Su nombre completo era Rafael Gabriel Juan Múgica Celaya Leceta, lo que aprovechó, para despistar a su familia firmando sus poemas como Rafael Múgica, Juan de Leceta o Gabriel Celaya; más o menos en la línea del sorprendente Pessoa y sus famosos heterónimos. Él, como Neruda, presionado por su padre, que de ninguna manera aceptaba que su hijo fuera poeta, debió parapetarse bajo esos nombres menos ambiguos y fingidos que reales.
Como confesaba con un gesto de nostalgia, sin que la sonrisa se borrara de su cara: “Mi niñez y adolescencia fueron años de fiebre y desdicha. Fui un débil muchacho; buen estudiante, pero de difícil trato y distante de toda intimidad”. La próspera empresa familiar, desde muy joven lo requería en su planta de San Sebastián, pero él se reusaba. Para escapar de esa garra opresora aceptó estudiar una carrera útil para la fábrica: la de ingeniero industrial. Se radicó en Madrid donde inició su internado en la mítica Residencia de Estudiantes. Vivió allí entre 1927 y 1935, donde se codeó con Federico García Lorca, Salvador Dalí, Luis Buñuel y José Moreno Villa que lo inclinaron definitivamente por el campo del arte, llevándolo a dedicarse casi por entero a la poesía. En el último año de su estancia en la Residencia, publicó Marea de silencio, su primer libro de poemas, que firmó con el nombre de Rafael Múgica. Poco después estalló la trágica Guerra Civil, y se enroló en las filas del bando republicano, donde combatió y finalmente fue prisionero de un campo de concentración en Palencia. Con todos los riesgos que implicaba, se quedó en su patria y puso el pecho cuando hubo que ponerlo.
Una mañana de otoño, imprevistamente, el amor se presentó para cambiarle la vida. “Nos vimos, nos presentaron y nos enamoramos”, evocaba Gabriel alzando los hombros y encogiendo las cejas. “Desde entonces sólo a ella le cante”:
¡Ay, ven, Amparo-Ezbá, que te estoy esperando!...
Sí, ven, Ezbá, indecisa, transparente, inasible,
temblorosa de luces, soñadora, engañosa,
tú, tejido del iris, centelleo, sonrisa
hasta mi dulce llanto y a esos gritos salvajes
que no son el amor, o sí son, o al no ser
te llaman desde el centro del tornasol nocturno…
Mágico encuentro de dos almas gemelas. Desde que se conocieron, en 1946, Amparo Gastón (su “Amparitxu”) fue la fiel colaboradora e inspiradora en el acontecer personal y literario de nuestro poeta. Se convirtió en la insustituible acompañante en los momentos felices y arduos. Entrelazaron sus existencias y fundaron juntos en San Sebastián la colección de poesía Norte y, desde entonces, impulsado por ella, Gabriel abandonó su profesión de ingeniero y su cargo en la empresa familiar para publicar libros de colegas que no tenían editor, y los suyos también. Norte pretendía además hacer de puente entre la poesía de la generación de 1927, la del exilio y la europea.
Hacia fines de la década del ‘40, publicó Tentativas, libro en prosa en el que por primera vez firmó como Gabriel Celaya. Esta primera etapa es de carácter existencialista. En los años ‘50 se integra a la estética del compromiso y aparecen los poemarios Lo demás es silencio (1952) y Cantos Iberos (1955), verdaderas biblias de la poesía social. También en esa década, Junto a Eugenio de Nora y Blas de Otero, defiende la idea de una poesía no elitista, al servicio de las mayorías, con la consigna de “transformar el mundo”. Cantemos como quien respira. Hablemos de lo que cada día nos ocupa. Nada de lo humano debe quedar fuera de nuestra obra. En el poema debe haber barro, con perdón de los poetas poetísimos. La Poesía no es un fin en sí. La Poesía es un instrumento, entre otros, para transformar el mundo…
En lo íntimo, Amparo y Gabriel fueron el uno en el otro. En 1966, encabezaron juntos, en Baeza, el gran homenaje a Antonio Machado y algunos años después, en Brasil, el homenaje a Federico García Lorca (donde lamenta en un poema la ausencia de Neruda). Luego de muchos años de convivencia, la pareja contrajo matrimonio formalmente; y, en 1989, recibieron juntos el “Tambor de Oro”, el máximo galardón que otorga la ciudad de San Sebastián.
Somos decididamente sinceros si afirmamos que el alma de poeta Gabriel Celaya alcanzó su cumbre en la intimidad de ese amor, donde se refugiaba en la comprensión y la llaneza del más puro afecto. Humilde, a veces como olvidado de sí mismo, dispuesto a compartirlo todo, el hombre confuso del pasado, gracias a Amparo, empezó a tener un presente y un mañana pleno de ilusiones literarias y placeres morales. Si una enseñanza nos brinda la novela de los dos últimos siglos (y también el teatro), es que la realidad carece de un sustrato firme, que dé razón a los sentimientos. En esas proximidades acaso se disuelvan los arquetipos tradicionales bajo una diversidad de sinrazones; pero el amor sigue siendo la brújula esencial de la existencia humana. La relación entrañable de aquella pareja es, sin duda, un paradigma en oposición al complejo siglo XX, horroroso de injusticias, de cruentas guerras, revueltas y holocaustos.
