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TRIBUNA

La supremacía moral de la izquierda

Juan A. Hernández Les
jueves 01 de noviembre de 2018, 19:13h
-Podría seguramente resistir, pero la fuerza material no puede emplearse cuando no se tiene fuerza moral para ello...

Estas palabras fueron dichas no por un personaje de una pieza shakespereana, sino por el rey Alfonso XIII, unos minutos antes de la proclamación de la II República, tras haber hablado con las capitanías Generales, y después de aquel golpe que fue el Pacto de San Sebastián. No entiendo por qué intentan imitar la República en la época actual cuando, en realidad, la República no admite más comparación que con su propia época. La Iglesia de entonces no tenía nada que ver con la de ahora, ni aquellos capitalistas con éstos. Nada más proclamarse la II República al primer gobierno provisional ya se las hicieron pasar canutas los grupos y los partidos que rondaban el poder, y en los primeros meses, dice Ortega, que estos mismos hombres se tomaron el gobierno como si fuera su propiedad privada.

No sé si hoy el destino es la política, como le dijo Goethe a Napoleón cuando se encontraron, queriéndonos decir Ortega que política no es hacer o pedir que se haga lo que a uno le gusta, sino lo que irremisiblemente hay que hacer, coincida o no con nuestras preferencias. Si lo absoluto es aquello que nunca pierde actualidad, no cabe duda que aquí la política imita al arte y a la religión, pues no parece que la II República sea una cosa del pasado, ni que el futuro sea algo concerniente al porvenir. Pues el futuro es siempre lo que aguardamos e hispaniorum una forma de simultaneidad del tiempo.

Las dificultades del momento se parecen mucho al término poiesis de los griegos, cuya verdadera significación es hacer, producir algo que no existía antes. La democracia supone un soberano esfuerzo porque no la hemos tenido antes, experimentado, hecho, y lleva su tiempo, como el amor. Es inútil defender la II República desde la argumentación de su juego de partidos y de su democracia múltiple, porque todos la quisieron asesinar desde el principio a base de golpes, paradas de golpes y crímenes. No puede haber una supremacía moral de la izquierda atendiendo a nuestros episodios nacionales, desgraciados y cruentos. Una izquierda que tiene que remontarse a la República para hallar sus referentes teóricos o intelectuales es una izquierda derrotada: no ha producido prácticamente ni un solo filósofo desde la muerte de Franco, salvo algunos especímenes reducidos a la gauche divine y, hoy, en periódicos de partido, hojas volantes, y panfletos.
Ochenta años más tarde nos hallamos, sorprendentemente, ante los mismos sujetos de los que hablaba Ortega en su Rectificación de la República: en muchos casos los candidatos son personas de aventura, sin densidad alguna moral, política ni intelectual. Entonces, Ortega no veía que las agrupaciones fueran partidos por mor de la destructuración del tejido social, ni siquiera el suyo, la Agrupación al servicio de la República, pero al menos estaba fundamentado en la decencia electoral. Hoy tampoco son partidos, sino empresas de poder en donde la democracia interna es prácticamente inexistente.

Más que de una supremacía moral sería mejor hablar de un absentismo mortal de la izquierda, que parece hallar en la ayuda de su gobierno o gobiernos toda clase de prebendas ya sea en el ejercicio artístico, en el devaneo laboral o en la desidia política, como si hubieran aprendido de las viejas clases conservadoras republicanas, por arte de birlibirloque: en realidad, no dan palo al agua, y son unos jabatos recaudando, una verdadera fuerza de ocupación del poder. El mundo al revés.

En la conferencia que Ortega pronunció el 6 de diciembre de 1931 en el Cinema de la Ópera de Madrid, el filósofo se atrevió a emitir su opinión acerca del modo en que el nuevo Régimen sustituía a la monarquía. Ese modo había sido un error, pues el gobierno en funciones se encontró ante la disyuntiva de tener que elegir entre seguir siendo el viejo Comité Revolucionario o declarase representante de una nueva y vigorosa legalidad que iniciaba su constitución: al elegir lo primero quedó irreversiblemente desvirtuada la originalidad del cambio de Régimen.

¿A quiénes se refería Ortega cuando señalaba a los partidarios de la fallida revolución, que sobrevendría después de diversas maneras? Veamos: exigen esos hombres pruebas de pureza de sangre republicana y se dedican a recitar sin parar las más decrépitas antífonas de la caduca beatería democrática. Es como si el tiempo no hubiera pasado, como si todo siguiera siendo igual. Ortega tenía muy mala opinión de los políticos, gentes que han abdicado de sus anteriores oficios por incompetentes, por ineficaces, por inútiles: la experiencia me ha enseñado que algunas de las más eficientes virtudes del político se nutren de su inconsciencia. Más que valientes son audaces, y la audacia es un cincuenta por ciento inconsciencia y sonambulismo.

Lo que sí hay son imitadores de la República, tíos que viven de un imaginario inverosímil, huero, y fatal, que está produciendo daño, una anomalía de enfrentamientos fútiles. Procelosos en el sectarismo, hirientes en la deformante aniquilación de la oposición, siniestros en la degustación del mal, como ese gusano que desea la carcoma y la muerte de la rosa, como cantaba William Blake.

Juan A. Hernández Les

Historiador

JUAN A. HERNÁNDEZ LES es historiador.

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