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TRIBUNA

11 horas del día 11 del mes 11

Alfonso Cuenca Miranda
viernes 09 de noviembre de 2018, 20:17h

“Cuando el Cordero rompió el segundo sello, oí al segundo ser viviente, que gritaba: `Ven´. En eso salió otro caballo, de color rojo encendido. Al jinete se le entregó una gran espada; se le permitió quitar la paz de la tierra y hacer que sus habitantes se mataran unos a otros”. Cuando hace ahora cien años terminaba el conflicto que había “purgado” a toda una generación bien parecía que efectivamente el Segundo Sello del Apocalipsis, el que daba paso al jinete de la guerra, había sido abierto cuatro años antes en una calle de Sarajevo por Gavrilo Princip. Claro es que la guerra había sido compañera inseparable del hombre desde que diera sus primeros pasos en la sabana africana, pero lo que había vivido el mundo en el cuatrienio 1914-1918 no tenía parangón con nada de lo que hasta entonces hubiera experimentado el ser humano.

Las propias cifras eran espeluznantes. Más de diez millones de soldados muertos, veinte millones de combatientes heridos. Un dato adicional, verdadero punto de inflexión en la historia de los conflictos: el número elevadísimo de víctimas civiles (los cálculos más arriesgados arrojan un total de 7 millones de muertos entre los mismos), cifra que inauguraba una nueva era de guerra total. Las dimensiones, la extensión del conflicto también desbordaba lo antes vivido. Un enfrentamiento casi planetario, de todos contra todos, con un epicentro, Europa, que nunca volvería a recuperarse, haciendo tímida la predicción del secretario del Foreign Office en 1914, Lord Grey (“los faroles de Europa se están apagando, no volveremos a verlos encendidos en esta generación”). Se luchó en los campos de Flandes (que por maldición histórica bien parecen los favoritos de Marte), en la fría llanura polaca, en los estrechos que una vez vieran a Aquiles frente a Troya, en la vieja Palestina, en las silenciosas noches del Atlántico... y, por vez primera, en los sublimes cielos de Europa. Además, en un proceso de auténtica reversión histórica, hombres venidos de los confines del mundo embarcaron hacia Europa para luchar en su suelo, y, así, un tanto paradójicamente, en las trincheras del Viejo Continente se conformaron definitivamente las conciencias nacionales de países como Australia, Nueva Zelanda o Canadá (y también en aquéllas Estados Unidos refrendaría su estatus de gran potencia global). Una nueva guerra para un mundo nuevo, o, según se considere, para un mundo que moría.

Passchendaele, El Somme, Ypres, Lagos Masurianos, Tannenberg, Verdún, Isonzo, Caporetto… son nombres de resonancias oníricas pero que evocan los más escalofriantes acopios de sangre humana que haya visto el arte de la guerra. La I Guerra Mundial posee reminiscencias poéticas, líricas y ello a pesar (o precisamente por ello) de que hay poca épica en la misma. En este sentido, ha quedado en el imaginario colectivo como una guerra perfectamente inútil (si hay alguna que no lo sea). Inutilidad porque, se considera, podía haberse evitado sin mucho esfuerzo; inutilidad porque miles de vidas fueron sacrificadas para ganar escasos metros de tierra; inutilidad porque, en principio (aunque sería discutible), no habría solucionado nada: la macabra sesión solamente se suspendería para reanudarse veinte años más tarde de manera aún más delirante. La conclusión es, pues, sobrecogedora; no obstante, entre el barro de las trincheras, mientras se aguardaba la muerte, surgió con una intensidad quizás no igualada en ninguna otra guerra el único aspecto luminoso entre tanto horror: la camaradería, las mayores cotas de solidaridad en la convivencia humana, el “nosotros” más enfático que se haya pronunciado.

Los dirigentes y soldados que se habían lanzado a los frentes de batalla en agosto de 1914 esperaban una guerra corta. Confiaban en que, como muy tarde, pasarían la Navidad en casa. En la mente de muchos la campaña de Sedán de 1870, en la que en unas pocas semanas el ejército prusiano flanqueó al francés dando por acabado el enfrentamiento. Pronto el invento del señor Maxim daría al traste con tales esperanzas. Las enormes sangrías derivadas del estancamiento pondrían a prueba toda capacidad de resistencia. Sometidos a un test de stress como nunca antes, las sociedades y los Estados que las cobijaban no volverían a ser los mismos. De este modo, la guerra provocaría cambios de enorme trascendencia para el devenir. Los ejecutivos pasarían de ser delegaciones del parlamento a concentrar un poder en muchos momentos casi omnímodo, tales eran las exigencias del esfuerzo bélico. Esos mismos gobiernos, en especial al final del conflicto, impulsarán medidas largamente aplazadas. El supremo sacrificio exigido y ofrendado por el pueblo intentará recompensarse (¿o quizás se estaba pensando más en los sacrificios futuros?), y así se ponen en marcha los primeros jalones del Estado de Bienestar (cabe citar entre los mismos las reformas sociales impulsadas por Lloyd George en Reino Unido), no siendo ajeno tampoco a ello el fantasma de la revolución rusa. Las masas, desde las guerras napoleónicas recibidas en el campo de batalla, entran definitivamente en la vida pública. De nuevo Reino Unido ejemplifica lo señalado, al reconocerse el sufragio femenino y, por otra parte, al asistirse al fin del partido liberal, eje sobre el que había pivotado el sistema político en los dos siglos anteriores, ocupando el partido laborista su lugar en el bipartidismo clásico de las islas. En relación con lo señalado, la guerra supondrá la caída de tres imperios y el triunfo, cuando menos aparente, de los regímenes democráticos.

Oficialmente, el último caído antes de que entrara en vigor el armisticio de noviembre de 1918 fue el sargento estadounidense Henry Gunther, muerto a las 10:59 del día once de noviembre al norte de Verdún. Su muerte ejemplifica como pocas la inutilidad y sinrazón del conflicto, hasta el punto de que existe controversia sobre los motivos por los se arrojara un minuto antes de acabar la guerra contra las líneas alemanas (órdenes superiores o lucha contra demonios internos, dada su ascendencia germana). La incredulidad se acrecienta si se tiene en cuenta que, de hecho, desde la firma del armisticio a las 5 de la madrugada hasta su entrada en vigor seis horas más tarde se calcula que murieron 13.000 soldados. En cualquier caso, no serían las últimas víctimas de la guerra. En los meses siguientes esa extraña gripe detectada en marzo, y propagada en buena medida por los movimientos de tropas, mataría a entre un 3 y un 6% de la población mundial. Además, ha de tenerse en cuenta que la paz no terminó con la guerra, hasta el punto que muchos historiadores consideran que 1914 es el año de inicio de una guerra civil europea que sólo se cerraría en 1945 a un precio aún más terrible. Y, efectivamente, se inaugura una nueva era de violencia que en los años siguientes a 1918 va a tener numerosos escenarios (principalmente, en los países derrotados): Turquía, Hungría, Polonia, Rusia, Alemania…

Hace ahora cien años el silencio se hizo en Europa. Ni siquiera entre los vencedores hubo las grandes manifestaciones de júbilo que se producirían 27 años más tarde en el día de la Victoria. Una generación se había perdido para siempre. Algo se había roto y nunca más podría recomponerse. Así, se ha afirmado que la Gran Guerra supuso el final de la inocencia, el abandono definitivo del jardín del Edén en el que Europa, y con ella una gran parte del mundo, había vivido hasta entonces. Por más lejano que nos parezca, fue ayer en términos históricos y por eso nuestro hoy debe tenerlo presente.

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