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ORIENT EXPRESS

"Hay un fusilado que vive"

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 21 de octubre de 2018, 17:55h
Actualizado el: 21 de octubre de 2018, 18:01h
El 9 de junio de 1956, en Buenos Aires, un grupo de militares y civiles se alzó contra el gobierno surgido de la llamada Revolución Libertadora y presidido por el general Aramburu. El año anterior, otro golpe de Estado había derrocado al general Juan Domingo Perón, cuyo mismo nombre fue proscrito por los nuevos gobernantes. Una hora y media antes de que se proclamase la ley marcial aquel 9 de junio, un grupo de civiles fue detenidos por la policía en una casa de Florida, en la provincia de Buenos Aires, conducidos a un basural y fusilados sin juicio. No había causa penal contra ellos. Nadie les informó de que fuesen acusados de nada. En realidad, ni siquiera estaban involucrados -al menos, no todos ellos- en el levantamiento. Habían ido allí a escuchar por la radio un combate de boxeo. Los terminaron tiroteando.

No todos los fusilados murieron. “Hay un fusilado que vive”, le dijeron a Rodolfo Walsh una tarde de verano de aquel año 1956 en el club de ajedrez de La Plata. A partir de ahí, su investigación periodística desenmascaró la atrocidad del crimen, identificó a sus autores y expuso la naturaleza totalitaria de los pretendidos “libertadores”. En adelante, la Libertadora sería conocida en general como la Revolución Fusiladora. Walsh creyó que todos los medios se pelearían por esa historia increíble de un tipo -terminaron siendo varios- a quien habían baleado pero seguía vivo. “Hay un fusilado que vive”. De hecho, no había uno solo, sino varios. Los testimonios de los supervivientes, testigos de su propio asesinato, y las pruebas documentales que fueron dejando rastro del crimen dieron al periodista un sustento solidísimo para su pesquisa. Terminó publicándola en una “hojita gremial”. No precipitó la caída del régimen, pero dañó su credibilidad de forma imborrable. Era difícil defender la legitimidad de un gobierno que mataba a civiles sin juicio. La editorial Libros del Asteroide ha rescatado felizmente el reportaje que Walsh publicó en 1957 con el título “Operación Masacre”.

He recordado “Operación Masacre” por las circunstancias que rodean la muerte del periodista saudí Jamal Khashoggi en el consulado del Reino en Estambul y que amenazan la credibilidad internacional del príncipe heredero Mohamed Bin Salman. Los cambios de versión, el silencio y la dosificación de la información que se va conociendo sobre el caso son la tormenta informativa perfecta para el gobierno de Riad. La investigación de las autoridades turcas ha ido jalonando la narración de un crimen que ha entrado en la agenda informativa global como un vendaval. Se han escuchado muchas cosas: que al periodista lo interrogaron, lo mataron y lo descuartizaron; que llegó un comando de quince hombres desde Arabia Saudí para acabar con él; que escuchaban música mientras despedazaban su cuerpo; que lo descuartizaron vivo. Las redes sociales han viralizado noticias sin cesar desde que el periodista desapareció el pasado 2 de octubre cuando fue a hacer una gestión consular en la ciudad del Bósforo. Después de numerosos cambios de versión, Riad sostiene ahora que Khashoggi murió después de una pelea a puñetazos en las oficinas de la legación.

Tal vez sea precipitado dar muchas cosas por sentadas antes de que las autoridades turcas hagan públicos sus informes. El escándalo tiene aspectos desconcertantes que suenan más a rumor viral que a una investigación contrastada: una tortura en las propias instalaciones consulares, un descuartizamiento con música de fondo, un reparto de los trozos del cuerpo a distintos agentes para que los hicieran desaparecer… Si fue un trabajo de los servicios de inteligencia, no parece muy profesional. El solo riesgo de comprometer una sede diplomática en un crimen revela una temeridad desconcertante. Khashoggi no era un desconocido. Si alguien quería acabar con él, debía saber que su desaparición sería investigada. Las cámaras de seguridad del consulado revelan que no acudió solo, sino acompañado por su pareja, que esperó fuera su regreso.

Este crimen debe investigarse hasta sus últimas consecuencias. La prudencia nos impone cierta contención a la hora de darlo todo por cierto. Hay detalles que parecen introducidos en el discurso para hacerlo viral. Las versiones se contradicen según uno vea la catarí Al Yazeera o la saudí Al Arabiya. La rapidez en exigir boicots a Arabia Saudí, ruptura de relaciones con Riad o cancelación de eventos y rescisión de contratos son indicios de que este escándalo va a tener consecuencias internacionales que afectarán al equilibrio de poder en la región. El principal rival de la República de Turquía y de la República Islámica de Irán sufre ahora una presión formidable que puede alejarlo de sus aliados estadounidenses y europeos. Puede haber testigos, grabaciones, documentos… La investigación turca contiene, sin duda, más información que la revelada hasta ahora. Como Walsh, los periodistas disponen de una base para ir avanzando.

Es cierto que Arabia Saudí es aún fuerte, pero Mohamed Bin Salman, que se presentaba como un reformador, debe ahora hacer frente a una crisis global de proporciones extraordinarias. La estrategia de atribuir la muerte a elementos incontrolados no logra invertir el relato de las principales cadenas televisión, los mayores periódicos del mundo y las redes sociales. Riad está perdiendo la batalla del relato y puede sufrir un golpe del que no se recupere por completo, que fue lo que le sucedió al gobierno del general Aramburu.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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