Lo sintético de un texto periodístico no excluye, por supuesto, lo personal y afectivo, que suele dar sustancia a las palabras. Tuve la felicidad de conocer y disfrutar de la amistad del fraterno y cordial Gabriel Celaya y relato brevemente como se dio esa proximidad. En 1972, durante el gobierno de la Unidad Popular, cuando yo estaba radicado en Chile como corresponsal de un diario argentino, pisó esas tierras el trovador Paco Ibañez para ofrecer sus recitales. Lo acompañaban el violonchelista Francois Rabbath y el aguerrido poeta José Agustín Goytisolo. Yo organicé la visita que hicieron a Pablo Neruda en Isla Negra. Allí Paco, como en familia, dio un exclusivo recital, para el autor de los “Veinte poemas de amor”. Momento maravilloso donde la generosa amistad y el afecto más profundo, se confundieron con la sensibilidad que nos imponía el arte. Entre los autores musicalizados por el cantante catalán estaban los preciosos y contundentes versos de Gabriel Celaya:
Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,
más se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmando,
como un pulso que golpea las tinieblas…
Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día…
-¡Ah, el querido Gabriel Celaya, ese vasco valiente y la encantadora Amparo Gastón! -evocó Pablo conmovido-. ¿Qué saben de él, como está la pareja más feliz del mundo? Son mis grandes amigos. Mucho tiempo que nos los veo. La última vez fue en París…
Algunos años después, un nostálgico Gabriel Celaya se quejaba con versos conmovedores de aquel desencuentro en Brasil (ya mencionado), que el misterioso destino o las muy ocultas leyes habían impedido:
Pablo: En medio de lo oceánico
te digo que no, nos veremos.
Llegó tu invitación un poco tarde
y, quién sabe, quizá por eso aún vivo.
Llegó con tu amistad y parecía
que igual que años atrás, allá en “Correos”,
al lado de Cibeles, o más tarde, en Sao Paulo,
¿te acuerdas?, sería todo fácil.
Y mira, cuando estaba ya haciendo mi maleta,
invitado por tí, por los amigos,
por un Chile crecienteme llegó la noticia;
parecía imposible. Y ahora,
¿cómo explicarte y explicarme a mí mismo
Este inmenso desastre, esta absurda tristeza,
Esta farsa reinante de Pinochet y los suyos…
Muy pronto nos veremos.
Nos daremos la mano.
Quizás no estés tú allí.
Quizá yo esté ya muerto. No importa.
Habrá dos hombres: un vasco y un chileno…
Con la intención de hacerle una entrevista, yo le pedí a Paco Ibañez que me diera una pista para ubicar en España al poeta Gabriel Celaya y me dio su teléfono de Madrid. Por timidez, por pereza, por esos asuntos prosaicos que muy a menudo nos apartan de lo esencial, llamé casi una década después al poeta, cuando encontré milagrosamente su teléfono entre unos viejos papeles. Probé con cierta desesperanza; era el mismo número y -¡oh, sorpresa!- el propio Celaya atendió mi llamado. Se interesó por la experiencia que yo viví en Chile durante el gobierno de Salvador Allende. Le conté, con algunos detalles, mis vicisitudes de aquellos terribles días cuando en medio de tanta represión y venganza, asistí al entierro de Pablo Neruda y despedí sus restos. Quedamos en encontrarnos esa misma tarde en el café Gijón.
Cuando llegué el poeta me esperaba en una mesa y al ponerse de pie, abriendo sus brazos, exclamó: “¡Alifano, Gabriel Celaya, aquí presente!”. Nos abrazamos como viejos amigos y por dos largas horas no paramos de hablar. Tenía amigos argentinos y recordó especialmente a Raúl González Tuñón.
-¡Qué gran persona y enorme poeta! -afirmó entrecerrando los ojos y conteniendo una lágrima-. Un verdadero titán. Lo hablamos alguna vez con Rafael Alberti, España le debe un homenaje a Raúl.
Pocos hombres conocí con tanto sentido de la solidaridad, que se mantuvieran fieles a sí mismos. A pesar de las vicisitudes que debió atravesar en los últimos años de su vida, creo que nada logró modificar la intimidad generosa de Gabriel Celaya. Era un hombre bueno, incapaz de llegar al ataque ni a la malignidad; ejercía sus nobles principios en cualquier ambiente, sin preocuparse demasiado de los efectos. Toda experiencia se resuelve en la entereza con la que se encarara el tiempo que nos toca vivir.
He publicado algunos de los diálogos que mantuve con Gabriel Celaya, que formarán parte de un volumen próximo. La revolución que nuestro amigo propugnaba debía partir, ante todo, según sus propias declaraciones, de la práctica que el poeta mejor domina: “su trabajo artístico”; es decir, su estética. En algunos de sus ensayos, El arte como lenguaje (1951), Exploración de la poesía (1964) y Bécquer (1972), sostiene que el compromiso debía ser ante todo una acción en el plano del discurso, más que en el plano de las voluntades de autores y lectores. Esta reflexión ilumina la defensa que hace de la fórmula de Blas de Otero de la “inmensa mayoría” como destinatario real, expresando la aspiración de “convertir la poesía en un género realmente popular sin descuidar la forma ni la belleza”.
Rafael Gabriel Juan Múgica Celaya Leceta, que toda España y la posteridad ya conocen como Gabriel Celaya, abrió los ojos en este mundo el 18 de marzo de 1911 en la villa de Hernani, en las cercanías de San Sebastián, y se sumó con los más en Madrid, el 18 de abril de 1991. Como fue la voluntad del poeta, sus cenizas fueron esparcidas en su amada Hernani.