Primera hora de una mañana de otoño de ha treinta años en el que un flamante funcionario de la Administración autonómica hace su entrada en la institución que desde entonces enriquece día tras día con un servicio que, en las modernas escuelas de burocracia estatal, podría muy bien consignarse como ejemplar y digno en todo de imitarse por compañeras y compañeros.
Acabada ha poco una notable licenciatura de Letras, este quintaesenciado andaluz no se siente atraído por la condición profesoral que normalmente es la imantadora de la mayoría de sus alumnos, y ha aspirado con temprano éxito a un puesto en los cuadros de servicio público de las recién creadas Autonomías. Desea ante todo labrarse una modesta posición económica que le permita la consecución de las dos metas que orientaran magnéticamente su juventud universitaria: constituir una familia con la mujer que idolatrara desde la niñez y consagrarse con dedicación voraz al cultivo de una lectura omnívora y reglada que le encandilase a partir de los últimos años de un Bachillerato, cursado en un Instituto pueblerino de feliz recordación por el alto nivel de sus docentes, algunos de los cuales, en particular, le insuflaron una inembridable pasión por toda suerte de conocimientos literarios y científicos.
Y, sorprendentemente, en una sociedad asfíctica por la frustración y la renuncia sembradas por doquier en cualesquiera de sus ámbitos, un tercio de siglo después de dicha elección nuestro hombre sigue terne y feliz por el camino que soñara en su adolescencia como el más idóneo para la realización de su ideal de vida. De esta actitud se han derivado, colectiva e individualmente, incontables frutos. Su vocacionada entrega a la buena marcha del centro en que transcurrieran sus estudios superiores se traduce cuotidianamente en el envidiable funcionamiento administrativo del Departamento al que se encuentra adscrito. Discentes y docentes de espíritu de ordinario hipercrítico por oficio y también, en no pocas ocasiones, por temperamento se muestran unánimes en destacar su eficacia y amabilidad en la resolución de los mil y un problema burocráticos que el Alma Mater boloñesa introduce sin pausa en la maquinaria administrativa de Facultades y Departamentos a la husma de unos objetivos no siempre de fácil comprensión.
Respecto a la intimidad de este modélico servidor del Estado –las Autonomías, es obligado recordarlo en días de tormenta jurídico-administrativa, constituyen porción esencial de este-, solo cabe decir muy gozosamente que se reparte entre el cuido adsorbente de su esposa e hijas y la forja de una cultura enciclopédica, edificada paciente y ordenadamente con ingentes cantidades de material humanístico y científico. Las ciencias de la naturaleza imantan de manera especial su curiosidad, pero no menos que las campañas de Rusia de la segunda guerra mundial o las de Hannibal, la geografía de la Montaña santanderina o los usos y costumbres de la comunidad holandesa, tan admirada y conocida por él. Si se pudiera tasar el valor de unas conversaciones que todavía en el Sur peninsular es a menudo un arte alquitarado de la convivencia, las suyas adquirirían una elevada cotización por su amenidad, rigor, amplitud temática bienhumorado talante.
Hoy, al igual un día y otro no, la crónica escandalosa de España, se halla bien abastada de noticias desesperanzadoras sobre la vida de su Universidad. Pero no nos dejemos vencer por la incuria y el derrotismo. La mejor y más positiva de tales informaciones es una por completo ignorada en su extenso catálogo: ahora hace treinta años que, a la buena andadura de una institución de preclaro linaje y fecunda trayectoria, donó su existencia profesional un ciudadano andaluz de muy altos quilates anímicos e intelectuales. Y una noticia aún mejor y, si es posible, más ignota y marginada de la actualidad mediática. Tan loable conducta se puede igualmente constatar a diario en numerosos de sus compañeros y compañeras -estas, por supuesto, de modo peraltado- a todo lo ancho y largo de nuestro viejo y entrañable país.