre en las catacumbas de la realidad, donde se compran y venden por cuatro perras gordas, nuevos e intonsos, limpios y regalados.

¿Cotorrean los suplementos culturales, incansables y cansinos, en el vacío? ¿Quiénes son sus lectores? ¿Generan críticos y autores viejos –por “efecto espejo sin el menor “reclamo llamada”- lectores aún más ancianos? ¿Son escaparates de monopolios editoriales a mero título publicitario? Veo a hombres grises en transportes públicos deshacerse de ellos con tres dedos (“efecto pinza”) por falta completa de interés. Me informan quiosqueros, jorobados y de labios gordos de tanto pasar páginas, de la absoluta ausencia juvenil en la compra diaria de prensa impresa. Abro páginas de suplementos en activo y solo veo jactancia, vanidad de vanidades, ancianos venerables, lametones interminables, adjetivos que no han superado el alcoholímetro, elogios solo aptos para bodas, bautizos y comuniones. A un lado, una fiesta que parece existir donde se mueven las cigalas y se saluda con el meñique de la copa en alto; al otro lado, nadie, ningún interlocutor, el vacío de precipicio. Pompa y nada; todo y cero. ¿Puro humo lo que allí se relata?

No hay pescado fresco para nuestros jóvenes y ese tiempo, sospecho, generalmente, que vende por altavoz el suplemento cultural de turno, es gerontocracia de urinario y muchas enfermedades pequeñitas para el estudiante, el recién licenciado o la lumbrera discotequera. Algo tienen de bueno redes sociales y medios digitales: novedades, salto de peces frescos, tres o cinco minutos para convencer, actualidad, modernos varios, ausencia de batallitas tipo Abuelo Cebolleta. Todo esto es para hacérselo mirar. ¿Generamos una cultura in vitro o en el vacío cada vez con menos interlocutores que recojan el testigo y la botella flotando en el mar? No quiero ser pedante pero sabemos que “el medio es el mensaje”, según el comunicólogo Marshall McLuhan, teórico de la “aldea global”, e igual, en muchos casos, aquí lo que está fallando es el medio. Vayan por los albañales, paseen por los estercoleros de papel resplandeciente y recién editado, mojen los juanetes en tinta fresca. El espectáculo es desolador…

Diego Medrano

Escritor

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