Asentado sobre la cooperación económica y el temor a nuevas guerras civiles entre europeos, el proceso de integración de Europa, iniciado en 1957 fruto de la concordia y la esperanza, se halla estancado. La dentellada del Brexit provoca una seria amputación; aún más grave es la latente división entre los Estados miembros. Unos continúan a duras penas creyendo en el modelo; otros han perdido la convicción, si es que algún día la abrigaron. Faltan pulso e impulso, en suma, liderazgo. Y aunque uno de los padres fundadores, Schuman, advirtió que la unidad europea sería el fruto de un largo proceso, cunde la sensación de que estamos ante otro intento de los varios que se acometieron en el pasado siglo, cuando Ortega y Gasset en La rebelión de las masas señaló a la unidad europea como la única empresa capaz de interesar al hombre de nuestro tiempo.
El punto de inflexión está señalado tiempo atrás, pero la evidencia se manifestó en las últimas elecciones de 2014. Aún resuenan las palabras del entonces presidente de Francia, Holland, tras los resultados: Los europeos han expresado la necesidad de cambiar de camino en la construcción europea; o de Cameron, primer ministro inglés: Bruselas se ha vuelto demasiado grande, demasiado autoritaria y demasiado entrometida. Ambos políticos son ya historia. ¿Lo será también la actual Unión Europea? Se necesita algo más que el factor económico para aglutinar a los europeos. Ya lo decía Monnet, otro fundador: En la Unión Europea no unimos Estados, unimos hombres. Europa es unidad espiritual y cultural cuyo eje vertebrador es la creencia religiosa; es una civilización con su forma de vida y orden de valores. Lo cultural siempre será un factor más propicio para la cohesión humana que la pura economía o el mero mercado. Los dirigentes europeístas decidieron despojar a la cultura, y con ello al hombre europeo, del caudal religioso. En Europa, hablar de religión es hablar de cristianismo, el pegamento entre sus pueblos. Grandes creadores de europeidad fueron cuatro monjes: San Benito, San Gregorio, San Agustín y San Bonifacio. El camino de Santiago, como tejido cultural, fue la columna vertebral del Continente. Pero hay épocas en que tiene lugar el eclipse de Dios. Ocurrió hace más de tres siglos con la Paz de Westfalia y hoy parece reproducirse el mismo error: la fe ya no es un patrimonio, sino es un estorbo y Dios está de salida.
La clarividente Merkel sostiene que el problema de Europa no es que se construyen mezquitas, sino que se cierran iglesias. Diagnóstico certero que enlaza con el que hiciera San Juan Pablo II: La marginación de las religiones que han contribuido, y todavía contribuyen, a la cultura y al humanismo de los que Europa está legítimamente orgullosa son, al mismo tiempo, una injusticia y un error de perspectiva. Reconocer un hecho histórico innegable no significa en absoluto ignorar toda la exigencia moderna de una justa laicidad de los Estados y, por tanto, de Europa. Sin la Cruz, Europa dejará de ser Europa.