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TRIBUNA

La causa, esa religión

Juan A. Hernández Les
sábado 13 de octubre de 2018, 19:26h

Situarse a la derecha es temer por lo que existe, decía Jules Romains antes de convertirse en un conservador. Es una situación sorprendente, porque hoy la confrontación no es entre burguesía y proletariado, sino entre gentes del común y antisistemas. Ni siquiera se trata de un enfrentamiento, todavía, pues el pensamiento del sentido común se ofrece poco, mientras que los intelectuales de izquierdas carecen de discurso, o se han disuelto.

Quien fuera ministro de cultura después de la guerra, André Malraux, escribía que Europa ha dejado de pensarse en términos de libertad para pensarse en términos de destino. Hay un pensamiento político que, sin duda, está en el miedo, pero el miedo, como ahora, está en todas partes. Simone de Beauvoir hace una aclaración maquiavélica al comienzo de su texto sobre el pensamiento de la derecha cuando atribuye a la burguesía la idea de que cuando se habla del hombre esta clase se estaba refiriendo al hombre burgués. Su libro se volvió contra ella, pues los autores que cita -Aron, Drieu La Rochelle, Rougemont, Monnerot, Maulnier, etc- eran muy superiores a ella, y la Historia les ha dado la razón.

A Beauvoir le molestaban ciertas disquisiciones que en Francia resultaban normales porque es una democracia, pero autores como Roger Caillois tenían razón cuando sostenían que la sociedad necesita superhombres, porque ya no es capaz de dirigirse y la civilización de Occidente está socavada en sus cimientos. Hay una cosa que no se le puede discutir a los franceses: tuvieron una Revolución, pero no todos permanecieron en ella, no todos la aplaudieron.

Nosotros carecemos de aquella derecha que era capaz de describir la situación en estos términos: todos conocemos la amenaza que pesa sobre la civilización occidental en lo que tiene de más precioso: la libertad de espíritu (Rémy Roure). Tener miedo es legítimo. Miedo lo tiene todo el mundo en una situación de paro, amenazas y demolición de un Régimen. En realidad, los únicos que no creen en el progreso, dígase ahora reformas, son las gentes antisistema apoyados por quienes quieren destruir el Estado, imbuidos de un complejo de inferioridad detectable. Raymond Aron, que debería releerse, decía que para oponerse al comunismo -hoy diríamos al sectarismo, al oportunismo, a los antisistemas y sus acólitos- habría que afirmar los valores cristianos y humanistas. ¿Tiene esto algo de malo? Hace unos días Le Figaro le envió a los jueces alemanes una andanada, pues con su decisión estaban poniendo no ya en peligro la unidad de España, sino la seguridad de Europa.

Camus acababa de publicar El hombre rebelde, y será cuestionado por toda la izquierda, hasta el punto de tener que salir a flote a través de una prensa que ha dejado de respetarle. Camus había empezado a entender el cambio, ha visto al monstruo y ha comenzado a combatirlo; él, que era un hombre de la izquierda. La verdad es que Marx lo había tenido muy claro cuando analizaba el nacimiento de una nueva clase: toda nueva clase está obligada a dar a sus ideas una forma de universalidad, representarlas como las únicas razonables y universalmente válidas. Pedro Sánchez, nuestro político antiguo, desconoce que en Italia la izquierda se ha ido a ninguna parte, ponte las barbas a remojar.

Jules Monnerot, un sociólogo del que hoy no se habla porque no les interesa a los correctos, tenía muy claras las ideas sobre la Causa. La Causa entre nosotros también se dedica a explotar el descontento difuso. Detrás de la Causa, debajo o junto, aparecen los profesionales del poder, los que quieren volver a tomarlo, los que van a por él, y las masas que consideran que el Capitolio las ha traicionado. La Causa utiliza, aviva, trata de llevar al grado decisivo de virulencia activa el resentimiento de las clases, las masas y los individuos, y consiste precisamente en organizar desde el exterior a los descontentos de diversa índole. Es sorprendente que estas palabras hayan sido escritas hace más de sesenta años, pero explica mucho de lo que ocurre hoy entre nosotros.

En realidad, entre la Causa existen grupos y especialistas, polis, actores, y tuti cuanti, que gobiernan como si aquí no hubiera habido elecciones nunca. Y esto, francamente, produce miedo en las gentes del común, entre las que me hallo. Aron lo explicaba muy bien: atribuye su poder explosivo a una combinación de un tema cristiano con un tema prometeico y un tema nacionalista, es decir, la Causa es una religión. Detrás de la Causa ya no hay un marxismo preclaro, sólo hay una amalgama de voluntades que halagan el instinto religioso de las masas. El terror, decía Maulnier, es el fondo mismo del inconsciente colectivo sobre el que se edifica el aparato de la justicia revolucionaria. Además, el terror nace de una fascinación trágica de la muerte y de la mala conciencia intelectual inherente a todo fanatismo.

Juan A. Hernández Les

Historiador

JUAN A. HERNÁNDEZ LES es historiador.

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