Cuando pienso en las cosas que nos están pasando, cuando observo con tristeza el bajísimo nivel de nuestros políticos, entonces, no puedo por menos que pensar en Chesterton, especialmente en aquel inigualable escritor que a veces escribió sobre España. Es cierto, tenemos un país en el que mucha gente odia lo heroico. Estos politiquillos creen que salvándose a sí mismos tienen bastante, sin percatarse que lo que hacen con su impostura es llevarse a todo un país a la papelera. No somos los únicos. Reconocía Chesterton que en Europa -y esto fue escrito hace ochenta años- hemos puesto nuestro cristianismo a caldo, renunciado a nuestros valores e, incluso, cuestionando nuestro propio pasado legendario. La gente y los políticos desconocen que para haber alcanzado un cierto grado de prosperidad, de igualdad y de progreso, han tenido que precedernos generaciones que dieron su vida por todos nosotros. La gente es tan bobalicona que cree que siempre se ha vivido así, con este bienestar, y que la crisis, de la que no hemos salido todavía, es la primera.
Antiguamente, nuestros padres paganos respetaban a los dioses más y mejor de lo que nosotros respetamos ahora a nuestro Dios. Tal es el atraso y el analfabetismo que corroe y corrompe nuestra sociedad. Los paganos romanos, como decía Chesterton, fueron perdiendo progresivamente interés por sus dioses, pero jamás se volvieron contra su religión, hasta el punto de negarse a utilizar sus imágenes o apariencias en el reino de la imaginación. Resulta desolador observar a las memas y a los memos atiborrándose de odio contra los valores principales de la moral y de la ética. Les resulta más fácil entender el crimen político que defender a su país. En el fondo lo que hay es el deseo de una vida fácil, porque la educación viene fracasando en la exigencia de formar a los infantes y a los jóvenes en el espíritu del esfuerzo. Estos estrafalarios de ahora que aspiran a tomar el poder o que ya lo han alcanzado no lo merecen pues lo ansían sin mover el culo, verdaderos acólitos de la vagancia y el egoísmo. Deben pensar que el dinero se hace sacándolo de una máquina. Sus padres más que personas intuyo que serán como sapos y ranas. Un día cruzarán el río dejándose montar por un escorpión, y en medio de la travesía verán que el escorpión les hincará su aguijón matándolos al instante.
Las cosas han cambiado demasiado desde Chesterton. Se han podrido y han aparecido nuevos bacilos destructivos de nuestra civilización y cultura. Nuestros enemigos están fuera y están dentro. Todo ello se parece a un suicidio colectivo. Quienes hablan de identidad no se les ha ocurrido defender la tierra en la que nacieron, trabajándola, ni han promocionado la natalidad, como si sólo los ángeles vinieran a fertilizarla. En España ya no somos leales a nada, pero si deseamos que perviva tendríamos que hacer lo que el autor aconsejaba para todo nuestro entorno: reconocer que ese algo tiene enemigos y que estamos obligados a desear el fracaso de esos enemigos.
Suponer que todo lo que hemos logrado se va a sostener sin necesidad de comprometernos en su defensa, si alguna vez llega a estar en peligro, es una estupidez. El peligro es inminente y ya ha llegado. A la alcaldesa de Madrid no se le habría ocurrido hablar de los trajes de los señores y de su incomodidad si supiera algo de Historia. Comparémonos, por ejemplo, con el siglo de la Razón, qué hacía y cómo vestía y olía la gente, pues el pasado nos vigila. Y hagámoslo con la ayuda, una vez más, de Chesterton, escritor muy cristiano, muy converso, por cierto, pero nada gilipollas. De acuerdo: todas las modas son falsas, pero son modas. Entonces no existían los baños ni la ducha, igual que ahora, con tanta gente que sale de casa por las mañanas sin ducharse ni arreglarse ni nada. La dilecta Carmena podría, además, ayudarse de una lectura singular: El cuarto mandamiento, en donde el lector de hoy puede descubrir que el cuarto de baño es una invención de 1870.
No he visto jamás a una política que usara más de sus encantos, de las reverencias complejas y los retruécanos diletantes. Hoy la suciedad en las calles vuelve a difundirse con la misma extensión que en las calles de París descritas por Süskind en El perfume.
Nuestra clase política no ha leído o no ha entendido la dimensión de aquella obra de Shakespeare titulada El mercader de Venecia. Es una parábola contra la usura, pero, cuidado, la usura no se puede declinar sin la responsabilidad de quienes contraen deudas. Muchas personas han sido educadas en el uso y disfrute de la usura, pero la lectura que debemos hacer es que la usura nos compromete a todos; no hay peor usurero que quien se niega a pagar una deuda. No hace mucho un iluminado nos hizo cautivos de su osadía para endeudarse hasta la extenuación porque quería -decía- sacar al país de su modorra tradicional. Quien ahora le imita le sigue hasta el espanto.